El corazón de Ciel retumbaba a un ritmo frenético. Sus sentidos levemente entumecidos, la boca seca y ni hablar de la transpiración abundante en sus axilas. Al menos la coloración de su camisa evitaba que fuera muy evidente, pero igual lo odiaba. Estaba en silencio, tratando de prepararse mentalmente para la avalancha de atroces confesiones que se derrumbarían, una vez más, sobre su cabeza. No creía ser capaz de soportarlo, pero tenía que intentarlo. No le quedaba otra alternativa, de todas maneras, no mientras estuviera atado y suspendido en el aire como un maldito trozo de carne. Ya podía percibir el hormigueo en la punta de sus dedos, entretanto la circulación de sangre se iba reduciendo. Sus mejillas seguían húmedas por el vergonzoso colapso nervioso que tuvo segundos atrás, tenía un

