Capítulo 3: Revelación

1713 Words
HACE UNAS SEMANAS Mishel era un escritor, y Taiki Kurosawa era el seudónimo que usaba para publicar sus obras. Tan singular combinación se le ocurrió a su editor, quien tuvo la brillante idea de jugar con lo que alguna vez fue su nombre verdadero, y le gustó. Hoy se encontraba en medio de una firma de autógrafos en una librería después de ganar un premio, y se sentía muy complacido por el gran apoyo. Después de muchas horas sentado en aquella silla de acolchado cuestionable, sonriéndole a la gente con la mejor cara que podía fingir, posando para las fotos y diciendo palabras bonitas, le dolía muchísimo el trasero. Fueron pasadas las ocho de la noche que la cola de personas desapareció y todo terminó. —Taiki, ¿qué te parece si vamos a cenar? —preguntó su editor. Los gerentes de la librería estaban más atrás, conversando. Mishel le arrugó la cara, y pudo ver una sonrisa pintarse en los labios del otro hombre. —¿Estás cansado? —¿Cómo no? —soltó y resopló. Su voz era profunda y ronca—. Lo único que quiero es ir a dormir. Sabes que no me gustan estas cosas. El editor, hombre castaño y de aspecto calmado, sonrió y asintió. —Supongo que fue suficiente con que estuvieras aquí todas estas horas. Está bien. Puedes ir a casa por ahora, yo me encargaré de ellos. —Le regaló una sonrisa y un nuevo asentimiento. —Gracias. «Taiki» se despidió de los demás y salió del edificio. Afuera, el invierno estaba en su apogeo. Se dio cuenta de que había llovido, y la brisa fría soplaba con fuerza desde lo alto de las escaleras. —Ni siquiera yo dejaría a tanta gente desilusionada —murmuró. Era un escritor, ese era su trabajo, pero lo veía más como un desahogo para esos demonios que le tiraban los pies por la noche. Cerró de golpe la gabardina que llevaba y, al correr su vista por los alrededores, algo curioso llamó su atención. Este lugar se ubicaba a lo alto de una serie de escalones que iban de largo a largo, y allí arriba, pegada a la pared lateral, vio a una jovencita medio acurrucada en sí misma, aparentemente dormida. Se acercó un par de pasos y vio en sus manos un ejemplar de su última novela y, a su lado, una maleta y un bolso. Mishel miró de nuevo los derredores, pero no había nadie. —¿Cómo es que nadie se dignó a despertarla? —se preguntó en un susurro. Hacía demasiado frío como para que estuviera aquí, así que, tras resoplar, se acercó a ella. «Los seres humanos pueden ser muy miserables», pensó. Ella no debería tener más de quince o dieciséis años, era delgada y de cabellera oscura; usaba ropa muy poco acorde para estas temperaturas tan bajas y… su piel se veía demasiado pálida. Se agachó a su lado y le palpó la frente; todavía tenía las manos tibias al venir de la calefacción, y pudo darse cuenta de que la muchacha tenía fiebre. Le sacó el libro de entre las manos y leyó el título: «Un lirio en la oscuridad», y lo dejó junto a las otras cosas. ¿Cómo era posible que se quedara dormida en medio de la fila, y nadie hizo nada? Notó que su nariz estaba fría y enrojecida, lo que le indicó que llevaba un buen rato así. Era obvio que, vistiendo solo jeans, botas, un gorro y chaqueta delgada, la llovizna le pasó factura. Le tomó el hombro y la removió un poco. —Señorita… señorita, despierte. Estos no son lugares ni horas para dormir —dijo, acercándose—. Vamos, señorita, es momento de despertar. Después de zarandearla por algunos segundos sin obtener respuesta, se preocupó. Se alejó y puso las rodillas en el suelo, sintiendo el frío del ladrillo casi al instante; se sacó la bufanda que rodeaba su cuello, la estiró y colocó sobre su hombro. Entonces, pasó la diestra por detrás de la muchacha y la atrajo hacia él, para ponérsela alrededor del cuello. Fue un poco difícil y sin nada de estilo, pero lo logró. Le dio un par de vueltas y la dejó reposar de nuevo contra la pared. Ella respiraba con normalidad, y eso le dejó claro que solo estaba dormida; sin embargo, se enfermaría en serio si seguía aquí. —Señorita… —La removió de nuevo—. Es hora de despertar. Su voz sonaba imperturbable, y fue solo después de algunos segundos más cuando la muchacha comenzó a moverse y, al ver que sus brazos se estiraron, se separó de ella con rapidez. Un gran bostezo abandonó la boca ajena, y ella subió la manos para taparla y luego restregarse los ojos, mascullando mensajes inentendibles. Solo treinta segundos después abrió los ojos, y dos orbes de un azul brillante y vigoroso se dejaron ver en medio de la noche. La castaña miró al costado y, al darse cuenta de quién estaba ahí, y de que la observaba con preocupación, abrió los