Capítulo 4: Desconocido

2017 Words
DÍAS ATRÁS Exhaló con fuerza; sentía que la cabeza le iba a explotar: las sienes le latían, y la mente le daba vueltas y vueltas a lo mismo. La puerta de su habitación estaba cerrada con pestillo, porque no quería hablar con nadie y, en medio de su habitación, alumbrada por las luces de las lámparas de noche, se encontraba sentada sobre la cama. Se alborotó los cabellos, de un castaño oscuro y profundo, y se apresuró a atarlos en una coleta alta, echándose a un lado el flequillo. Se dejó caer hacia atrás en la cama y resopló, molesta. Afuera todos celebraban el año nuevo, pero ella no tenía ánimos. No desde que su mundo se había vuelto nada hacía apenas momentos atrás. Sus padres se iban a divorciar, se lo dijeron unos días atrás; ellos justificaron todo con el hecho de que ya no podían estar juntos, pero no le dieron razones. Entonces ella, una muchacha de apenas quince años… ¿qué se suponía que debía pensar? ¿Algo así sucedía de la nada? Sin embargo, eso no era lo que la tenía así, no… Esa misma tarde, la caída de su castillo de naipes llegó junto al correo. Se encontraba en gestiones para su pasaporte, y por alguna razón tan simple trámite había tardado demasiado. Esa mañana amaneció con malestar de estómago, por lo que no fue a la escuela y se quedó en su habitación; su padre ya no vivía en la casa, y su madre se encontraba en su trabajo de medio tiempo. El correo llegó un poco más tarde de lo usual, y ahí pudo ver una carta del ministerio encargado de la gestión de los trámites migratorios, acompañada de su registro familiar. Al abrirlo y leerlo… No se lo esperaba para nada. «Nombre de la menor: Erika Abe». «Nombre de la madre: Miko Abe». «Nombre del padre: Mishel Suoh». Y… ¡claro!, ¿quién demonios era ese Mishel?, su padre se llamaba Kai, no Mishel. ¿Qué era esto? Sin embargo, «Mishel Suoh» era un nombre que recordaba, por eso, aun sintiéndose mal, corrió como pudo a su habitación, donde seguía hasta ahora, en busca de una carta que su madre solía leerle de pequeña, como un cuento, y la leyó hasta el final, donde ese nombre se repetía, junto a una frase que, justo ahora, cobraba todo el sentido del mundo: «Espero que puedas entender su verdadero significado algún día». El recuerdo de su sexto cumpleaños, cuando conoció a ese hombre volvió a su mente y se amoldó, Se sentó en la cama de un impulso y apretó los labios. Dejó a un lado la pequeña caja de música que vino como regalo junto a aquella carta años atrás, y recogió las piernas, abrazándolas tanto como pudo. Apoyó la frente sobre las rodillas y resopló. Estaba cansada… los ojos se le cerraban, se sentía abrumada. ¿Quién era Suoh Mishel? • • • Inhaló con fuerza al abrir los ojos, ¿cuándo se había quedado dormida? Miró el reloj en su mesa de noche: las doce y treinta y cinco. No recordaba haber dormido, pero ahí estaba. Sin embargo, la casa se sentía silenciosa… ¿su madre también se había dormido? Quizás. «¿Quién es Suoh Mishel?», sus pensamientos regresaron el nombre a su cabeza y espabiló de golpe. ¿Dónde había quedado el internet en la inteligencia humana? Se regañó a sí misma por ser tan idiota y saltó fuera de la cama hacia su escritorio, donde tenía su portátil. Escribió el nombre en la barra de búsqueda y esperó los resultados. Le llamó la atención que el nombre tenía una entrada en Wikipedia, junto a la «Familia Suoh». Entonces, las puertas del entendimiento se abrieron delante de ella. —Suoh… ¡Claro! ¿Cómo puedes ser tan estúpida, Erika? —se preguntó en voz alta y se dio un coscorrón con la diestra. Resopló y clicó el enlace de la Familia Suoh, para encontrar