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Unida al hermanastro Alfa

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{Advertencia: +18, Romance Oscuro}

Sigue mi I.G: KaiKitto

—¡Que alguien me salve, por favor!

—¿A quién le pides ayuda, querida? —sonrió él, acercando su rostro al mío, y una ola de terror me recorrió entera.

—No hagas esto. Soy tu hermana —supliqué, con la voz temblando. No quería rebajarme a su nivel.

—No, querida mía. Tú jamás podrías ser mi hermana. Esto es mi venganza, y tú eres mi enemiga. Pagarás por tus pecados —gruñó él, y el miedo me dejó paralizada.

—¡Por favor!

—¿Crees que puedes odiarme solo porque descubriste que ahora eres más poderosa? Tener dos lobos inútiles dentro de ese cuerpo miserable no va a salvarte, cariño.

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Atormentador
Vinorca Jona POV —¡Guau! ¿Ya se enteraron? El Alfa Dante está de vuelta. Escuché que hace poco donó un montón de dinero a la escuela. Es tan generoso... y tan guapo —dijo Amy, arrancando risitas a las demás. —¡Maldición! Tienes razón. Es increíblemente atractivo y guapísimo —añadió otra chica. Yo me quedé sentada, escuchando a las estudiantes hablar de él mientras llenaba mi estómago con agua fría y un trozo de pan. «Ha vuelto», me susurré a mí misma. Mi pesadilla regresaba después de tres años. Quién sabía qué pasaría ahora que él estaba de nuevo aquí. El bullicio de voces distintas me inquietó, haciendo que el corazón me latiera con fuerza en el pecho. Las manos empezaron a temblarme peligrosamente en cuanto ese nombre prohibido llegó a mis oídos, encogiéndome los dedos de los pies y cubriéndome el cuerpo de sudor frío. —Vinorca, ¿qué haces? —me llamó Amanda, sacándome de mis pensamientos. —Nada, Amanda. Estoy comiendo —respondí, recuperando la compostura. —Ya lo veo, pero ¿por qué comes esa cosa fría? —preguntó ella, preocupada. Una sonrisa se dibujó en mi rostro ante el tono de su voz, tan lleno de cuidado. Ella era la única persona en esta manada a la que le importaba yo. —Está bien, Amanda. La verdad es que me gusta —mentí. Aunque tal vez había algo de cierto en ello. Después de comerlo tantos años, ya no sabía tan mal. Amanda me miró con preocupación. Tenía el corazón más bondadoso que existía; a veces no podía creer que fuera amiga de alguien como yo, una omega sin loba y sin dinero. —¿Y si cenas conmigo? Ya es de noche; ven a mi casa —se ofreció con generosidad. —No, tengo algo urgente que atender —rechacé. Ya llegaba tarde. Dante estaba en casa, y no me convenía hacerlo esperar más. Antes de que pudiera decir nada, recogí mis cosas y me alejé a toda prisa. Mi vida ya era bastante mala en los días normales. Pero estaba acostumbrada. Ahora que el desgraciado volvía, no quería darle más motivos para hacerme daño. Por muy horribles que hubieran sido esos tres años, seguían siendo mejores que cuando él estaba aquí. Al llegar a casa, entré lo más rápido que pude. —¡Silencio! ¿Qué haces, idiota? —me regañó con frialdad el ama de llaves, que se acercó apresurada. —Lo siento —musité. —Guárdate tus disculpas. No lo olvides: el Alfa está aquí, así que no lo hagas enojar más de lo que ya está —me advirtió antes de marcharse. Suspiré aliviada. Prefería mil veces los regaños del ama de llaves antes que enfrentarme a mi maldito hermano alfa. O, para ser exactos, debería decir mi tutor. No sé cómo manipuló los papeles para hacer creer que estaba emparentado con mi familia y conseguir que me adoptaran, cuando él mismo tenía apenas dieciocho años. Pero según esos documentos, él es mi familia, mi hermano, para ser precisos, mi hermanastro, porque se hizo pasar por el hijo adoptivo de mis padres. Con pasos lentos, me dirigí a mi habitación, cuidando de no molestar al alfa, o mejor dicho, cuidando de que no me descubriera. Todavía no estaba lista para enfrentarlo, y era mejor evitarlo tanto como pudiera. —¡Ven aquí! —ordenó una voz fría que me dejó paralizada, no por el frío de la noche, sino por el miedo. Sabía exactamente de quién era esa voz. Sabía muy bien por qué mi habitación estaba junto a la