Capítulo 6

1465 Words
La última frase fue una advertencia. Si Pamela no fuera m*****o de la familia Montalbán, Gabriel Montalbán no sería tan paciente con ella. Frente al enemigo, nunca dudaba. —Yo… —Pamela estaba asustada. Gabriel era su hermano, pero era la primera vez que Pamela se reunía con él. Había pensado que Gabriel sería amable con ella, ya que eran hermanastros. Después de todo, era su única hermana. Sin embargo, estaba equivocada. Sabía que Gabriel ni siquiera le hablaría si no se hubiera convertido en m*****o de la familia Montalbán. En cambio, habría mostrado directamente a todos las pruebas de su colusión secreta con Mauricio. Estaba perturbada. Se suponía que era su tierra natal, pero estaba siendo opacada por Camila, ¡una perdedora! Mierda. ¡Camila, espera y verás! No creía que Camila estuviera realmente casada con él. Podía soportarlo por ahora. Después de todo, ella era parte de la familia Montalbán, mientras que Camila solo era una forastera. ¡Al final, ella sería la que ganaría! Pensando en esto, Pamela se disculpó con Gabriel: —Lo siento. Es mi culpa. Iré a otra mesa. Pero… ¿en cuál debo sentarme? Cada mesa estaba numerada y todos se sentaban de acuerdo con su número asignado. Esa mesa era originalmente la suya, pero ahora Gabriel le ordenaba que se fuera. Gabriel levantó un dedo para señalar hacia algún lugar. —La número 23. Pamela volvió a sorprenderse. —¿La número 23? Era la última mesa, junto a la puerta. Allí se sentaban las personas de menor rango dentro de la alta sociedad. ¡Su propio hermano le pedía que se sentara en esa mesa! Era humillante. —¿No quieres ir? Bien, entonces lárgate. De todos modos, tú y tu nuevo novio no son bienvenidos a esta fiesta esta noche —dijo Gabriel con frialdad. La expresión de Pamela cambió drásticamente. Estaba tan afectada que las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. ¿Por qué su hermano la humillaba por culpa de Camila? Rompió a llorar de inmediato. Intentando obtener la simpatía de Gabriel, se atragantó con sus propias palabras y dijo: —Es mi culpa. Yo… Sin embargo, antes de que ella terminara de hablar, Gabriel llamó a dos guardaespaldas vestidos de n***o, quienes interrumpieron fríamente a Pamela: —Señorita, por favor. El mensaje era obvio. ¡La estaban echando! Pamela sintió que su dignidad era arrojada al suelo y pisoteada sin piedad. Se cubrió el rostro y estaba a punto de darse la vuelta para marcharse cuando Camila la llamó: —Pamela, espera un momento. Pamela volvió la mirada hacia Camila. Sin embargo, como Gabriel estaba allí, no se atrevió a mostrar demasiado odio en su expresión. Camila se acercó, dio un paso al frente y preguntó: —Dijiste que era una idiota por haber sido ama de casa durante cinco años, ¿verdad? Ahora te mostraré el poder de un ama de casa. Antes de que los demás pudieran reaccionar, Camila dio dos pasos hacia atrás y le lanzó una patada a Pamela. ¡Fue un golpe lleno de fuerza! Había aprendido algunas técnicas de combate. Pamela cayó al suelo. ¡Todos quedaron atónitos! La expresión de Mauricio se volvió rígida. No esperaba que Camila golpeara a Pamela delante de tanta gente. Camila aplaudió con satisfacción. Aquella patada la hizo sentir increíblemente liberada. Con el respaldo de Gabriel, no le tenía miedo a nada, ya fuera Pamela u otros miembros de la familia Montalbán. En ese momento, estaba encantada. —Solo quiero decirte que las amas de casa también hacen ejercicio. No soy una idiota que se deja intimidar. Pamela se levantó con dificultad, llorando, y se marchó apresuradamente cubriéndose el rostro. Mauricio también se sintió avergonzado al instante. Después de lanzar una mirada a Gabriel, se fue tras ella. Los invitados presentes permanecieron en silencio durante unos segundos y luego comenzaron a exclamar al mismo tiempo. —¡Dios mío! —¿Qué está pasando? —¡Qué sorpresa! Todos volvieron a mirar a la orgullosa Camila, pero esta vez con un respeto inusual. Merecía ser la mujer de la que el señor Montalbán se había enamorado. ¡Qué extraordinaria! ¡Increíble! Sin embargo, nadie se atrevió a decir nada en ese momento. La familia Montalbán no había revelado la identidad de Pamela, pero todos los que asistieron a la fiesta sabían que ahora era la hija de la familia Montalbán, así que