Mishel manejó a Chisa como alma llevada por el diablo, y completó un trayecto que normalmente tomaría dos horas y media en una y tres cuartos.
Se apresuró a ir al extremo norte de la ciudad, donde vivía Miko, su viejo amor de la adolescencia, cerca de los límites, y al llegar frente a su casa encontró que había una patrulla de la policía, y que la pelirroja estaba recostada a un costado de la pared de la entrada, con un oficial tomándole declaración.
Detuvo su auto y se bajó; uno de los otros oficiales trató de detenerlo, pero, cuando la mujer lo vio, enseguida partió hacia él con los ojos bien abiertos, desesperación y malestar.
—¡Mishel! —clamó.
Abrió los brazos y le rodeó el torso, apretándose contra él y tomándolo completamente por sorpresa.
El cuerpo de Mishel se entiesó y, aunque sus instintos le dijeron que la apartara, no lo hizo, pues sabía que su estado mental actual no debía ser el mejor. Ella necesitaba ayuda, y para eso se suponía que él viajó desde la capital.
—Mishel… tengo miedo —musitó ella y se hundió en su pecho.
Él la vio con sorpresa por unos segundos, pero después la abrazó, sin importarle si los policías se veían un poco avergonzados al estar presentes en la escena. Al final, ellos podían pensar lo que quisieran.
—Oye, ¿estás bien? ¿No estás herida ni nada? —cuestionó el varón.
La pelirroja se separó y negó con la cabeza. Sus ojos brillaban por las lágrimas, y los tenían enrojecidos e hinchados de tanto llorar, pero, fuera de eso, lo demás parecía estar bien.
—Yo… hablaba con los oficiales sobre lo que pasó. Una patrulla que vino antes ya se llevó al perro, el cuchillo y la nota, pero ellos están preguntando otras cosas.
Mishel resopló y asintió con la cabeza.
—Ya veo.
En eso, uno de los policías se acercó a ellos y, tras aclararse la garganta, leyó de un papel:
—¿Es usted Mishel Suoh, la persona que realizó la llamada a emergencias?
El nombrado asintió con la cabeza y separó a Miko, dando un paso al lado.
—Así es. Vine aquí tan pronto como pude.
—¿Puedo saber cuál es su relación con la señora Abe? —inquirió el hombre.
Su compañero se detuvo detrás de él, mirando a la pareja con curiosidad.
—Tenemos una hija en común —contestó el pelinegro con simpleza—, y somos buenos amigos, por eso vine de inmediato.
El oficial asintió y escribió algo en su libreta.
—¿Tiene alguna idea de quién pudo haber hecho esto?
Mishel negó enseguida:
—No… Hace mucho no vivo en esta ciudad, y no sé qué clase de cosas suceden aquí; sin embargo, según puedo entender por lo que la señorita Abe me dijo por teléfono, se trata de un conflicto personal, quizás alguien a quien no le sienta bien que ella sigue con su vida.
»Pensando así, quizás su exesposo tenga algo que ver —dijo él y se alzó de hombros.
Miko lo miró, curiosa por el hecho de que involucrara a Kai en este asunto, cuando estaba segura de que ambos sabían que ese hombre nada tenía que ver con esto; sin embargo, se quedó en silencio.
Los oficiales y ellos charlaron un poco más y, al cabo de unos veinte minutos, se marcharon con un reporte hecho, diciéndole a la dueña de casa que llamara en caso de cualquier eventualidad, y que iniciarían una investigación formal.
—Sería bueno si de verdad, cuando se dieran cuenta de quién lo hizo, siguieran investigando, pero no lo harán —comentó Mishel, entrando tras Miko al interior.
Al llegar ahí, pudo ver los adornos y portarretratos caídos, además de la sangre en la mesa.
—Vaya… —murmuró.
A Miko se le encogió el corazón, y apretó las manos contra su pecho con fuerza.
—Por ahora, ¿te parece si limpiamos esto? Acabas de llegar del trabajo y necesitas relajarte.
—Eh… sí, supongo que sí… —masculló la pelirroja.
Él le dio una palmadita en la cabeza y se giró para cerrar la puerta, la aseguró y, aunque pensaba que eso no haría nada si ese maldito había entrado antes, era lo único que podía hacer por ahora.
Mal que bien, seguía siendo un simple escritor desarmado en la casa de una «buena amiga».
