OBSERVÁME

2118 Words
Hice lo que me pidió, pero mantuve la cabeza gacha, no quería ver lo qué pasaba en la habitación. Escuchaba sonidos de succión y descarados besuqueos, además de risitas divertidas. —Pareces una chica dócil, bastante amable, pero no está de más advertirte. Mientras él hablaba, los vellos de mis brazos se erizaban a causa del miedo. Más que una advertencia, parecía estar amenazándome. —Sí se te ocurre ir en contra de un cliente o negarte a sus deseos, serás despedida de inmediato y tendrás que pagarnos en ese mismo momento, ¿entendido? Temblé ligeramente. —¿A qué se refiere con “negarme”? —quise saber, a pesar de mis inquietudes. —Seguramente pronto lo descubrirás. ¿Por qué no puedo saberlo ahora? Pensé. —Si, lo entiendo. Posteriormente, salí de allí a toda prisa, apenas mirando por donde caminaba. Por todos lados había parejas besándose, tocándose, y muchos yendo más allá. Tendría una semana para aceptar que ya no había otro camino para mí, para hacerme la idea de que mi destino estaba decidido por una deuda. Después... después tendría que entrar a una de esas muchas habitaciones al lado de un completo desconocido. Durante mi única semana libre acudí a Body Shop todas las noches y traté de acoplarme... excepto porqué, no pude acoplarme. Intenté con todas mis fuerzas prestar atención a la escasa ropa provocadora que lucían las mujeres allí, pero lo máximo que usaban era trasparente de lencería que no dejaba nada a la imaginación. Veía a las strippers moverse sensualmente sobre la barra en encendidos conjuntos de encaje, sus tacones Alexander Mcqueen resonando sobre el fino cristal en que bailaban, sus ojos maquillados destelleando tras un antifaz carmesí, con sus perfectas pieles brillando bajo las luces y las copas de sus observadores. También intenté acostumbrarme al ambiente y a la cercanía de los hombres, pero bastaba que entraran en mi espacio personal para que yo saliera corriendo del lugar con el corazón desbocado. Llegado el domingo, una chica fue a mi departamento y me sacó de la cama a base de empujones, para después hacerme subir a una camioneta blindada. Ni tiempo me había dado de cambiarme el pijama por ropa de calle. —¿Qué...? ¿A dónde vamos? Ella me lanzó una mirada despectiva y sin dejar de morderse la uña del dedo pulgar, respondió: —¿A dónde crees? Te llevo al burdel donde te estrenaras. Al instante mi rostro se tiñó de rojo. —¿Estrenarme? Yo... yo aún no me mentalizó... —¿Mentalizarte? —se burló—. Solo haz lo que yo te pida. Nerviosa miré por las ventanas y luego al conductor, tragué saliva. Se veía que el tipo era de esos que, sí saltaba del auto, no dudaría en pasarme las llantas por encima. —Según me informaron, dijiste que tenías experiencia, pero tu asustado rostro dice todo lo contrario —comentó con un tono de voz más suave que la de antes—. ¿Siquiera sabes mover ese culo tuyo? Me dijeron que serás stripper. Las calles pasaban y desaparecían unas tras otras, mientras yo comenzaba a temblar. Me sentía más que asustada, estaba aterrada. —Yo soy Liliana, ¿cuál es tu nombre? Volteé a verla. Su expresión fastidiada también había sido sustituida por una más amable. Entonces abrí la boca para decirle que me llamaba Elizabeth Riss, pero, ¿podría Liliana relacionarme con mi fugitiva hermana? No quería eso. No quería que me señalaran por mi parentesco con ella: una ladrona. —Lizzy, así me llamo. Asintió una vez. Parecía estar valorándome. —Qué nombre tan dulce. Seguro les gustarás. —¿A quiénes? Rodó los ojos. —A los clientes, obvio. Bajé la vista y apreté los puños sobre el regazo hasta que mis nudillos se pusieron blancos. Imaginarme allí, en ese burdel, siendo igual que mi indecente hermana, hizo que mi corazón latiera con fuerza dentro de mi pecho. —Tranquila, chica, solo debes bailar sobre la barra y ya. No te acostaras con nadie —trató de tranquilizarme. Yo estaba a punto de hiperventilar—. No te asustes, nadie sabrá quién eres, traerás puesto el antifaz que