Eurea, Castillo de los Litharcan. El gran comedor de aquel castillo de la costa nunca había sido pensado para alguien como Rhaegor Litharcan. Lo habían construido hacía más de ochenta años para un lord humano de gustos refinados: candelabros de plata, manteles bordados, música de instrumentos de cuerda para recibir a sus invitados y vinos importados del sur. Era un salón de paredes altas cubiertas de tapices y ventanas largas que daban al mar, hecho para la diplomacia y las apariencias. Pero el lord original llevaba unos diez años muerto, y los tapices que sobrevivían mostraban ya el deterioro propio del abandono, porque ningún Litharcan se había molestado en reemplazarlos. El castillo era una conquista, no un hogar. Al antiguo rey antes de Azrael no le importaban los adornos, y a Rhaego