ojos de par en par. El corazón le pegó un brinco y se plegó en sí misma de golpe. Solo entonces se dio cuenta de que tenía una bufanda que no era suya alrededor de su cuello, de franjas negras y blancas, y la tomó entre manos, sintiendo su calidez. «¡Es él!», chilló en pensamientos y contuvo la respiración por un momento, apretó los labios y lo miró de frente, pero sumida en los nervios, solo para correr los ojos al costado casi enseguida a su maleta y maletín, y vio el libro. Tragó con dureza y sopló. —Usted… Usted es Taiki Kurosawa, ¿no es así? —preguntó en un hilo de voz, bañada en dudas. Él aguzó el mirar, curioso, pero consciente del lugar en el que estaba, y asintió con la cabeza. —Lo soy —contestó—. Puedo preguntar… ¿por qué te quedaste dormida aquí? Es muy peligroso. La más joven vio a un lado y luego al otro, en busca de alguien más, pero ya no había nadie, y la inquietud pintó su mirada. Apretó los dedos de los pies dentro de sus zapatos y trató de acallar el latido fuerte y abrumador de su corazón en sus oídos, aunque no tuvo éxito. —Vine a la firma de autógrafos… o eso se suponía —musitó bajito—. Yo… no sé en qué momento me quedé dormida —se lamentó con rapidez, siendo consumida por sus nervios. Mishel afirmó y espiró por la nariz. —Ya terminó, pero puedo darte el autógrafo si aún lo deseas —comentó casual. El semblante de la más joven se iluminó al instante, y el corazón se le quedó apretado en la garganta; en un segundo, cualquier malestar desapareció, sus pálidos mofletes se pintaron de un tenue rojo, y la ilusión abordó sus pensamientos. Sin embargo, la alegría se esfumó al instante cuando una parte de su consciencia le recordó qué era lo que de verdad hacía ahí. Apretó los labios y negó con la cabeza, para chillar casi en contra de su voluntad: —¡No lo quiero! Mishel entreabrió el mirar al oírla. Ella bajó la cabeza y cerró los ojos, y la presión se acumuló en sus sienes. —Bueno… ¡Sí quiero! —espetó la chica de golpe, levantando la mirada—. Pero… es que no es por eso que vine hasta aquí hoy. La curiosidad pintó los ojos del pelinegro al ver su tristeza y sus hombros caídos, y murmuró: —¿Entonces…? Las contradicciones de parte de esta extraña eran, cuando menos, inquietantes. La damita enderezó la postura y respiró hondo. Un mirar decidido engalanó su rostro y brilló; entonces, se volteó y tomó el libro entre manos, enderezó las piernas y lo puso sobre su regazo. Ante la atenta vista del pelinegro, lo abrió y comenzó a pasar las páginas con rapidez hasta que encontró algo: un pliego de papel bien doblado. Después, volvió a pasar las páginas hasta encontrar otra hoja un poco más amarillenta. —Yo… vine a verlo a usted —declaró firme y estiró la diestra, donde sostenía la segunda hoja que sacó del libro, ofreciéndosela. Mishel la tomó. Era una hoja doblada en tres partes, y la extendió. Se percató de que tenía algo escrito y, al tan solo leer la primera línea, entendió lo que era. Se trataba de su letra, después de todo, de su nombre al final de la carta. Tragó saliva y apretó los labios, fingiendo que leía esa carta que, a decir verdad, todavía recordaba de memoria. La castaña no dejó de mirarlo ni un solo segundo, y en el camino tragó repetidas veces, tratando de que su corazón regresara a su lugar. un vacío frío llenó su estómago casi con dolor, y se pasmó al verlo exhalar con suavidad. Él alzó la vista hacia ella con los hombros tensos, y pudo ponerle nombre y apellido al instante. Eso confirmó las conjeturas ajenas. —Usted es Mishel Suoh, ¿no es así? —preguntó, y solo entonces le estiró la segunda hoja. Mishel la tomó. —Encontré esto hace un par de días. El pelinegro desdobló la hoja, más blanca que la anterior, y encontró una planilla de registro familiar estándar que le pertenecía a esta señorita. Ella era Erika Abe, y pudo leer el nombre de su madre con claridad, Miko Abe, además del suyo al final… Mishel Suoh. Tragó y se quedó fijo en la hoja por unos segundos. Resopló con cansancio y luego respiró hondo. Erika detalló cada una de sus expresiones y notó lo tenso que sus movimientos se tornaron. Colocó ambas manos sobre el libro, aún abiertos, y presionó hacia abajo porque sentía que los nervios comenzaban a querer matarla. Mishel subió el mirar a ella de nuevo, y ambos vieron la confusión reflejada en los ojos del otro, y cómo se apoderó de sus pensamientos en un simple segundo. Entonces, al mismo tiempo que sentía náuseas en su estómago y un ligero mareo en su cabeza, Erika decidió hacer la pregunta del millón: —Usted es mi padre, ¿no es así?
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