caracteriza a las trabajadoras del burdel. ¿Antifaz? Vagamente recordé las miradas glamurosas que esas guapas mujeres me lanzaron a través de sus antifaces rojos días atrás, en la oficina del dueño, y luego las strippers. —Solo obedece a los clientes y no te pasará nada. —¿Y qué sí no le obedezco? —quise saber llevándome una mano al pecho. Liliana se rió con humor, pero fue un sonido nervioso. —Si no les obedeces, Livy, nos meterás en problemas a todas. Ellos, para tu mala suerte, no son clientes comunes. Alcé la vista y la clavé en ella. —¿“No son clientes comunes”? —inquirí en voz baja, más asustada que antes—. ¿Eso qué significa? Pero la chica nunca me respondió, en ese preciso momento la camioneta freno en seco y las puertas se abrieron de golpe. Un tanto curiosa asomé la cabeza hacia la calle, allí un enorme edificio pintando de n***o y rojo se alzaba ante nosotros, imponente y rebosante de glamour. Parecía el edificio de un magnate, pero sus paredes negras decían que no; que era un sitio totalmente distinto. —Bienvenida al burdel más famoso del país —dijo con orgullo Liliana a mis espaldas—. Este es el Reino, el infierno y el cielo, el burdel más exclusivo de la cadena de burdeles Body Shop, aquí vienen los más poderosos hombres. Aquí yacen los instintos más bajos, y claro, aquí reside la máxima belleza que el dinero puede pagar. El edificio de tres plantas tenía una fachada de ladrillo bastante simple, pero en las dos plantas superiores había amplios ventanales que reflejaban la brillante ciudad y sus enormes edificios empresariales; seguramente durante la noche, mientras dentro de Body Shop ocurrían todo tipo de depravaciones, el edificio ofrecía un bello espectáculo a los transeúntes que pasaban por allí. A comparación de este, el burdel que yo había frecuentado primero era nada. Este parecía ser el núcleo principal, la guarida más importante. —Ahora, entra. Hay mucho qué hacer contigo antes de presentarnos esta noche. Volví la cabeza hacia la chica. —¿Hablas de... esta misma noche? Al ver mi expresión escandalizada, soltó una divertida risita. —¿Crees solo porque eres inexperta no trabajaras de inmediato? Tengo mis motivos para que tu seas el espectáculo estelar de esta noche. —¿Y cuál es el motivo? —le pregunté, temiendo la respuesta. Su sonrisa se hizo más ancha. Y extrañamente sus mejillas se colorearon de rosa. —Ya lo verás. Solo puedo decirte que serás una atracción interesante. Además, estamos cortos de personal. Mientras entrabamos al edificio y ella me guiaba por sus intricados y oscuros pasillos, yo me pregunté qué había querido decir con “atracción interesante”. Y más tarde, cuando al fin lo descubrí, me quedé aterrorizada. Liliana me llevó por el vacío burdel, cruzamos todo tipo de habitaciones, de reojo miraba chicas arreglándose para esa noche y algunas otras contando exorbitantes cantidades de dinero. Las paredes del interior era un de un rojo oscuro y las puertas de un profundo n***o, en la estancia principal del burdel había una enorme barra de stripper, bajo jaulas de exhibición que parecían ser de oro y tubos brillantes sobre reflectantes suelos de cristal. El piso estaba cubierto por una alfombra de terciopelo n***o, mientras que el techo estaba repleto de espejos y los sillones de cuero n***o se esparcían por toda la amplia sala. En el fondo había un bar enorme, repleto de bebidas de todo tipo. —¿Ves eso? Liliana señaló al fondo del techo, hacía la parte alta de la estancia, donde sobresalía un balcón de cristal y sillones rojos miraban directo hacía la barra y las jaulas de stripper. —Allí se ubican los clientes Diamante de Body Shop. Esta noche vendrán nuestro cliente más importante, y estará allí. Miré el sillón el en centro, era ligeramente más alto, como si fuese un trono. —¿Quién es? —inquirí con los ojos fijos en esa zona Diamante. —No necesitas saberlo. Solo baila para él. ¿Sabes moverte? La miré. La verdad, sí sabía bailar. Había visto a mi hermana practicar en casa un