¿Él se refería a mi hermana? Las dos teníamos el mismo color de ojos. Entonces, ¿la conocía?
Moría por preguntarle, pero no podía hacer tal cosa. No en ese momento.
—Es imposible ignorar una mirada cómo la tuya, no cuando posees unos hipnotizantes ojos grises que, a veces, dependiendo de la luz reflejada en ellos, parecen azules o incluso verdosos —dijo sonriendo sin abrir los labios, describiendo perfectamente mi mirada—. Es intrigante. Una mirada cautivante.
Tal vez fuese mi imaginación, pero no parecía estar hablándome a mí, sino a alguien más. Cómo sí estuviese recordando una vieja conversación con... ¿mi hermana? ¿Sería eso posible?
—¿Está es tú primera vez cómo prostituta? —quiso saber luego de unos segundos de tenso silencio.
Asentí. Yo no era mi hermana, eso era obvio.
—Y nunca habías cogido en grupo, supongo —afirmó sin sonar decepcionado.
No era una pregunta, pero volví a asentir. Y él pareció complacido.
—Ven aquí.
Temblé por dentro, aun dándole la espalda, solo mirándolo a través de la pared de espejo frente a mí. Ante mi negativa, él suspiró con fastidio.
—Creí que te habías negado a acercarte por vergüenza a que las demás te vieran, pero ya veo que no. Simplemente no quieres hacerlo.
¿Por qué me estaba reteniendo? ¿Solo por qué le intrigaba el color de mis ojos? ¿Acaso pensaba tocarme a la fuerza?
No importa, me dije sin dejar de ver su reflejo. Puede que no sea tan valiente, pero puedo defenderme. Sí intenta...
—Puedes irte.
¿Qué?
—¿P- perdón? —pregunté con escepticismo, volviéndome hacía él.
Esta vez fue él quien asintió.
—Qué ya no quiero verte —dijo con simpleza a la vez que se levantaba del sofá—. Le diré a ese idiota del dueño que nunca más volveré...
Mis ojos se abrieron desmesuradamente y en un segundo ya estaba arrodillada a sus pies, aferrada a sus piernas con el corazón latiéndome cómo loco en la garganta. Sorprendido, él retrocedió un par de pasos hasta caer de nuevo sobre el sofá.
—¿Qué crees que haces, niña? —preguntó con enfado.
¿Negarme a su petición era ir en contra del cliente? Sí él se lo decía al dueño, ¿qué pasaría conmigo? Sería despedida inmediatamente. ¿Entonces cómo podría pagar la deuda de mi hermana cuando todavía no tenía ni un centavo en el bolsillo?
No, ¡no podía permitirlo!
—Por favor, no lo haga —le supliqué mirándolo desde abajo, a punto de echarme a llorar—. ¡Le ruego que no lo haga!
Sabía de sobra que mi voz sonaba desesperada y aguda, pero no me importaba. En ese momento, solo pensaba en no terminar en la calle, endeudada hasta el cuello.
—¡No puede... no puede ir con el dueño! —balbuceé aferrándome a sus piernas. Él se veía cada vez más confundido—. ¡Deme otra oportunidad, está vez no me negaré y lo haré bien! ¡Pero no vaya con el dueño, por favor! ¡Él me despedirá y yo...!
Sin previo aviso me tomó de la nuca e inclinándose, unió sus labios a los míos; a pesar de querer alejarme, no lo hice. Él me besó con rudeza, aplastando mi boca contra la suya y apenas permitiéndome respirar. Su lengua se abrió paso a la fuerza y acarició a la mía con mucha destreza. Apreté los puños y dejé que me besará de la forma que quiso.
Cuando al fin me liberó, yo jadeaba y tenía las mejillas rojas. Nunca había experimentado algo tan intenso.
—¿Él te despedirá, y tú qué? —preguntó con voz grave, tomándome de la mandíbula y mirándome con la mirada ensombrecida por el deseo.
Mis labios se entreabrieron, pero de ellos no salió ningún sonido. Me sentía abrumada y algo mareada, nunca había recibido un beso cómo el que ese desconocido me acababa de dar a la fuerza.
