Capítulo 3

1812 Words
-Muy bien, ahora desliza la garra hacia la derecha con lentitud, a la altura de aquel panda. -me ordenó con suavidad Dylan, que parecía muy nervioso ante cada movimiento que hizo-En cuanto te diga, aprietas el botón rojo y ¡bang! Tenemos un ese jodido peluche. Con mucha concentración y lentitud, dirígete a la mediana palanca grisácea hacia la derecha, apretándola con mi mano. La presión que tenía gracias a mi hermano, hizo la cosa un poco más difícil. En cuanto la garra estuvo a la altura, el grito de Dylan no se hizo esperar. -¡Aprieta el botón! -Gritó desesperado contra mi oreja, haciendo que me sobresaltara del susto. La garra bajó y tomó entre sus ganchos la cabeza del panda que se burlaba de nosotros con una sonrisa diabólica. Prácticamente, Dylan y yo experimentaron mordiéndonos las uñas por la emoción de sable si ese oso por fin serio recogido, pero empezamos a lanzar insultos contra la máquina, el oso, la garra y el universo completo, en cuanto los ganchos no lo reconocieron. -¡Oh maldición! -exclama, molesta. -¡Haces todo mal, Ángel! -bufó mi hermano-Yo de verdad quería ese peluche. Lo miré de arriba a bajo, con una sonrisa irónica en los labios. -¿Disculpa? Ese peluche iba a ser mio. -No, yo desde el principio te dije que ... -¿Hola otra vez? Los dos fuimos interrumpidos por una voz femenina, que ya consideraste familiar. La chica que mi hermano estaba ligando estaba nuevamente con una sonrisa nerviosa, pero sin su hermano mellizo junto a ella. -¡Lirio! -se sorprendió a mi hermano, quien recibió con un breve abrazo y un beso en la frente. -Siento mucho lo que pasó con Simón, realmente no sé que le pasó. -se disculpó. -No te preocupes, Angélica está acostumbrada a que la gente se asuste con tan sólo verla y salga corriendo.- comentó mi hermano, irónico. -Los veo luego. -solté, dándole un puñetazo a mi hermano y fulminándolo con la mirada-Un gusto conocerte Lily. -¿A dónde vas? -preguntó él detrás de mí. -¡A gastar mi dinero en libros! -le grité por encima de mi hombro. Comencé a caminar en dirección a la pequeña librería que estaba ubicada en el segundo piso del centro comercial. Ahora el lugar se encontraba más lleno, y eran más adultos charlatanes que otra cosa. Supuse que la mayoría de los adolescentes y los niños estarían en horas de clase. Subí por las escaleras mecánicas mientras golpeteaba con mi dedo la barandilla fría de esta. En cuanto estuve frente a la librería, sentí como mis ojos se iluminaron ante tanta belleza. Ingresé con una felicidad inmensa, sin despegar la vista de los nuevos libros en vidriera y como estos me decían a gritos "¡hey, cómprame y llévame contigo!" Y yo les respondía en mi mente: No tengo tanto dinero mis queridos amados, pero el día en que sea millonaria, los salvaré de esta cárcel. -Tanto tiempo, Angélica. -me saludó Eli, la vendedora detrás de su mostrador. Eli tenía alrededor de treinta y algo de años, y su cabeza estaba llena de rulos rojizos incontrolables que convidaban a la perfección con sus pecas salpicandas en su rostro. Ella y yo ya nos habíamos tomado cariño por las tantas veces que venía a ver los nuevos libros. Y eran más visitas que compras. -Tengo dinero - le dije con ánimos- ¿Hay nuevos libros?¿Qué me recomiendas? -pregunté, apoyando mi codo en el mostrador de madera. Se llevó su pluma a la boca, pensativa. -Mmm, creo que deberías fijarte por tu cuenta, linda. No he estado leyendo libros en estos meses. La falta de tiempo me lo impide. -Vaya, que feo. De todas formas, gracias pelirroja. Eli me guiñó un ojo en modo de saludo y como de costumbre, chocamos puños. Me adentré entre las hileras de libros, y sentí por un momento como mis ojos parecían salirse de orbita en cuanto veía el precio de cada uno de ellos. Mientras caminaba, pasaba mis dedos sobre el titulo de los libros, hasta que me topé con uno que me llamó la atención. Saqué el dinero de mi bolsillo trasero de mi pantalón de forma torpe y conté la suma,en el cual, coincidia con el precio del libro Carrie de Stephen King. ¡Necesitaba tenerlo en mi biblioteca, mierda! Estaba por tomarlo entre mis manos, hasta que una voz masculina me habló. -Excelente elección. Me volteé a mi derecha y para mi sorpresa, me encontré con Simón, mirándome de una forma inescrutable. Tenía en sus manos, dos libros que no pude llegar a verles el titulo y eso me causó algo de intriga. Tomé el libro que iba a comprar, sin despegar mis ojos de los de él. -¿Lo leíste? -le pregunté agitandolo levemente, y mi voz sonó casi como un pitido. -Sí y es bastante recomendable. -admitió, y su tono era frío, cosa que me estremeció un poco. ¿Podría decir que lucia enfadado o algo así? Fruncí el entrecejo y el ambiente entre los dos se volvió tenso e incomodo. Asentí con lentitud y me llevé el libro al pecho, y entre el puño de mi mano llevaba el dinero apretujado. -Debo irme, adiós Simón. -saludé, con una mueca instintiva en mis labios. Comencé a caminar en dirección a la caja de Eli, y una mano acorraló mi hombro, congelándome en el lugar. -¿Te apetece ir a tomar un café conmigo?- se aclaró la garganta, soltandome- Bueno, ya que mi hermana y tu hermano están algo ocupados, podríamos hacer algo ¿no?