Cuando era pequeño, tal vez cinco o seis años, Lion había cortado su dedo meñique con un trozo de vidrio mientras estaba hurgando en la maltratada caja de herramientas de su padre. Fue la primera vez que experimentó dolor. Lloró profusamente, sin comprender a plenitud la razón por la cual dolía, o por qué de la herida brotaba un extraño líquido viscoso de color escarlata que dejó manchas permanentes en su camisa favorita, sin importar lo duro que frotara la tela para limpiarla. Su padre lo arrulló, desinfectó la cortadura y adhirió una banda con dibujos de carros voladores coloridos y llamativos. Así, como en esa ocasión, Rowan Skellern estuvo allí, en cada caída, tropezón, fractura e incisión que él, siendo imprudente y honestamente descabellado, sufría en sus travesuras. Cuando tenía c