—¿Crees, niña, que puedes venir y decirme qué hacer? —prosiguió y sus dedos presionaron más mí mandíbula.
Hice un gesto de dolor.
—Escucha bien: mí no me interesa en absoluto lo que pueda pasarte —declaró volviendo a acercar su boca a la mía, respirando lento y disminuyendo el volumen de su voz—. Pero ya que has dicho que esta vez lo harás bien, te daré el beneficio de la duda y tendrás otra oportunidad.
A pesar de la forma en que sujetaba mi rostro, me las ingenié para sonreír y hablar.
—Gracias, mi señor —dije aliviada—. Yo... yo haré todo lo que usted diga.
Una sonrisa apareció en su atractivo rostro, pero, a diferencia de la mía, la suya era sumamente oscura.
—Entonces, me la chuparas hasta que me corra.
Pude sentir cómo mi rostro cambiaba de expresión, cómo pasaba del alivio al total horror. Su sonrisa se hizo más extensa, ¿disfrutaba de mi miseria? Parecía que le complacía más que nada.
—Sí te esfuerzas al máximo y logras que me venga en tu boca, no diré nada al estúpido dueño. ¿De acuerdo?
¿Por qué hace esto? Le pregunté en mi fuero interno, mirándolo con los ojos bien abiertos. ¿Por qué viene a este lugar en busca de mujeres, cuando a todas luces se ve que podría tener a cualquier chica a sus pies? ¿Por qué me obliga a hacer esto?
—Mi señor, yo no puedo... —balbuceé.
—Quiero ver sí valió la pena haber elegido a la novedad de BodyShop, en lugar de a las otras 9 chicas —dijo, torciendo su sonrisa.
Y sin perder más tiempo, me soltó solo para enderezarse y bajarse en cierre del pantalón.
Quise levantarme y salir corriendo. Pero como si supiera mis intenciones, me tomó de un brazo con una mano grande y me obligó a permanecer a sus pies. Con horror, miré su m*****o frente a mí; grueso, largo y venoso, ligeramente húmedo en la punta. Nunca había visto algo así en mi vida.
—¿Sabes cómo hacerlo? —preguntó al ver cómo, asustada, miraba su m*****o irguiéndose a pocos centímetros de mi rostro.
Negué enrojeciendo aún más de lo que ya estaba. Él suspiró con exasperación.
—Sí que eres toda una novedad, no tienes ninguna clase de experiencia, pero igualmente estás aquí. Sin duda, hoy ha sido un día lleno de sorpresas.
Me quedé callada, había perdido la capacidad del habla. Solo podía mirar eso.
—Primero, escupe en tu mano —dijo, instruyéndome.
Separé la vista de su m*****o para poder alzar la cabeza y mirarlo con confusión. Él rodó los ojos.
—Olvídalo, chúpalo de una vez.
Mi expresión no cambió en absoluto. Pero la suya, sí, hora me miraba incrédulo y hasta un poco enfadado.
—Debo decir que has despertado más que mi interés —comentó inclinándose para poder acariciar mis húmedos labios con las yemas de los dedos—. Me pregunto qué hace una chica tan inocente cómo tú en un lugar cómo este. Deberías estar en el colegio, estudiando y leyendo novelas cursis.
Alentada por su modulado tono suave, abrí la boca para preguntarle sobre mi hermana. No obstante, él lo aprovechó para meterme dos dedos hasta la garganta. La invasión apenas duró nada, pero bastó para que mi cuerpo se arqueará antes de lograr echarme hacia atrás entre toses y arcadas.
Molesta, lo miré con los ojos llorosos. Él, impávido, me devolvió una mirada fría.
—Ya que te he explicado cómo debes hacerlo, procura que no sienta tus dientes.
Noté cómo mis dedos comenzaban a temblar. Estaba a nada de entrar en pánico. No obstante, ¿qué más podía hacer? Yo ahora era una prostituta, y mi trabajo era hacer lo que él dijera. De no hacerlo, seguramente me arrepentiría.
—Si, mi señor.
