Prólogo
Blair
La carta llevaba tres días en el cajón. No debajo de ropa o papeles, sino entre cosas que ya no miraba: un cuaderno a medias, una fotografía de mi primer recital y otros objetos que había guardado en algún momento pensando que los necesitaría, pero que con el tiempo había aprendido a ignorar. Como se aprende a ignorar muchas cosas cuando descubres que depender de ellas no sirve de nada.
La había leído seis veces. Quizá siete. Las suficientes para saber que no iba a volverse menos real por mucho que la mirara.
Señorita Blair Haskins: Ha sido aceptada en la academia de danza de Londres para participar en el programa de verano. Esperamos recibir su confirmación antes del 1 de junio.
No había ninguna explicación ni contexto, solo una decisión y un límite de tiempo.
El problema no era Londres, sino todo lo que implicaba marcharme: soltar el control sobre lo que había construido allí, dejar las clases, el estudio tres veces por semana y aquella rutina que me mantenía en movimiento porque, si me detenía durante demasiado tiempo, mi cabeza empezaba a hacer preguntas para las que nunca había encontrado respuestas útiles.
Había aprendido pronto que moverse era más seguro que quedarse quieta. Ser útil, ser buena y convertirme en alguien indispensable era una forma de ocupar un espacio que nadie pudiera quitarme. Si daba lo suficiente y conseguía que los demás me necesitaran, no quedaba tiempo para preguntarme qué ocurriría si algún día decidían que yo no era suficiente.
Mi madre me había enseñado aquello, aunque nunca necesitó explicármelo con palabras. Le bastó una mañana de martes, cuando yo tenía seis años y su lado de la cama apareció vacío. Siguió estándolo al día siguiente, y al otro, y al otro. No dejó ninguna explicación, ninguna carta ni nada que pudiera ayudarme a entender por qué se había marchado. Solo quedó su ausencia.
Durante años intenté recordar el sonido de la puerta al cerrarse aquella mañana, pero nunca supe si lo había olvidado de verdad o si mi cabeza había decidido borrarlo. Lo que no había conseguido desaparecer era la pregunta. Siempre la misma. Por qué. Con el tiempo había aprendido a guardarla en el mismo lugar donde escondía todo aquello que no sabía cómo afrontar y, ahora, aquella carta parecía haber terminado también dentro de ese cajón.
Me levanté y crucé la habitación descalza. El suelo todavía conservaba el frescor de la mañana y sobre el escritorio seguía la taza de té que había olvidado la noche anterior, ya completamente fría. La ventana había permanecido abierta desde primera hora y la cortina se movía suavemente con la corriente. Me acerqué para abrirla un poco más y el olor a tierra húmeda llenó la habitación de golpe. Había llovido durante la noche.
Al volver la vista, encontré mis zapatillas de danza junto a la puerta, exactamente donde las había dejado. Todo parecía igual que siempre y, sin embargo, aquella carta insistía en recordarme que ya no lo era.
Londres no era únicamente una ciudad. Era una decisión sobre quién quería ser y sobre todo aquello que estaba dispuesta a dejar atrás para averiguarlo. Allí nadie me conocía todavía. Podía ser únicamente lo que fuera capaz de demostrar, sin historias anteriores ni preguntas que no quisiera responder. Podía dejar el peso de todo lo demás en casa o, al menos, eso era lo que intentaba decirme.
Nunca había estado allí y, aun así, cuando cerraba los ojos siempre imaginaba la misma escena: calles mojadas después de la lluvia, cafeterías con los cristales empañados y estudios de danza donde la música empezaba antes incluso de que saliera el sol. Imaginaba una ciudad en la que todo parecía estar a punto de comenzar y donde quizá yo también podía hacerlo.
Doblé la carta con cuidado, la guardé de nuevo en el sobre y la escondí en el fondo del cajón, debajo de todas aquellas cosas que ya no miraba, como si dejar de verla pudiera retrasar la decisión.
El reloj de la mesita marcaba las once y veinte con una calma que me resultaba casi ofensiva. Era demasiado tarde para continuar ignorándolo y demasiado pronto para saber qué ocurriría después. Sin embargo, en algún lugar entre ambas cosas, mi futuro esperaba a que decidiera si era lo bastante valiente para elegirlo.