Camila también observó a Gabriel. «¡Es hermoso! ¡Realmente guapo! ¡Cien veces mejor que Mauricio!», pensó. Sabía que si un hombre así se convirtiera en su esposo, Pamela y Mauricio se morirían de la envidia.
Sin embargo, algo le inquietó: Gabriel le resultaba familiar. Sentía que lo había visto en alguna parte, pero sacudió la cabeza para descartar la idea. Era imposible; ella nunca lo había conocido. Después de todo, a un hombre como él lo recordaría con solo un vistazo.
Además, el nombre de Gabriel Montalbán resonaba con la fuerza de un trueno; era el "niño de oro" de la alta sociedad desde que ella era pequeña. Si se hubieran cruzado antes, lo sabría con certeza.
De repente, los ojos de Gabriel se clavaron en Camila, quien también lo miraba fijamente. Tras un breve segundo, él apartó la vista. A pesar de la brevedad del contacto visual, una sensación de familiaridad recorrió a Camila, haciendo que su corazón latiera con fuerza. Confundida, se dio la vuelta y bebió unos sorbos de agua para recuperar la calma.
Ella nunca había intentado seducir a nadie. Mauricio había sido quien tomó la iniciativa de perseguirla y se convirtió en su primer amor. Por eso, aunque ahora buscaba a Gabriel, se sentía algo tímida.
Mientras intentaba ganar valor, la voz potente de Mauricio rompió el ambiente: —Pamela, no estuve presente en tu pasado, ¡pero juro que te cuidaré y cumpliré mis promesas en el futuro! Hoy, frente a todos, quiero pedirte que seas mi esposa. Dame la oportunidad de amarte para siempre. Te prometo que serás mi prioridad por el resto de mi vida. ¿Te casarías conmigo?
Mauricio se arrodilló ante Pamela con un anillo de compromiso. El destello del enorme diamante hirió los ojos de Camila como una bola de fuego. No esperaba que él le propuriera matrimonio a otra mujer, ¡y mucho menos justo frente a ella!
Aunque ya no amaba a Mauricio y sabía que ellos terminarían casándose, ver cómo se arrodillaba ante Pamela frente a doscientas personas —usando las mismas palabras que alguna vez usó con ella— le provocó una punzada de amargura. Su cuerpo temblaba de indignación, pero se obligó a no llorar. Ninguno de los dos merecía sus lágrimas.
Sus ojos se enrojecieron por la ira. Ante el escándalo, los invitados comenzaron a susurrar, cubriéndose la boca con asombro: —¿Es real? ¿Ese no es Mauricio, el prometido de la rebelde Camila de las Industrias Taylor? ¿Cómo se atreve a proponerle matrimonio a otra mujer delante de ella? —¡Pero si rompieron hace apenas dos días! —comentó otra voz—. Dicen que la chica con la que está ahora es a quien la familia Montalbán acaba de aceptar. ¡Esto debe estar lleno de secretos! —Pobre Camila... para estar con Mauricio se enfrentó a su padre y fue expulsada de las Industrias Taylor. Incluso dicen que su madre se quitó la vida por culpa de ese compromiso. Y ahora él la humilla así... ¡Qué situación tan miserable!
Camila no pudo soportar aquellos rumores. Si solo hablaran de ella, quizá no le habría dolido tanto; sin embargo, no solo la atacaban a ella, sino también a su madre. En especial, cuando alguien dijo que su madre se había suicidado porque ella y Mauricio estaban a punto de casarse, no pudo evitar romper en llanto.
Las lágrimas le nublaron la vista. Trató de darse la vuelta y marcharse. Sin embargo, alguien la sujetó de repente por el hombro. Alzó la mirada con asombro y se encontró con un par de ojos tan oscuros como el vasto cielo estrellado. El dueño de aquellos ojos le dio unas suaves palmaditas en el hombro para consolarla y luego dirigió la mirada hacia Mauricio, que estaba arrodillado sobre una rodilla.
Parecía un rey observando a todos los seres vivos, como si mirara a humildes hormigas. ¡Era Gabriel!
—Hermano, tú… —al verlo acercarse, Pamela giró la cabeza hacia él. Quería pedirle consejo. Iba a preguntarle si debía aceptar o no la propuesta de Mauricio. Ella había planeado aceptar la propuesta en ese momento. Sin embargo, su objetivo principal no era humillar a Camila, sino causar una buena impresión en Gabriel.
