Capítulo – Habitaciones contiguas El hospital tenía ese olor penetrante a desinfectante que no se borraba ni con el perfume de las flores que algunas visitas dejaban en las mesas de luz. El aire era pesado, con un murmullo constante de pasos, teléfonos que sonaban a lo lejos y el rodar metálico de algún carrito de medicamentos. En la habitación 322, Manuela Morel de Varela estaba más inquieta que enferma. Se había pasado la mañana haciendo sonar el timbre de llamada, pidiendo cosas que no necesitaba, quejándose de dolores imposibles de ubicar. Era un espectáculo: un teatro constante, como una niña malcriada que exige atención. —Señora Morel —dijo la enfermera, con paciencia forzada—, el médico ya le explicó que la observación es solo por precaución. Sus análisis no muestran nada grave.