Apenas lo dije, su m*****o creció todavía más. Pero no permití que eso me acobardará, me acerqué a él y con manos vacilantes, lo tomé entre ellas. Se sentía caliente al tacto.
—Chúpalo cómo chuparías la punta de un cono de helado.
Y así lo hice. Cerré los ojos con mucha fuerza y me lo metí en la boca. Apenas cabía en ella.
—Apóyalo contra tu lengua.
Obedecí.
—Ahora, sin abrir más esa pequeña boca tuya, comienza a sacarlo y volverlo a meter.
Lo hice. Comencé a frotarlo contra mi lengua, al tiempo que lo sacaba de mi boca para después volverlo a meter. Mi saliva poco a poco fue volviéndolo más resbaladizo y pronto supe que también podía utilizar mis manos. Lo froté entre ellas a la vez que lamía la punta con mucho cuidado de no morderlo.
Y unos minutos después, el hombre comenzó a gemir y a apoyar una mano en mi cabeza, guiándome en mis movimientos.
—Dios..., lo haces mejor de lo que creí...
Apreté los ojos, conteniendo las lágrimas en ellos. Esas chicas en el baño habían tenido toda la razón: yo estaba destinada a ser una puta, como lo era mi hermana. Todos los halagos que obtendría serían por cosas cómo las que en ese momento hacía.
¿Qué estoy haciendo realmente aquí? ¿Esta es la vida que siempre viviré?
Justo cuando empezaba a tomar ritmo, el hombre me tomó por la cabeza y comenzó a empujarme cada vez más duro contra su pelvis. Abrí los ojos y entre manotazos y mudas protestas intenté alejarme, pero él no me lo permitió. No hasta que se estremeció entre bajas maldiciones y un salado líquido invadió mis sentidos; entonces abrí los ojos desmesuradamente, asustada por lo que estaba pasando.
¿Acaso...?
—No te muevas —me gruñó, aplastándome contra sí.
Él se corrió en mi boca, metiéndome su m*****o hasta el fondo de la garganta. Reprimí violentas arcadas y cuando ya no quedó nada, al fin me soltó. Enseguida me alejé, cayendo de espaldas en el suelo y tosiendo con fuerza. Agotada, solté un suspiro. Suspiro que murió en sus labios. Pues de pronto, antes de darme tiempo de recuperarme, él ya estaba sobre mí, separándome las piernas y colándose entre ellas.
—¿Q-qué... hace...? —mascullé contra sus labios, empujándolo por los hombros sin resultados.
Lo sentí sonreír. También sentí sus dedos anclándose en mis bragas negras de encaje.
—¿Qué crees tú, niña? —inquirió a su vez, mirándome con unos brillantes ojos negros llenos de exaltada excitación—. ¿Piensas que pagué por ti solo para que me la chuparas mínimamente bien?
Al instante dejé de manotear. Todo mi cuerpo se congeló. Él iba... iba a ...
—¡No quiero! —grité llena de pánico, a la vez que mis ojos se llenaban de lágrimas—. ¡No así!
Él estrechó la mirada, y el brillo en ellos se volvió opaco. Sus manos también se detuvieron, dejó de intentar sacarme las bragas.
—¿No quieres?
Sacudí la cabeza, pequeñas gotas saladas rodaron por mi piel. Él alejó su boca de la mía para hacer un mohín que me hubiese parecido atractivo, de no estar tan asustada.
—Eres una chiquilla tan complicada... —se quejó con voz aburrida, pero con tiento pasó los dedos por mis mejillas, limpiando mi llanto.
Suspiró encima de mí. De repente, en su negra mirada, se asomó la luna.
—Ya que me has obedecido, te daré un poco de mi atención. Sí te ayuda, dime porqué te niegas.
Ante tal muestra de comprensión, mi labio inferior comenzó a temblar. Y me di cuenta de que tenía mucho miedo; él me asustaba, sus frías expresiones y sus bruscas acciones me aterraban; y me asustaba dar ese paso hacia una vida s****l activa.
Me asustaba perder mi virginidad con un desconocido.