rostros conocidos en una foto familiar. Ahí se veía a Spencer, el patriarca, Miyako, la madre; Jin, la hija mayor, Misaki, la menor y… ese al que ella buscaba: Mishel, el segundo hijo y primogénito varón, nacido para ser, según la misma nota, el heredero de la familia, que se dedicaba al mundo empresarial y comercial dentro y fuera del archipiélago. No lo pudo distinguir muy bien en una foto tan amplia y de tan baja resolución, así que se metió en su nota personal, donde había una foto más grande donde tendría, a lo sumo, un par de años más que ella. Él tenía unos ojos tan azules como los suyos, y el azabache pintaba su cabello; la piel pálida y el mirar apagado. La nota contaba que, tras ser asesinado su padre en circunstancias extrañas, el hijo abandonó la vida de la familia, y no se supo más de él. Pero ella recordaba esa cara, no solo de su fiesta de cumpleaños número seis. Lo había visto en otra parte. Entonces, regresó a la barra de búsqueda e introdujo el nombre: «Taiki Kurosawa», que era un escritor muy famoso, tanto en Japón, como en el extranjero. Escribía novelas de misterio, oscuras, policiales y dramáticas; a veces con un toque de fantasía, pero siempre con un realismo que era hasta crudo para algunos estómagos Y… ¿Cómo es que ella sabía eso? Porque era una gran fan que conocía el mundo del autor. Muchas veces escuchó que Taiki Kurosawa podía ser solo un seudónimo, pero no era más que un rumor al que no mucha gente le daba importancia. ¿Un rumor? Comparó las fotos de su escritor favorito con la del muchacho de la otra entrada, y se dio cuenta de que uno era una versión más vieja de la otra. Resopló. Era todo lo que necesitaba. • • • EN EL PRESENTE Mishel se quedó congelado al escuchar salir de su boca una certeza conocida. Tragó con dureza, se mojó los labios y trató de aclarar sus pensamientos, al tiempo que doblaba la carta y la planilla. La primera la sabía de memoria, y tenía una copia del registro familiar en casa. ¿Qué debía decir, además de la verdad? Para empezar… ¿cómo es que ella estaba aquí? ¿Cómo dio con él? Taiki Kurosawa era un seudónimo, pero nadie más que su círculo cercano lo sabía. «Tal vez Miko se lo dijo», pensó, pero enseguida lo negó. Esa mujer moriría antes de revelarle la verdad a Erika. —Lo soy —contestó con firmeza en voz baja—. Pero… De repente, su celular comenzó a vibrar y lo interrumpió. Lo sacó de su bolsillo y, al ver de quién se trataba, resopló. —¿Me das un momento? Es algo importante Erika, que no dejó de verlo ni un solo segundo, asintió. —Gracias. Mishel abrió las notificaciones y se dio cuenta de que no solo era un mensaje, sino que tenía muchos acumulados, y varias llamadas perdidas desde la mañana, todas de la misma persona. —De otra forma… —murmuró. «De otra forma ella no me llamaría», reflexionó y apretó los labios. Deslizó el dedo hasta el primer mensaje y resopló con fuerza. Se fue hasta el último, ese que acababa de llegar. Erika lo miraba con interés, preguntándose si ese semblante, que ahora se mostraba fastidiado y más cansado, tenía relación con ella. «Quizás es mamá», caviló y siguió mirando. Con Mishel, comenzó a leer el último mensaje en su bandeja: «Mishel, no sé qué estás haciendo, pero Erika escapó de casa. Ella lo descubrió. Cuando regresé del trabajo ya no estaba. Por favor, no sé si sabrá cómo encontrarte, pero la caja de música no está, y la carta tampoco. Si sabes algo, avísame. He contactado con todos y nadie sabe dónde está». El pelinegro volvió a resoplar, y Erika se sentó derecha, con la espalda pegada a la pared. Un leve mareo la invadió, pero no dejó de ver al varón ni un solo