Leo los miraba a los dos. El muchacho tenía esa observación silenciosa de quien ha aprendido que la información útil suele estar en lo que la gente no dice en voz alta. No era curiosidad ociosa. Era alguien evaluando el terreno nuevo que pisaba, tratando de entender en qué clase de situación había terminado y qué tan complicada era en realidad. Azrael lo vio hacer eso. Dejó que el muchachito evaluara la situación durante un momento. La carreta avanzaba, y desde la parte delantera llegaba el murmullo ocasional de Thoran, parecía estar tarareando una canción. «Este muchacho…», pensó el león, analizándolo. Azrael conocía a los guepardos. No tanto como conocía a los leones o a los tigres, pero lo suficiente para saber lo que tenía frente a él. Los guepardos eran los más difíciles de fijar