¿Aceptas? Los ojos se me abrieron de par en par por su invitación tan imprevista. Ahora Simón yacía frente a mí, con una media sonrisa en sus labios humedecidos y sus ojos grises parecían ansiosos por mi respuesta. Aún seguía intrigada por lo sucedido hace pocos momentos cuando Dylan me presentó a su chica y a él, y éste había salido casi huyendo cuando me vio, quise saber por qué había actuado así. O eso es lo que me había dado a entender en cuanto me vio. Pero, después de todo, no parecía mal tipo y no me quedaría sola mientras mi hermano se divertía con aquella chica. -Bien, vamos. -acepté tras lanzar un suspiro. Simón pareció relajarse. -¿Eres de leer muchos libros? -le pregunté, de camino a alguna cafetería del centro comercial que quedara más cerca. -Sólo he leído unos cuantos de Stephen King. Gracias a él me sumergí en el mundo de la literatura. Es más - continuó, agitando levemente la bolsa que contenía los libros que había comprado-, llevo conmigo: El resplandor y La cúpula. -No aparentabas ser un chico que leyera. -admití, con humor. -Y dime Angélica ¿quién lo aparenta? Su pregunta me desconcertó. -Em, no lo sé. Sólo decía. Vi como apretaba los labios, y pude descifrar que se estaba burlando de mí. -¿Puedo preguntarte por qué te pusiste así cuando nos viste a mí y a mi hermano? Yo tenía la mirada al frente, pero lo miré de reojo para ver cual era su expresión ante mi pregunta. La curiosidad me estaba matando. -No. ¿Qué?¿No? Auch. Eso había sonado muy cortante. -De todas formas ya te lo he preguntado, seria de muy mala educación que no contestaras. Simón me dedicó otra sonrisa burlona. -No insistas -espetó-, no es asunto tuyo. Levanté las manos en forma de rendición. -Ok, ok, no insistiré. Por supuesto que continuaría insistiendo, pero por ahora me mantendría con la boca cerrada. Con Simón llegamos al café más cercano, y sinceramente, no tenía demasiadas ganas de tomar uno. Aquel chico lucía extremadamente sombrío a todo, y con todo, me refería a su mirada, a sus gestos y cada paso que hacía, podría decir que me sacaba el aliento. Era un bonito chico, no podía negarlo, pero algo en él no me cerraba. -¿Y por qué tomas pastillas? -me preguntó él, ya sentados en una mesa y cuando había sacado un pequeño frasco anaranjado. -Sufro de problemas en la espalda -expliqué-. Es para cesar el dolor molesto. El doloroso malestar, había comenzado alrededor de los trece años. Mi madre y el doctor decían que era parte del crecimiento, pero eso había dejado de ser una suposición en cuanto vieron que el dolor permaneció hasta hoy. Realmente, no me interesaba ir a ver al doctor Milencia por mis malestares en cuanto estos podían cesar con un pastilla. Para mí, era una perdida de tiempo. Me llevé una píldora blanca y redondeada a la boca, tragándola junto al café que Simón me había invitado. Por un momento, se me vino a la cabeza que podría ser una muy mala combinación. -¿Son muy constante esos dolores? -quiso saber él, apoyando los codos por encima de la mesilla alta y posando su mentón en sus manos entrelazadas. -Más o menos. Creerás que deliro, pero cuando hay días nublados, los dolores aumentan a montones. Tanto que tengo que mantenerme en cama como para poder soportarlos. -contesté,rodando los ojos. -Hermoso sufrimiento. -dijo con sarcasmo. -Ni te lo imaginas. ¿Y bien?¿Vas a contarme por qué reaccionaste así cuando me viste? Apoyó la espalda contra el respaldo del taburete y desvió la mirada, tomando una postura incomoda. No me importaba en absoluto su incomodidad. -Simplemente me sentí mal en el momento. ¿Sí? Ahora parecía molesto. Tampoco me importó. -¿Por qué presiento que fue algo más? -insistí, inclinándome en el taburete. Simón me imitó, haciendo que nuestros rostros estén casi demasiado cerca. Tanto, que su aliento chocaba contra mi cara. -Porque estás loca. -siseó en un tono burlón y arqueando una de sus ceja. Me eché hacía atrás, cruzada de brazos. Tomaría aquello como un desafío. Un desafío bastante peculiar. -Me tratas de loca, como si aquello fuese a despistar mi interés con saber el por qué de la situación. Eso es de una persona muy chiquilina Simón. Me llevé la taza de café a los labios y bebí tan sólo un sorbo, ya que estaba concentrada en intimidarlo con la mirada. Bueno, por lo menos lo intentaba. Simón me imitó y apenas mojó sus labios con el café cuando se llevó la taza a los labios. -¿A qué juegas, Ángel? -preguntó, dejando la taza sobre el platillo. -No juego a nada -contesté, fingiendo inocencia-, sólo, quiero calmar a mi curiosidad, que por el momento, se encuentra muy hambrienta. Simón desvió su mentón para crear una magnifica sonrisa que ya comenzaba a agradarme. -Eres una diablilla. - murmuró, con humor. De golpe, aquellas palabras suyas me resultaron familiar. Tanta familiaridad como para acordarme de Sin vida de una forma fugaz. Ahora todo comenzaba a encajar. -Ahora no me sorprende por qué reaccionaste así cuando me viste. -solté, algo molesta, algo confusa. Simón me miró como si estuviese loca. -¿De qué hablas, diablilla? -se burló una vez más, sabiendo exactamente a lo que me refería. -Hola, Sin vida. -Hola, Angélica. -saludó, mordiéndose el labio inferior. Su mirada se oscureció una vez más.
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