Capítulo 2: Todavía la amas

1691 Words
Después de lo sucedido, el pelinegro regresó a casa y, tras contarle algunas cosas a Erika, se metió en su habitación y no salió sino hasta que su hija lo despertó a la mañana siguiente, aunque la verdad era que no había dormido nada. Un par de días después, solo en casa con todo silencioso y tranquilo, Mishel se sentía cansado, agotado mentalmente, y sabía que esto no se detendría hasta que lo soltara. Por eso le pidió a Damiano que comiera fuera esa tarde con la excusa de «tengo una reunión importante», e hizo una llamada. No podía seguir así y, a su juicio, lo mejor era ser directo. Después de lo que pasó con Miko, se regañó a sí mismo una y mil veces por haberse dejado llevar, por imaginar que era su pareja quien tenía encima, y se preguntó si debería decirle al otro, o si lo mejor era mantenerlo en secreto. Sin embargo… no creía que fuese lo correcto, por eso lo llamó aquí. Valentino, Dino, su mejor amigo y ahora pareja, llegó a eso de las siete de la noche desde Chisa, muy animado, por cierto, con una botella y algunos bombones bajo el brazo. El pelinegro lo recibió, pero, cuando quiso besarlo, apenas correspondió. —Oye, ¿pasa algo? —murmuró él y lo miró más de cerca—. Te vez pálido y ojeroso. Me dijiste que estabas bien, pero, ¿de verdad estás durmiendo? Mishel se acomodó en el mueble y arrugó la cara. —Han sido días difíciles. Él frunció el cejo y resopló, para sentarse a su lado en el sofá. —Bueno, es muy raro que podamos estar solos aquí, así que… Valentino se pegó a él con picardía y lo abrazó. Mishel resopló con desgana; su novio era un hombre viajero y muy ocupado, y no ocultaba el hecho de que le molestaba un poco que, desde que Erika comenzara a vivir con él, ya no pudieran hacer todo lo que quisieran aquí. —Creí que ya habías dejado eso —contestó el menor y se sonrió. Sin embargo, había un ápice de inquietud en el fondo de sus zafiros, y el rubio pudo darse cuenta al instante. —¿Pasa algo? —preguntó y se separó. Mishel se mojó los labios y espiró con calma por la nariz. Tragó, y murmuró: —En realidad… hay algo que debo decirte. Dino arrugó el cejo al ver la duda en el otro, y retrocedió otro tanto. En medio de la sala, Mishel reveló: —Yo… casi me acosté con Miko. Un baldazo de agua helada cayó sobre Valentino, con todo y una cubeta de metal que le golpeó la cabeza con fuerza, y abrió los ojos de par en par. —¡¿Qué?! —bramó al instante, incrédulo, y dio medio paso al frente, mirándolo directo a los ojos—. No… no puede ser. —Negó con la cabeza con firmeza. Frente a él, Mishel vio su rostro desfigurarse en preocupación, en incredulidad y recelo, y la sombra de la duda creció en el fondo de esos orbes turquesa. —Es la verdad, Dino. Yo… perdí el control, y… —¡No! —interrumpió el rubio con el mirar regio y apretó los puños a los costados—. No, Dai… no, tú no, tú no eres capaz de algo así. La negación era palpable en sus orbes, y se adelantó y lo tomó de los brazos. En sus ojos, Mishel pudo ver el dolor y el no creer transformarse en molestia, y el recuerdo de un pasado tortuoso que lo atormentaba. Después de todo, el italiano había estado viviendo con una mujer que lo engañaba con muchos hombres en sus narices. —Lo siento, Dino, pero… es la verdad —musitó. Dino abrió más los ojos, y sus labios comenzaron a temblar. Para él esto no era posible, pero, de cierta forma, lo esperaba. —Ella me besó y yo… perdí la noción de la realidad y… En un segundo, el rostro del rubio degeneró en ira, y tragó con fuerza, porque un nudo en la garganta comenzaba a no dejarlo respirar —Dios, no… yo lo sabía, lo sabía… sabía que esto iba a pasar. —Miró de un lado a otro y sus manos temblaron—. Sabia que cuando ella entrara de nuevo a tu vida, esto sucedería, porque todavía la amas, porque nunca dejaste de amarla. Su voz dura y la confrontación directa tomaron por sorpresa a un peligro que se sorprendió al darse cuenta de que el otro de verdad creía en sus palabras. —No… no es así… —musitó. —¡Lo haces! —exclamó el mayor—, ¡¿o es que acaso eres un tipo que va y se acuesta con cualquiera?! Valentino enrojeció y terminó de dar el paso. Mishel negó. —No es así, y lo sabes —declaró con firmeza. —Entonces dime, Dai, ¿cómo es que llegaste al punto de acostarte con ella? —No me acosté con ella. Dino apretó los dientes. La frustración se transformó en palidez, y un