suya. Era difícil pasar frente a su puerta, por más silenciosa que intentara ser. —¿Estás sorda? —gruñó, furioso, obligándome casi a entrar corriendo en su cuarto. Me detuve frente a él. Estaba sentado en la cama como un rey, y eso solo aumentaba el terror que me inspiraba. Mantuve la cabeza baja, sin atreverme a cruzar la mirada con mi verdugo. —Tu cumpleaños es en medio mes. Los dieciocho, ¿verdad? —preguntó, pero yo guardé silencio, sin levantar la vista. No es que quisiera desafiarlo callando. Simplemente estaba aterrada de decir algo que no le gustara y tener que pagar por ello. Eso jamás terminaba bien para mí. —¿Por qué miras hacia abajo como si quisieras enterrarte en el suelo? —espetó. Podía notar por su tono lo frustrado que estaba. ¿Por qué tenía que llamarme justo cuando ya estaba al borde de la ira? ¿Por qué sentía que era el chivo expiatorio sobre el que quería descargar su furia? —Levanta la cabeza, Vinorca. ¿Me tienes miedo? —preguntó Dante con calma, aunque su voz profunda seguía cargada de amenaza. Me estremecí al notar lo intimidante que sonaba incluso su calma. ¿Acaso necesitaba preguntarlo? Estaba aterrada, y sentía que podría orinarme encima en cualquier momento si seguía con ese interrogatorio. —La cena está lista —anunció una criada desde abajo. —Tengo hambre; hablamos después —dije mientras me alejaba, escapando de su habitación. Sabía que no podría evitarlo para siempre, pero mantenerme lejos de él un rato podía calmar un poco mi miedo. Aun así, mi cuerpo temblaba, y podía sentir su mirada de depredador clavada en mí. Corrí hacia el comedor mientras unos pasos fuertes resonaban en mis oídos, anunciando su inminente llegada. Su presencia, después de tres años, desbarataba mi compostura. Nunca me había gustado especialmente la cena, pero era mi escapatoria de él. Al menos por un rato. Cómo olvidar aquel día. Hace tres años intentó cometer un acto despreciable. Solo yo sé cómo me defendí. Fue un día aterrador que sembró el miedo en mí, pero también me impulsó a no volver a ser débil jamás. Me juré luchar y depender solo de mí misma para todo. Era la primera vez en tres años, durante su ausencia, que una empleada me llamaba a cenar. Dante no había estado en casa en tres años. No sabía la razón exacta, pero había escuchado conversaciones sobre cómo había derrotado a la Manada Plateada, nuestro mayor enemigo y la causa de la muerte de sus padres y los míos. Debería sentir alivio, probablemente, pero después de diez años, ya ni siquiera sabía qué sentir. Han pasado diez años desde que nuestros padres murieron. Mi padre era el encargado de escoltar a los padres de Dante y a mi madre para sacarlos de allí cuando estalló la pelea, pero tuvieron un accidente y todos murieron. Dante culpó a mi padre por aquello, y ahora que mi padre ya no está, Dante quiere vengarse de mí. Por eso me adoptó. No logré entenderlo cuando ocurrió por primera vez, pero con el tiempo se me abrieron los ojos. —¿Qué haces, Vinorca? ¿Por qué te quedas ahí parada como una muñeca? —Su voz repentina me sobresaltó, interrumpiendo mis pensamientos. No me atreví a moverme, consciente de lo cerca que estaba de mí. Sentí su aliento contra mi hombro, helándome el cuerpo incluso a través de la ropa. —Te pregunté algo, Vinorca —susurró en mi oído. Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía. Los temblores me recorrían entera. Ese hombre estaba lejos de ser normal, y ahora parecía haber perdido el juicio por completo, lo que intensificaba mi miedo. —Le pido disculpas, Alfa —musité, sintiendo su enfado a mis espaldas sin siquiera mirarlo a la cara. —Sé que lo sientes, Vinorca, pero ¿por qué estabas parada aquí? —Pegó su cuerpo al mío, y su calor se filtró a través de mí, erizándome la piel. No entendía por qué su presencia me afectaba así, pero desde luego no era nada bueno. —Yo... solo estaba... —me costó responder, la garganta se me secó como si la voz me hubiera abandonado. —Deja de temblar y responde bien, Vinorca —gritó, furioso. Me sobresalté ante su arrebato repentino, cerrando los ojos con fuerza e intentando protegerme, aunque