Ambos comenzaron a recoger de a poco los adornos, casi todos irrecuperables, y a tomar las fotos, retratos de Erika en su infancia y de momentos de Miko con sus padres, para guardarlos para después.
En cuestión de media hora, Mishel limpiaba la mesa ensangrentada, mientras la dama miraba la escena con temor, sentada en su sillón.
—Lo único que será difícil de quitar, será la marca del cuchillo… para eso es mejor que compres un poco de aserrín y pega, y hagas una reparación sencilla —murmuró el varón, limpiando con calma.
»O quizás solo ponerle un mantel encima, o algo que lo cubra. —Se encogió de hombros con cierto desinterés.
Un resoplido abandonó la boca de Miko.
—Esto es porque no le hiciste caso, ¿no es así?
Ella apretó los labios y arrugó la cara, subió los pies al sillón y se encogió en sí misma.
—Creo que… sí —musitó—. Le dije que necesitaba que se mantuviera lejos de mí por un tiempo, pero…
—A él no le gusta escuchar razones, eso es muy Shun. —Mishel resopló y, tras terminar con la limpieza de la mesa, se levantó y dejó el paño colgando de la cubeta que tenía al lado.
»Voy a enjuagar esto y regreso —dijo y caminó hasta el lavadero.
Al desaparecer de su vista, Miko se levantó y pasó a recostarse en el sofá, arrumándose en posición fetal, y resopló. Cerró los ojos y trató de relajarse, porque tenía un ligero malestar de cabeza.
Unos minutos después, escuchó los pasos ajenos y abrió los párpados, encontrando a Mishel frente a ella. Se sentó y lo miró con soslayo.
—¿Puedes sentarte a mi lado un momento, por favor? —pidió con voz tenue.
Él lo pensó por unos segundos, pero, tras no detectar nada extraño, asintió y se sentó en el mueble junto a ella.
Enseguida, Miko dejó caer su cabeza sobre su hombro, tomó una de sus manos entre las suyas con fuerza, y resopló.
—Yo… ¿qué debería hacer ahora? ¿Debería hacer lo que él quiere?
Mishel se mojó los labios y, con la vista al frente, murmuró:
—Tal vez deberías dejar esta casa por un tiempo. —Hizo una corta pausa.
»Asumo que Shun te ha protegido todo este tiempo; sin embargo, si ahora él se ha transformado en una piedra en tu camino, este lugar no es seguro. ¿Hay algún sitio al que puedas ir?
Ella respiró hondo y aguardó largos segundos, antes de comentar:
—Podría ir con mis padres, ellos viven casi en el límite de la ciudad, pero… no me gusta estar tanto tiempo allí.
—No necesita ser mucho… quizás unas semanas, mientras ese hombre se calma. No tienes que dejar este lugar.
—Supongo que les preguntaré… mañana temprano llamaré a mi jefe para pedir el día libre. —Resopló con fuerza y se removió el cabello, seguido de un temblor incontrolable que le recorrió el cuerpo.
Shun era un viejo amigo de la infancia que se había obsesionado con ella tras la reaparición de Mishel en su vida, y Miko ya no sabía qué hacer.
Su desanimo era enorme y se le notaba desde lejos; sin embargo, Mishel llevó una mano a sus cabellos y comenzó a peinarlos con delicadeza, sorprendiéndola al principio, pero casi al instante llenándola de una gran sensación relajante.
Los dedos ajenos contra su cuero cabelludo la hicieron olvidar el malestar por momentos, y solo concentrarse en el tacto de las yemas contra su piel, en el ligero cosquilleo de su respiración y, antes de que se diera cuenta, su corazón se aceleró, y comenzó a sentir leves corrientes placenteras atravesarla.
Entonces, se separó y lo miró. Mishel se veía tranquilo; sin embargo, algo bulló en el fondo de su mirada, lo que la hizo pintar una sonrisa en sus labios.
Cortó todas las distancias y lo besó.
El cuerpo de Mishel se tensó a sobremanera, como un tronco helado, congelado, y abrió los ojos como platos. Le puso las manos en los hombros, dispuesto a separarla; sin embargo, ella se presionó y lo hizo caer en el mueble, se fue sobre él y profundizó el beso, chupando sus labios con sumo cuidado, pero fuerza.
Los labios de Mishel eran fríos, pero poco a poco se fueron calentando y, conforme bajaba las manos por su pecho, se dio cuenta de que él cedía.
Sí… hacía tanto tiempo que quería besarlo.