gruñido escapó de su garganta. —¡¿Entonces qué?, ¿jugaron a la casita?! —¡No! —soltó Mishel, alzando la voz por primeva vez—. Nos besamos, ¿sí? Yo… la toqué, y ella me tocó el pecho y… estaba perdido, estaba perdido en mi mente, pensaba que era otra persona, creía que eras tú, pero… Su voz bajó más y más, oscurecida por el arrepentimiento que brilló en sus ojos. Y Valentino podía verlo, ese malestar que era tan real como su propia ira. Pero no… sin importar lo que dijera, lo sabía, sabía que Mishel no tocaría a todo el mundo, que no besaría a cualquiera, y esa sola certeza lo lastimaba más y más. Tragó entero y luego resopló con fuerza. Un gruñido abandonó su garganta, se levantó y comenzó a dar vueltas por la sala. El otro también se levantó, y tan solo lo observó, casi como un cachorro que esperaba el castigo de su maestro, una mirada que jamás le había mostrado a nadie, solo a Dino; y eso al rubio, lejos de aliviarlo, lo hizo molestarse más. —Valentino… sé que es estúpido de mi parte decir esto, pero de verdad lo siento, yo… la verdad no sé qué me pasó. Perdí la noción del lugar y de la situación y… necesitaba decírtelo —murmuró él menor con la voz ronca. Valentino apretó los dientes y volvió hacia él con rapidez. —No, tú sí que lo sabes —declaró firme, ácido y certero—. Tú lo sabes, siempre lo has sabido, y yo también: aún amas a Miko. Ella fue tu primer amor, y sigues teniendo sentimientos por ella —habló duro, mirándolo directamente a los ojos. —No es así, ¿por qué no entiendes lo que te estoy diciendo? —¡Lo es, maldición, claro que lo es! —gritó y sopló—. No me tomes por estúpido, Daiki —escupió. La sola mención de «Daiki» tensó el cuerpo ajeno de un tirón. —Nos conocemos desde hace muchos años. Te conozco mejor que nadie: mejor que tú mismo, mejor que ella o que cualquier otro… ¿Crees que no me he dado cuenta todos estos años que tus pensamientos vuelan cuando se trata de ella?, ¿que siempre que la mencionas algo cambia en tu semblante? »¿Crees que al principio de nuestra relación no estuve seguro de nada, porque meses atrás aún te lamentabas por su causa? ¿Piensas que no me aterré al darme cuenta de que unas pocas palabras de desprecio suyas tuvieron el poder de incitarte a acabar con tu vida? Mishel palideció ante la mención de eso último, que entró en él como una puñalada al centro de su pecho. La parte más racional de las cavilaciones del italiano se dio cuenta de que ese comentario final tal vez fue exagerado y cruel, pero el resto de su mente, repleta de molestia, dolor, vergüenza y tristeza, tiró la preocupación a la basura y, en cambio, decidió seguirle gritando: —¡Y, ¿sabes qué?! ¡Me voy de esta mierda! ¡No puedo soportar verte la cara ahora mismo! Lo fulminó con la mirada, se dio la vuelta y emprendió el camino hacia la entrada, dando cada paso con una firmeza impropia de un tipo mayormente tranquilo como él. Al ver esto, Mishel se adelantó, lo tomó del brazo por detrás y se acercó a él. —¡Suéltame! Molesto por el contacto, Valentino se volteó con rapidez y tiró el brazo hacia atrás para deshacerse del agarre; sin embargo, su mano terminó golpeando justo a la cara del menor con cierta fuerza. Pero aquí no se trataba de la fuerza, sino de la acción. Mishel se quedó estático, pegado a su lugar y con los ojos bien abiertos, en tanto el rubio recogió la mano con rapidez. Por dentro, al ver la impresión ajena, una parte suya quiso disculparse y abrazarlo, pero lo rechazó; en cambio, volvió a darse la vuelta y caminó hasta la salida, para abandonar el lugar. Tras escuchar el golpazo del madero, Mishel permaneció de pie en medio de la sala por largos segundos, que se transformaron en decenas de minutos. En su cabeza, una fracción le recriminaba su sinceridad, porque lo había echado todo a perder. «¿Por qué se lo dijiste?», se preguntó con dureza y resopló. Nada de eso habría pasado si no le hubiera dicho nada, pero… no podía. No podía solo mentirle, verle la cara de idiota, ocultarle cosas, porque Dino no era un imbécil, y no se merecía ser tratado de esa forma. Porque él lo amaba y… no quería que todo se echara a perder por un momento de debilidad, por algo que se generó en su mente y no pudo controlar. ¿Cómo comenzó todo esto? ¿Por qué llegó a este punto? Mientras pensaba en eso, un terrible dolor de cabeza lo abrumó.
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