Lion no podía obtener suficiente. Con cada prenda de ropa que lograba quitarle a Ciel, más de esa bella y suave piel quedaba expuesta, vulnerable ante su tacto, caliente, como si colocara las manos directamente sobre brasas ardientes. La camisa fue un desafío, todo porque los delgados, mínimamente musculosos brazos seguían amarrados al garfio colgando del techo. Para su suerte, la parte delantera tenía una hilera de botones que mantenían la pieza cerrada, adherida a su carne a causa del sudor humedeciendo la tela. Uno a uno los deslizó a través de los ojales, revelando más de ese pecho plano, adornado con un par de hermosos pezones que se endurecieron cuando sopló sobre ellos. El estómago, en contraste con el suyo, carecía de hendiduras y pliegues duros, producto del trabajo arduo al cual