El recuerdo de sus besos pasados se apoderó de su mente, y al sentir que le correspondía, fue como si pisara la Gloria firme y con ambos pies.
Subió las manos y apretó sus hombros, en tanto él dejó los suyos y bajó las manos; se separó y resopló con fuerza.
—Mishel, yo lo… —musitó Miko.
Los ojos ajenos la miraban con una rara sensación de descubrimiento y, antes de que ella pudiera terminar de hablar, la interrumpió con un nuevo beso, tomando su rostro entre sus manos.
Miko puso los ojos como platos, y sus cabellos cayeron a los lados, ocultando el acto que se sucedía entre ambos, sus labios encontrados y la pasión expresada en un simple respiro, que se encumbró cuando sus lenguas entraron en acción.
«¿Por qué haces esto?», preguntó una voz en el interior de la mente del varón, pero fue ignorada de inmediato cuando, en la realidad, las manos de Miko se metieron debajo de la camisa del varón, y acariciaron su abdomen y torso con pasión.
El cuerpo de Mishel reaccionaba por reflejo, y las caricias se convirtieron en pequeños impulsos que lo golpearon una y otra vez. Cerró los ojos y se dejó llevar por su tacto, absorto al mundo, en un espacio colmado por el silencio, y una sola imagen apareció en su mente.
Comenzó a escuchar gemidos tenues, y se dio cuenta de que alguien se frotaba contra su entrepierna al punto en el que un corrientazo placentero lo recorrió.
«Dai…», escuchó en el fondo de su mente, una voz grave, pero que se volvía aguda y entregada ante sus besos, ante su tacto… un hombre duro que se doblegaba por el placer que él era capaz de darle.
Amaba a ese hombre, sí… amaba a Dino.
«Entonces, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué no abres los ojos y te das cuenta de la realidad?», preguntó la misma voz de antes.
¿La realidad? ¿Es que acaso no era Valentino el responsable de hacer sentir su cuerpo tan caliente como ahora?
«¡No!», gritó esa especie de consciencia, «¡No es lo que piensas! ¡Despierta de una maldita vez!».
El regaño lo hizo espabilar y, cuando abrió los ojos, al momento de ver que quien estaba sobre él no era Valentino, sino Miko, con su rostro enrojecido y expresión excitada… se pasmó.
La tiró hacia arriba y se la quedó viendo con los ojos bien abiertos. El corazón casi se le detuvo, y un tremendo enfrío congeló sus entrañas.
—No… —murmuró, tragó entero y arrugó la cara—. Yo… lo siento, pero no puedo hacer esto.
Se sentó en el sofá, e hizo un movimiento para quitársela de encima; se acomodó la camisa y apretó los labios, con la vista fija en la mesa de centro.
Miko se sintió como si un auto acabara de atropellarla, y llevó ambas manos a su boca para taparla; se echó hacia atrás y cayó de sentó sobre un cojín, viendo al otro con desconcierto y mucha vergüenza.
¿Qué demonios estuvieron a punto de hacer? ¿Acaso quería ceder ante un deseo del pasado?
El varón resopló, se levantó, se acomodó la ropa y alborotó sus cabellos. Sin mirarla, dijo:
—Tengo que irme.
»Lo siento, sé que debería quedarme y acompañarte, pero… no puedo estar aquí, no puedo hacer esto. Esto no debió pasar.
Volteó hacia la pelirroja que, al verlo, sintió como si le clavaran un puñal justo al centro del pecho, pues vio desesperación y miedo en los ojos ajenos, unas sensaciones que le dijeron de inmediato que pasaba algo más.
Que había alguien más.
Mishel tomó sus cosas, su chaqueta, y salió de la casa sin miramientos, dejándola allí, en plena sala de estar, con la cabeza revuelta y llena de miles de preguntas.
En principio, ¿cómo es que terminaron así? ¿Fue porque, desde la primera vez que lo vio, tras tantos años, le pareció el mismo hombre atractivo y bueno del que se había enamorado en su adolescencia? ¿Fue porque Mishel era la razón de su matrimonio con Kai no funcionara? ¿Por qué jamás dejó de amarlo, aunque lo detestara por un tiempo?
Todas esas emociones se arremolinaron en su pecho como una tormenta cruel, y estallaron en un fuerte llano de gruesas e hirvientes lágrimas que la obligó a encogerse en sí misma con dolor, con frío, con desesperación.
Esto no podía ser peor… ya no podía ser peor.