nadie se atrevía a burlarse de ella en público. Todos miraron a Gabriel, queriendo conocer su postura. Gabriel no culpó a Camila por haber pateado a Pamela. Al contrario, le preguntó con ternura: —¿Te duele el pie? Sus palabras disiparon cualquier duda. Todos los presentes cambiaron de actitud de inmediato. Se miraron entre ellos con sonrisas incómodas y luego comenzaron a felicitar a Gabriel: —¡Señor Montalbán, felicidades! ¡No esperábamos que encontrara esposa esta noche! ¡Enhorabuena! —Así es, señor Montalbán. La señora Taylor es una mujer extraordinaria. Encontrar un tesoro como ella demuestra que su elección fue la correcta. Su matrimonio con la señorita Taylor es obra del destino. ¡Que Dios los bendiga! Todos comenzaron a halagarlo. Camila se sintió mareada. Durante todo el banquete, tenía la sensación de estar caminando sobre las nubes. Esa noche, se transformó de un patito feo en un cisne blanco. Incluso las mujeres que Gabriel no había elegido dejaron de mirarla con desprecio. Se acercaron a conversar con ella, mientras Camila empezaba a fingir con seguridad y a aparentar ante las mujeres que la rodeaban. Después de la cena, Gabriel desapareció. Camila también se fue a casa, porque sabía que en realidad no estaba casada con él. El apoyo que Gabriel le había mostrado esa noche, cuidándola delante de todos, probablemente solo había sido una actuación para alguien. Ya había sufrido una desilusión amorosa una vez, así que no volvería a creer en el amor de un hombre. Mucho menos en un amor tan incierto. Acababa de regresar a su casa de alquiler. Encendió la luz y estaba a punto de cerrar la puerta cuando, de repente, un pie se coló por la rendija. Levantó la vista y vio a Mauricio. Mauricio entró antes de que pudiera reaccionar, cerró rápidamente la puerta y la empujó contra la pared. En ese momento, sus ojos estaban enrojecidos, como los de un lobo. Mauricio la miró con fiereza. Extendió la mano, la sujetó por el cuello y la presionó contra la pared. —¡Camila, te subestimé! Dime, ¿cuándo empezaste a seducir a Gabriel? ¿Quieres hacerte rica acostándote con él? ¡Subestimé lo que eras capaz de hacer con tu cuerpo! Camila se sorprendió por su violencia y palideció. Sin embargo, al mirarlo, no perdió firmeza en su actitud. —¿Hacerme rica acostándome con él? ¿Estás hablando de ti mismo? El chico pobre que no tenía nada hace cinco años consiguió todo lo que tiene hoy fingiendo amarme, ¿no es así? Mauricio tensó los dedos al verse herido en su punto más sensible. Sus ojos furiosos parecían dispuestos a lanzar dagas en cualquier momento. La mujer frente a él se veía cada vez más refinada y hermosa con el paso del tiempo. Camila y Pamela eran completamente diferentes. Pamela era hermosa, pero algo vulgar; en cambio, Camila no solo tenía una figura encantadora capaz de atraer todas las miradas, sino también unos rasgos delicados que transmitían una frialdad natural. Si Pamela era una flor ostentosa en el mundo mundano, Camila era como un loto en aguas cristalinas, admirable desde la distancia. Sabía que Camila era hermosa, pero eso no tenía sentido. Ella no podía ayudarlo en nada. Aun así, nunca permitiría que la mujer que alguna vez fue suya cayera en brazos de otro hombre. Y menos aún si ese hombre era Gabriel, mil veces superior a él. Pensando en ello, Mauricio apretó el cuello de Camila con más fuerza. Rechinó los dientes y dijo: —Dime, ¿qué métodos despreciables usaste para acostarte con Gabriel? ¿De verdad crees que alguien como tú está calificada para ser su esposa? ¿Pretendes impedir que me case con Pamela? Imposible. Tú… Una sonrisa llena de desprecio interrumpió sus palabras. Mauricio frunció el ceño al ver la amplia sonrisa de Camila. Su rostro estaba enrojecido por la falta de aire, pero en sus ojos brillaba una determinación aterradora. Sorprendido, Mauricio aflojó ligeramente el agarre. Camila aprovechó la oportunidad para apartar su mano y recuperar el aliento, apoyándose contra la pared. Lo miró como si estuviera observando a un mendigo. —Mauricio, te aconsejo que no seas demasiado codicioso. Ya no soy la de antes. Soy la esposa de Gabriel. Deberías pensar en las consecuencias de provocar a Gabriel antes de decir o hacer algo.
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