TIENTAME

1972 Words
Bajo las luces rojas del burdel, tomé el frío tubo con una mano y giré suavemente alrededor de él antes de sujetarme con fuerza y subir. Al alcanzar buena altura, copié las rutinas de mi hermana y me volví una verdadera stripper. Sensualmente, me moví contra el tubo y ofrecí el Show en pole dance más erótico que jamás pensé hacer. Mi cuerpo se volvió lascivo y por unos minutos, ese tubo se volvió el centro de mi vida. Cuando terminé, me encontraba sobre el suelo, respirando agitada, en una postura sucia y con mis ojos brillantes fijos en ese misterioso cliente. Cuando mi show concluyó, los ojos de ese hombre seguían en mí, manteniendo un contacto que me hizo contener el aliento por un eterno segundo. Pero justo cuando la tensión entre los dos comenzaba a chispear en el aire, estallaron los aplausos y él simplemente se levantó y se fue. ¿Qué significaba eso? Sentí un tirón de humillación mientras me levantaba y volvía junto a Liliana. ¿Cómo pude pensar que yo le interesaría? —¡Eres realmente buena en esto, Lizy! —me felicitó. Le sonreí con las mejillas rojas, dividida entre la vergüenza y el orgullo por ese erótico espectáculo que acababa de ofrecer. —Vamos, te has ganado tu lugar en Body Shop. Volvimos a la habitación, allí ella sacó una botella del armario y la destapó con una gran sonrisa. —Después de verte bailar, estoy segura de que te volverás el espectáculo de la noche. Los hombres se formarán para tener una ronda contigo —dijo, feliz. Sentí una pesada sensación inundarme y algo alarmada me acerqué a ella a la vez que negaba. —¿Qué... dice? Creo que se equivoca, yo no vine aquí como prostituta, sino como... Pero antes de poder terminar de hablar, alguien llamó a la puerta y vi entrar a una guapa mujer madura, enfundada en un precioso vestido n***o muy formal; parecía una especie de asistente. Sus ojos claros me buscarón y al encontrarme, me llamó con un gesto. —Felicidades, chica nueva, has obtenido un buen cliente esta noche. Ven conmigo. No me moví, pero me puse pálida y todo el cansancio del baile se esfumó. —¿Cliente? Es un error, yo no... vine aquí para eso. Liliana se puso seria, al tiempo que esa mujer se me acercaba y estrechaba la mirada con fastidio. —¿No viniste a Body Shop para "eso"? No debes saberlo, pero esto es un burdel. Los hombres vienen por nuestro servicio, y nuestro servicio consiste en... Volví a negar. —Sé lo que es este lugar, pero yo hablé con el dueño y él aceptó que yo ... —¡No me importa qué demonios acordaste con el dueño! —estalló ella y me sujetó de un brazo, clavándome los dedos—. ¡Aquí el cliente es más importante, así que haz lo que yo digo! Hazlo o te arrojaré a la calle ahora mismo. No le respondí, solo pude apretar los labios y mirarla con miedo. Liliana se mantuvo callada a mi lado. Esa mujer era la jefa de Body Shop, quién manejaba todo allí, incluidas las chicas. —Escucha, niña. Tu cliente de esta noche no es cualquier hombre. Así que haz tu trabajo, o no solo tu cabeza rodará. ¿Entiendes? No lo decepciones, si lo haces, desearas no haber pisado este burdel —me amenazó antes de soltarme y volverse hacía Liliana. —Acompáñala y asegúrate de que no huya —le dijo, luego salió. Me quedé paralizada en el centro de la habitación por unos instantes, antes de que Liliana me tomará de la mano y comenzará a guiarme por los estrechos y rojos pasillos de Body Shop. Quería huir, pero no tenía el valor. Notaba algo obstruyendo mi garganta, pero tenía la boca seca y mi respiración era pesada. Había bailado lascivamente para esos hombres, para ese cliente Diamante y, aun así, tendría que ... No era capaz ni de pensarlo. Nos