El empresario desgarró el vestido exponiendo los pequeños pechos de Vanesa, ella intentó cubrirse con sus manos, pero él las agarró y levantó por sobre su cabeza y la presionó contra la pared.
El estaba muy excitado, quería terminar el acto rápido, su cuerpo estaba descontrolado.
—No juegues conmigo Pandi, déjame hacer mi trabajo.
—¡Que! no, no quiero, ¡suéltame, no quiero!
Vanesa lloraba, y aunque quería defenderse su cuerpo no respondía, cada vez lo sentía más débil.
Sin ningún tipo de dificultad Anthuam tomo a Vanesa y la llevó a la cama, no hubo necesidad de desnudarla, él simplemente levantó la falda del vestido y quitó lo que estorbaba, para comenzar a entrar en ella.
Las lágrimas corrían por las mejillas de Vanesa, no podía defenderse, no podía mover los brazos, ni su cuerpo.
—No quiero, por favor no lo hagas, no me hagas daño.
Anthuam la escuchaba, pero en lo único que pensaba era en terminar el acto, en satisfacer su necesidad.
Vanesa se estremecía de dolor y trataba de gritar, pero la droga en su cuerpo no permitía que pudiera hacerlo.
Cómo un animal hambriento Anthuam la poseyó, logró calmar su cuerpo y salió de ella cayendo al piso aún aturdido por la sensación de hormigueo que sentía en sus extremidades y el fuerte dolor de cabeza que parecía le iba a estallar.
Vanesa aprovechó el momento y se levantó con dificultad de la cama, cayó al piso, golpeando su frente con una mesa, comenzó a sangrar, su estómago se revolvió por la mezcla de olores entre sangre, perfume de hombre y eyaculación.
Se vino en vómito justo donde estaba tirada, a pesar de verse mal la situación ella pudo sentir mejoría.
Miró a su alrededor y vio al hombre tirado en el piso, parecía que convulsionaba, lo veía temblar, pero aún así decidió salir de ahí, aunque sintió ganas de revisarlo y ayudarlo, se retractó de su pensamiento y salió arrastrándose, con su vestido todo maltrecho.
Sus piernas estaban adoloridas y entumecidas, caminaba con dificultad, su respiración era agitada, estaba desorientada no sabía por dónde ir, al estar a mitad del pasillo escucha una voz conocida.
—¡Eres una zorra desvergonzada!—Vanesa volteó en dirección a quien le habló —eres la deshonra de mi familia.
—¡Papi!, ¿eres… tú?… ayúdame papá.
Ella caminó hacia él para que la ayudara, sus piernas ya no podían más.
—Ni te me acerques niña asquerosa, que bueno que tú madre murió y no presenció esta indecencia—Humberto estaba muy molesto y dolido a la vez, pero le faltó tacto para hablar con su hija.
—Papi abusaron de mi, está allí adentro el hombre que lo hizo… papi— ella hipiaba por el llanto rogando la ayuda de su padre, pero este retrocedió para evitar que ella lo tocara, haciendo que ella volviera a caer al piso.
—¿Qué ocurre?—preguntó Tifani que llegó corriendo, arreglando su vestido y la ropa con su rostro impresionado.
—Llévatela de aquí, no quiero verla— gritó Humberto— me das asco Vanesa.
—¡Ven amiga, déjame ayudarte!
—Allí está el hombre que me abuso Tifani, ¡ayúdame!
Tifani levantó a Vanesa del piso y la bajó por un ascensor para que el resto de invitados no la vieran, ya que la fiesta aún seguía, la subió al auto y la llevó a un apartamento que habían comprado juntas donde se reunían para contar sus planes o simplemente hacer tareas de la universidad.
Tifani la metió en la ducha, Vanesa estaba aún bajo efectos de alguna droga sin embargo sabía que debía ir a la policía.
—Debo denunciar lo que me hicieron, Tifi.
—No amiga, no te van a creer además tal vez lo hiciste porque quisiste.
—No, no, yo no quería Tifi llévame a la policía
Tifani no hizo caso además Vanesa no tenía fuerzas; la bañó por largo rato, luego la acostó y ella se quedó dormida. A la mañana siguiente Vanesa despierta y llora amargamente, estaba sola.
Decidió bañarse e ir al médico, efectivamente la dra certificó lo ocurrido la noche anterior y le indico la píldora de emergencia. Vanesa estaba tan triste, se sentía muy mal, desprotegida, humillada, sola, aún así decidió sacar fuerzas y continuar, le pidió a Tifani que le comprara la píldora y después de tomarla regresó a su casa, su padre no estaba y Martina seguramente estaba en su gimnasio personal, así que aprovecho esa soledad para refugiarse en su habitación, tenía tantos sentimientos y emociones mezcladas que ya ni lágrimas le salían.
Así estuvo encerrada por más de cinco días, su hermanita era quien llevaba algunos alimentos, Martina no era la mejor madrastra; sin embargo, al notar el encierro de Vanesa fue hasta su habitación. Tocó la puerta y Vanesa aceptó que pasara, ella creía que era su hermana.
—Hola Vanesa.
La chica se limpió las lágrimas y dió la espalda, para que no la viera llorar.
—Oye se que no nos llevamos bien y que no conversamos mucho, pero ¿quieres hablar?
—No— respondió de manera tajante.
—Ok, solo quiero que sepas que tú papá me comentó lo que pasó en la fiesta, y yo no veo nada de malo que tengas intimidad con tu novio, es algo normal a tu edad.
Humberto obviamente le había contado otra cosa a su esposa. Vanesa quedó en silencio, Martina seguía de pie frente a la cama, algo le decía que no estaba bien.
—Tu padre es un anticuado, no le prestes atención.
Vanesa habló, sintió la necesidad de contarle.
—No tengo novio y lo que pasó no fue con mi consentimiento.
—Pero tu papá me dijo que…
—Escucha Martina el amor y la admiración que me quedaba por mi papá se esfumó, me dañaron, me lastimaron y él no me defendió ni me ayudó, me insultó, me humilló y lo más horrible es que dice cosas de mi que no son verdad.
Martina estaba muy impresionada por lo que le contó Vanesa y negaba con la cabeza.
—Lo que me cuentas es horrible y yo creyendo lo que él me contó ¿Cómo puedo ayudarte?
—Ja, ¿tú quieres ayudarme? Por favor Martina seguramente esto te alegra.
—No, por supuesto que no Vanesa, tengo una hija y no me gustaría que pasará por algo así y menos que su padre no la apoye y proteja.
—Solo quiero mi herencia e irme lejos.
—Esta bien te ayudaré con eso, pediré que hagan el proceso, se que es rápido, pero él es quien lo atrasa.
—Siempre creí que eras tú la que quería mi herencia.
—Pues no, estás equivocada yo no quiero tu herencia, eso es tuyo, te lo dejó tu madre.
Después de esa visita Vanesa se quedó un poco más tranquila, por lo menos sentía el respaldo de Martina. Quien cumplió e hizo la solicitud de la herencia de Vanesa, pero Humberto era mañoso, malintencionado y narcisista. Manipulaba todo a sus necesidades y siempre buscaba retrasar la entrega de la herencia.
Vanesa logró salir de su habitación y con mucha vergüenza decidió seguir adelante, al regresar a la universidad, se sentía incómoda con las miradas, a cualquier hombre que veía se imaginaba a su agresor aunque no recordaba su rostro, comenzaba a sudar y se ponía muy nerviosa al punto de buscar refugio en un baño o algún sitio donde se sintiera segura, no podía concentrarse y por las noches tenía pesadillas de lo ocurrido, se despertaba exaltada y con crisis de llanto.