Giacomo no pierde de vista a su hija, en todo el camino la mantiene abrazada brindándole calor, sabiendo que la experiencia que ha vivido no ha sido sencilla. De vez en cuando oye sus sollozos bajos, casi silenciosos, pero que no dejan de estar cargados de un profundo dolor. Se siente culpable porque nunca debió dejar que se marchara con ese hombre, debió haber ido a buscarla, llevársela a la fuerza a la casa y hacerle comprender que Magnus no era un hombre para ella. Pero como el «hubiera» no existe, no importa cuánto se recrimine ahora, el daño a su hija ya está hecho. Tras varias horas de viaje llegan a un lugar alejado, a una casita sencilla en medio de un campo de flores. Cuando el auto se detiene, Giacomo mira a su hija y la ayuda a salir del auto. Pero la mañana está fría y ella s

