Dos largas semanas transcurrieron, Lion y Ciel no volvieron a verse. Al menos no físicamente. Repentinamente, Lion tuvo que cumplir horas extras en La Hoguera, hundiéndose cada vez más profundo en ese río de lodo gélido y denso que amenazaba constantemente con asfixiarlo. No era nada a lo que no estuviera acostumbrado, después de todo lo habían entrenado bien, modificándolo, lavando su cerebro de luchas inútiles, de personalidad y voluntad. O eso era lo que ellos tan inocentemente creían, mirándole como si se tratara de un simple insecto atrapado dentro de los límites de un vaso de cristal, sofocándose lentamente por el humo de un cigarrillo. Eso era lo que Ciel creía desde su punto de vista, porque a pesar que no se habían encontrado desde aquella última vez en el departamento de Lion