segundo, de detallar sus ojos, que ahora se veía más parecidos a los propios. Tragó y aguardó. Entonces, él dijo: —Tu madre está muy preocupada. Dice que huiste de casa. —Tiró la vista a las maletas. La muchacha bajó la cara, atrajo sus piernas para abrazarlas y sopló. —No quería estar ahí —alegó en un susurro. El pelinegro respiró hondo y asintió con la cabeza. —Por lo pronto, ya que tienes fiebre, no puedes quedarte aquí. «Así que tengo fiebre», caviló Erika y se tocó la frente: estaba fría, pero, al tocar su cuello, descubrió la calentura. —Vamos a mi auto, te llevaré a mi casa. Así podremos hablar en un lugar cálido y tranquilo. Ella asintió sin más, pero los nervios la atacaron al instante. Este hombre era un desconocido. Obviando el hecho de que era su escritor favorito, cosa que sus pensamientos tiraron hasta el fondo, presa de la importancia de que admitiera ser su padre biológico, no lo conocía para nada. ¿Era bueno ir a su casa en estas circunstancias? Miró a su lado, a su maleta y bolso, y soltó una profunda exhalación. «Bien hecho, Erika. ¿Cómo es que esto no se te pasó por la mente?». Miró al pelinegro con respeto y dudas, y él le devolvió una sonrisa y un asentimiento. «Espera… ¿qué fue eso?», se preguntó al sentir que su corazón ardía con virulencia y, por alguna razón, se llenó de vulnerabilidad. Mishel se colocó en cuclillas y le dijo: —Puedo pagarte un hotel si te sientes muy incómoda por esta situación. Las manos de Erika se enfriaron y, por reflejo, negó. —¡No será necesario! —exclamó—. Iré con usted. Fue un impulso, pero no pudo reprimirlo. Sentía que sería un irrespeto de otra forma, aunque aún estaba inquieta. —Bien —comentó el mayor y se levantó en un movimiento, para después ofrecerle la mano. Ella la tomó, y sintió la calidez de su palma por el par de segundos que duró el contacto. Se enderezó y afirmó el libro a su pecho, después soltó la zurda y limpió sus ropas. —¿Cómo te sientes? —cuestionó el otro, tomando su maleta y bolso para cargarlos. Ahora que estaba de pie, Erika se veía más menuda a sus ojos, y pálida. —Estoy bien… solo un poco mareada. Mishel la observó dar los primeros pasos y, aunque tambaleaba, podía sostenerse, por lo que se dedicó a caminar detrás de ella, al pendiente de que no se cayera mientras bajaban las escaleras, ni que se resbalara camino al auto. Llegaron a su camioneta, una SUV blanca impecable de limpia. Él abrió la puerta del pasajero y la dejó entrar. Erika se puso a chismear el interior mientras el pelinegro guardaba su equipaje en el maletero. No había nada que dijera que este auto le pertenecía a alguien, porque no tenía ningún efecto personal dentro, salvo una esfera verde que colgaba de un simple cordón n***o atada al espejo retrovisor, cosa que le llamó la atención. Mishel se metió al auto en el asiento del chofer, miró al frente, a la calzada oscura, y resopló. De repente, recordó algo, sacó su celular y escribió un simple mensaje: «Ella está conmigo. La llevaré a mi casa y te llamaré cuando esté ahí». Erika notó un cosquilleo en el ambiente, como una sensación de inseguridad de parte de ambos, pero no dijo nada. Mishel encendió el auto y puso las manos sobre el volante, y ella optó por ponerse el cinturón de seguridad. —¿A qué hora llegaste? —curioseó el varón. —Cerca de las dos, pero… no he dormido mucho en estos días. Creo que por eso me quedé dormida en el recinto. —Entiendo. —Él respiró hondo. El ambiente se sumió en el silencio por unos segundos y, con cierto nervio, Erika se decidió a preguntar entonces: —¿Le molesta que apareciera de repente?
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