detuvimos frente a una puerta negra en el fondo de un pasillo en la planta más alta del burdel. Allí Liliana me soltó y en silencio me ajustó el antifaz. —No te lo quites por nada del mundo, porque no solo es nuestra carta de presentación, sino también es nuestro seguro de vida. El antifaz mantiene nuestras identidades seguras de los clientes. Posteriormente, me arregló la corta falda de malla transparente y el sexi bustier. —Solo haz lo que él te ordene. Y no le hagas ninguna pregunta, ni siquiera sobre su nombre. Solo llámalo "Mi señor". Me estremecí por dentro cuando abrió la pesada puerta de metal para mí. Entonces, antes de poder ver qué había en el interior, me empujó suavemente dentro. Inmediatamente escuché la puerta cerrarse detrás de nosotras. Lo primero que procesé de la habitación fueron las paredes de cristal, luego miré el techo de espejos negros y el suelo cubierto por una aterciopelada alfombra roja. Y finalmente, mis ojos se concentraron en el hombre en el centro de la habitación, sentado en un sillón individual de piel, con una pierna descansando despreocupadamente sobre otra, mientras su brazo derecho descansaba en el reposabrazos y mantenía una interesada mirada color dorado puesta en mí. Pero lo que era peor, no estaba solo. Se encontraba rodeado por varias chicas en escandalosa lencería negra, cuyas sensuales miradas maquilladas se asomaban a través del antifaz distintivo del burdel. Al cruzarme con la filada mirada del hombre, una esquina de la boca se curvó hasta formar una media sonrisa de reconocimiento, nada amistosa. Mis labios se abrieron ligeramente al darme cuenta de que lo reconocía. Se trataba del cliente Diamante. Para quién había bailado. De cerca, era aún más apuesto y mucho más imponente. Él me observo fijamente por más de un minuto, estudiando mi cuerpo a detalle, traspasándome con su crítica mirada casi amarilla. Mientras nos observábamos, el color intenso de sus peculiares ojos me recordó vagamente a los feroces pumas, a sus peligrosas fauces abiertas... Pero también, por un brevísimo instante, muy en el fondo de esos ojos creí ver una cálida noche de luna llena. Sin embargo, el encanto duró poco. Hasta que finalmente chasqueó la lengua y me habló directamente. —De cerca pareces insignificante, casi torpe —me dijo con una voz gutural, increíblemente profunda y algo rasposa—. Supongo que buscabas esto de mí al insinuarte en ese erótico baile. Exhalé entre labios. No era así. Solo bailé para él porque esperaba que le gustará y en agradecimiento me dejará una especie de propina. Nunca se me pasó por la cabeza que buscaría pasar una noche conmigo. Miré a Liliana de reojo, pero ella estaba tan tensa como yo. Antes de darme cuenta, mis brazos fueron a mi cuerpo y me cubrí lo más que pude. Me abrazaba a mí misma con fuerza mientras él me observaba, esperando pacientemente mi respuesta. Quería desviar la vista, pero me era imposible. El hombre era sumamente atractivo, su aspecto era lo que menos había esperado de los clientes de un burdel; era alto y parecía fuerte, bastante fiero; sus hombros eran anchos, cómo un triángulo invertido; además, tenía esa seria y penetrante mirada del color de la miel, y también un cabello intensamente n***o cómo la misma noche. Sin duda, todo en su apariencia gritaba peligro. No hacía falta preguntar nada para saber que no se trataba de un empresario o millonario, sino de un mafioso, y uno bastante peligroso. —¿Acaso eres muda? Habla de una vez. Su tono, ahora duro y exigente, me sobresaltó un poco, y no solo a mí, pues las chicas con él dejaron de acariciarlo y se alejaron un poco; un tanto inquietas. Liliana me