sinfín de veces en un tubo improvisado. Y algunas veces llegué a bailar con ella. Entonces recibí el único cumplido de su parte: "Eres buena, podrían ser una excelente stripper". —Puedo bailar. Liliana asintió, un poco aliviada. Entonces fue hacía la barra de bebidas y le pidió algo al Barman. Cuando regresó, traía con ella una pequeña caja cuadrada atada con un listón rojo. Me la entregó. —Te prepararé y esta noche usaras esto. No hagas que el jefe me corte la cabeza por escogerte. Con desconfianza tomé la caja. A continuación, me sacó de allí y me llevó por unas escaleras que descendían a un piso subterráneo. Allí me hizo entrar a una habitación sencilla y luego a un baño. Me hizo sacarme la ropa y meterme a una tina. Colocó aceites de aroma delicioso en el agua y me restregó la piel hasta exfoliarla por completo. Después colocó todo tipo de cremas en mi cabello color salmón y cuando salí de la tina, me llenó la piel de humectantes que reflejaban pequeños destellos dorados. En la habitación, me hizo sentarme frente a un espejo y comenzó a maquillarme. Puso sombras oscuras y doradas en mis ojos, ahumándolos, hizo que mi piel tuviera un efecto aterciopelado y colocó un profundo labial rojo en mis labios. Me secó el cabello y le pasó la plancha hasta alaciarlo totalmente. Cuando terminó, me sonrió desde el espejo. —Eres muy hermosa, Lizzy. Sin duda atraerás miradas esta noche. Con tiento, tomó la caja y la abrió. De ella sacó un antifaz rojo de piel. Con mucho cuidado me lo puso. De repente, ya no era yo. Solo podía mirar la hipnotizante y misteriosa mirada de una guapa chica. —Vístete y que comience el espectáculo. Cuando salió de la habitación, me levanté y abrí de nuevo la caja. En él reposaba un conjunto rojo de malla transparente, la falda era tipo colegiala, la tanga era un pequeño triangulo y la parte superior parecía diseñada para apenas cubrir los senos. Cuando me lo puse, pude ver la forma de mis pezones y mis muslos. Expiré entre labios, sintiéndome miserable. ¿Por qué mi hermana decidió robar esa fortuna y condenarme? —¿Lizzy? —me llamó Liliana desde la puerta. Rápidamente me puse los altos tacones y salí. Ella me repasó una vez y después me hizo un gesto para que la siguiera. Caminamos por un estrecho pasillo y nos detuvimos frente a una cortina de finas cadenas plateadas. De otro lado ya se escuchaba la música, voces masculinas conversando y el sonido de las copas al chocar. —Mantén tus ojos en la zona Diamante. Sí le gustas, podrías ganar mucho esta noche. ¿Ganar mucho? ¿Eso significaba que podría aportar una buena suma a mi deuda? Asentí con decisión y luego me volví hacía la cortina. Expiré profundo y, armándome de valor, la crucé. A pesar de las intensas luces rojas, mantuve mi mirada en el fondo, en el balcón de cristal que parecía flotar sobre los demás clientes. Y a diferencia de unas horas atrás, ahora no se encontraba vacío. En él había 3 hombres de traje, mirándome con interés mientras bebían. Miré al hombre del centro y él me devolvió la mirada con cierto desdén y arrogancia. Él no usaba nada que le cubriera el rostro, así que podía ver que era bastante apuesto: de mandíbula firme y rostro anguloso; sus ojos eran intensos y de un llamativo color ámbar; parecía la mirada de un depredador, de una bestia... Una expresión felina y astuta... Pero de su persona, además de gran atractivo, también emanaba algo más: peligro y poder. Debe tener a lo mucho 28 años, me dije, tal vez menos. ¿Él podría hacerme pagar mi deuda más rápido? Iba a averiguarlo. Miraba al cliente Diamante a través de mi antifaz rojo, mientras mis manos se deslizaban por mis caderas y mi respiración permanecía controlada en medio de la sensual música y los vítores de los clientes normales. Los ojos del hombre en el balcón seguían mis movimientos con suma atención, pero su atractivo rostro no decía nada. ¿Quién era él y cómo bailarle serviría para aligerar mi deuda?
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