sabía que era inútil estando él justo detrás de mí. ¿Qué quería que dijera ese hombre? Me lo pregunté. Hice todo lo posible por recuperar la compostura antes de sucumbir a un desmayo provocado por el miedo. —Te pregunté algo, nena. ¿Tan difícil te resulta contestarme? ¿Te quedaste sorda al verme? «¿Nena?», gritó mi mente. —He vuelto después de tres años, y en lugar de darme la bienvenida, saliste huyendo en medio de nuestra conversación. Y ahora te niegas a contestar nada. Eso no va a terminar bien para ti, nena —me advirtió Dante, apretando su agarre sobre mí. —Le pido disculpas, Alfa —exhalé mi disculpa, con la respiración pesada por la tensión. Me sentía completamente destrozada. Lo que había pasado tres años atrás me había marcado con miedo. Y ahora él intentaba amenazarme de nuevo, y yo no podía controlar el efecto que tenía sobre mí. Su sola presencia me erizaba la piel. —Maldita sea, nena, esto no es aceptable. Comes con mi dinero y duermes bajo mi techo, y aun así me ofreces una disculpa tan falsa e insípida. No me gusta —se burló, retirando la mano de mi cintura. Se colocó frente a mí y tomó asiento en la mesa del comedor, que por alguna razón que desconocía solo tenía dos sillas. Cuando era niña, este lugar estaba lleno de sillas y de gente. Pero todo cambió cuando Dante tomó el control de la manada. Ahora solo dos criadas tenían permitido acercarse a él. Nadie más podía entrar aquí. Ni siquiera dentro de la manada sabían que me había adoptado y que yo vivía aquí con él. —Siéntate, nena —ordenó. Salí de golpe de mis pensamientos y me apresuré a tomar asiento en la silla frente a él, al otro lado de la mesa. Bajé la mirada hacia mi regazo, jugueteando con los dedos, consumida por el miedo y la ansiedad. Este lugar me estaba vedado. Ni siquiera tenía permitido quedarme parada aquí, y ahora estaba sentada, cenando con ese hombre miserable. Se sentía mal, y presentía que había algo más detrás de todo esto de lo que parecía a simple vista. El ama de llaves sirvió la cena. De las dos criadas, era la única a la que se le permitía acercarse a Dante. Ninguna de las dos tenía presencia alguna en mi vida. Yo no existía para ellas, y ellas no existían para mí. Solo interactuaban conmigo para burlarse. —Y bien, ¿cómo van tus estudios, Vinorca? —preguntó Dante en cuanto el ama de llaves se retiró tras servirnos. —¡Muy bien! —respondí, con la mirada fija en la comida, tomando la cuchara para rescatar lo que quedaba de mi apetito. —¿Así te enseñan modales ahí? —comentó. Apreté con fuerza la cuchara, dejando una marca en ella, pero no dije nada más. ¿Qué esperaba de mí? Después de tres años, de repente decidía hablarme y esperaba que yo respondiera. Era algo que no podía hacer por él. «Lo aprendí de ti, maldito», susurró una voz dentro de mi cabeza. Levanté la vista y me encontré con la suya, que sentí como si me atravesara, sembrando un miedo profundo en mi corazón. —¿Qué? —Sus ojos decían más de lo que sus palabras expresaban, más de lo que mi mente podía comprender, claro está. —Solo quiero comer en paz —respondí con una confianza recién hallada, tratando de calmar mis nervios y de contener los pensamientos que bullían en mi cabeza. Las comidas que de verdad me llenaban eran escasas. Normalmente solo había pan, porque él me había adoptado, pero no tenía la conciencia de darme comidas decentes. Y sin embargo, ahí estaba yo, comiendo. Así que me concentré en eso, a pesar de tener el apetito arruinado. —¿Paz? Ni siquiera mereces esta comida, ni esta vida. Vaya desperdicio de mi dinero en una perra como tú, que ni siquiera sabe apreciarlo —se burló, mofándose de mí. Apreté el puño bajo la mesa. Como si me tratara como a una princesa. Yo lo había visto todo de primera mano. Solo me había dado este lugar para vivir. Fuera de eso, ¿qué había hecho él para merecer tanto orgullo? —Tienes razón. En ese caso, me retiro —respondí con educación, poniéndome de pie y dejando caer la cuchara sobre el plato. Empecé a alejarme antes de que él pudiera lanzarme más insultos. ¡PUM!

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