miró y me hizo un gesto ansioso. Pero antes de que yo siquiera reuniera el valor para decir algo, él habló de nuevo: —No recuerdo que al bailarme fueses tan tímida y retraída —me dijo con un leve matiz de enfado y aburrimiento. Liliana le sonrió con esfuerzo, intentando aligerar el ambiente. —Lo siento mucho, mi señor, ella es nueva —se disculpó otra chica nerviosamente y se adelantó coquetamente para sentarse sobre su regazo, comenzó a plantarle besos en el cuello—. Solo es una bailarina. Pero él no reaccionó, sino que siguió mirándome sin pizca de humor. —Cómo nos faltaban chicas, no tuvimos de otra que aceptarla... —¿Es nueva, dices? —la cortó él, de repente le brilló la mirada y pareció interesado. Desde mi lado, Liliana asintió. Yo temblé, no me gustaba nada el rumbo que estaba tomando todo. —Es usted su primer cliente, mi señor —le explicó. Sus labios, no tan finos pero tampoco demasiado carnosos, se curvaron en una mueca maliciosa. Me hizo una seña con sus largos dedos para que me acercara. No lo hice. No quería que nadie pusiera sus manos sobre mí. Ya no quería hacer eso, lo que deseaba era irme muy lejos de allí. Al ver mi renuencia, él arqueó una ceja. —¿Qué te sucede, niña? —inquirió con voz peligrosa—. ¿No estás aquí para servirme? ¿Acaso esperabas otra cosa al bailarme como lo hiciste? Con esa duras miradas clavadas en mí, incluyendo la de Liliana, apenas podía pensar. Y mucho menos podía hablar. —Oh, lo siento tanto, mi señor —volvió a disculparse Liliana sin dejar de sonreírle al hombre—. Lizy acaba de llegar esta mañana, debe sentirse muy nerviosa. Creí que... —¿Creíste que yo pagaría por ella, cuando está parada allí, cubriéndose tanto cómo puede? ¿Me tomas por imbécil? Liliana tragó saliva visiblemente, y ya no dijo nada. Yo quería decir algo, no quería que ese tipo la reprendiera por mi culpa; pero mi lengua y labios no respondían. Luego de algunos minutos de mortal silencio, durante los cuales el hombre me perforó con su ácida mirada, otra chica habló animadamente. —Mi señor, no se preocupe, sacaré a la chica de aquí y yo me quedaré... —Olvídalo. Ustedes, váyanse. Apenas lo dijo todas se apresuraron a la salida rápidamente, aliviadas por escapar de allí. Yo también suspiré, y después de alejar mi mirada del hombre en el sofá, me puse en movimiento. —Tú no. Me detuve en seco de espaldas a él. Desde la puerta, Liliana se dio la vuelta y lo miró con confuso asombro. —¿Mi señor? ¿Q-qué hace? Apreté los puños a los costados, y rogué para que respondiera algo distinto a lo que ya imaginaba. —Ya pagué por ella, ¿no? Así que sal y cierra esa puerta. Mi alma cayó hecha añicos a mis pies. Liliana vaciló, claramente preocupada por mí. —Mi señor, es inexperta, sí gusta, yo puedo... —¿No oíste mi orden? Lárgate de una vez. Ella me miró, después suspiró y salió. El sonido de la puerta al cerrarse hizo eco en la casi vacía habitación, donde solo quedábamos dos personas. —Levanta la cabeza —me ordenó él. Lo hice. Desde la pared de espejo frente a mí, puede verlo. Estaba mirándome, estudiándome con su profunda mirada negra. Le devolví la mirada a través del antifaz; eso era lo único que protegía mi identidad, lo único que mantenía a resguardo mi orgullo y dignidad. —Esos ojos tuyos, los he visto antes. Al decirlo, ladeó la cabeza para apreciarme mejor, más interesado que nunca. Y yo apenas pude reprimir mis emociones. ¿Unos ojos cómo los míos? ¿Podría tratarse de mi hermana? ¿Él la conocía? ¿Él solía ser cliente suyo? ¿Él sabrá dónde puedo buscarla? Me volví en su dirección. Tentada por el anzuelo que eran sus palabras.
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