A LA MAÑANA SIGUIENTE: Al final, Soren no había enviado la carta como pensó que lo haría. El cuervo seguía en su jaula cuando el sol empezó a entrar por la ventana. La carta estaba sobre la mesa, doblada con el sello de cera intacto, justo donde la había dejado la noche anterior. Él la miró desde la silla donde había pasado las últimas horas sin dormir ni una pizca, con ese estado intermedio que no era descanso, pero tampoco era vigilia completa, y decidió por cuarta vez que no. No era que quisiera proteger a Azrael. Tampoco era miedo de llevarle semejante noticia a Rhaegor, el rey. No, no era solo eso —o al menos eso era lo que se había repetido durante toda la noche—. La verdad más incómoda era otra: enviarle información sin verificar a Rhaegor era el tipo de error que se cometía una