Después de todo, Gabriel estaba a cargo de todo el Grupo Montalbán, y además, el 99 % de la riqueza de la familia Montalbán provenía de esa empresa. Pamela apenas llevaba tres días en la familia y no tenía ningún respaldo. Por eso, naturalmente, necesitaba que Gabriel, su medio hermano, se convirtiera en su protector.
Ella no sabía cómo dirigir una empresa, ¡pero su novio sí! Con el apoyo de la familia Montalbán, Mauricio llegaría a la cima, y ella se casaría con él. Así, para ayudar a Mauricio a ganarse el favor de su hermano, ideó un plan: Mauricio debía proponerle matrimonio durante la fiesta de cumpleaños de Gabriel, ante toda la alta sociedad.
Pero no esperaba que, justo cuando estaba a punto de hablar con su hermano, viera el brazo de Gabriel apoyado de manera natural sobre el hombro de Camila, como si ella fuera su esposa. La cercanía entre ambos hirió profundamente sus ojos.
—Gabriel, ¿tú y Camila? —esa escena la puso más nerviosa que la propuesta de Mauricio. ¡Necesitaba una respuesta de inmediato!
—Deberías llamar a Camila señora Montalbán —dijo Gabriel con voz magnética y profunda, capaz de embriagar a cualquiera.
Pamela se quedó atónita al escucharlo. ¡Gabriel le había pedido que llamara a Camila “señora Montalbán”! ¿Estaba casada con él? Entonces… ¿el certificado de matrimonio sin foto era real? ¡No! Eso era imposible. No tenía foto ni el sello del Ministerio de Asuntos Civiles. Pero ahora… ¿Qué estaba pasando exactamente?
Sin embargo, Camila no quería aclararlo en ese momento, porque podía usar la identidad de Gabriel para enfrentarse a Pamela y Mauricio.
—Pamela, deberías llamarme cuñada. Vamos, dilo —dijo Camila con una sonrisa amable, mirando a Pamela, que parecía haber sido alcanzada por un rayo. Pamela estaba tan sorprendida que cayó al suelo, como si se hubiera arrodillado ante Camila, y preguntó con incredulidad: —¿Cuñada?
Mauricio, que aún estaba de rodillas, los miró sin poder creerlo. Si Camila era la cuñada de Pamela, entonces… ¿era la esposa del presidente del Grupo Montalbán? ¡No! ¡Imposible! ¡No podía creerlo! Sin embargo, se apresuró a ayudar a Pamela a ponerse de pie, ya que la propuesta había sido arruinada por completo.
Toda la atención estaba ahora en la orden de Gabriel: que Pamela llamara a Camila “cuñada”. Desde que Gabriel se había involucrado, nadie se atrevía a decir nada. Todos lo miraban con recelo, esperando una explicación. Después de todo, todas las mujeres solteras que habían asistido esa noche soñaban con convertirse en la esposa de Gabriel.
Pero, antes incluso de que comenzara la fiesta, Gabriel había declarado que Camila era su esposa. ¿Qué estaba pasando?
—Sí. Hoy me casé con ella. Planeaba anunciarlo oficialmente en esta fiesta de cumpleaños, pero no esperaba que esta propuesta arruinara mis planes. Ahora todos ya lo saben —dijo Gabriel.
Mientras hablaba, miró a Camila con ternura, le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y añadió, con una sonrisa culpable: —Camila, lo siento.
Camila casi se perdió en aquella mirada indulgente. Rápidamente se pellizcó el muslo para recuperar la compostura. Sabía que todo aquello probablemente era falso y que lo único que debía hacer era cooperar con Gabriel. ¡La venganza era un plato que se servía mejor caliente!
De inmediato puso en marcha sus dotes de actuación. Se aferró cariñosamente al brazo de Gabriel, apoyó la cabeza en su hombro, sonrió con dulzura y dijo: —Está bien. Debería agradecer a Pamela y a Mauricio. ¡Si no fuera por ellos, no habría encontrado mi verdadera felicidad!
Al pronunciar esas últimas palabras, Camila levantó la vista hacia Gabriel, el hombre conocido como el “Rey del Rostro de Póker”. Sus ojos estaban llenos de amor. Gabriel le tocó la nariz con suavidad y dijo, sin prestar atención a los demás: —Tu boquita es tan adorable… ¡No puedo resistirme a besarla!
—Oh, me haces sentir tímida —respondió Camila, ruborizándose. Sabía que todo era una farsa, pero no pudo resistirse al encanto de Gabriel. No solo era guapo, sino que también tenía una sonrisa irresistible y un aura que atraía a cualquiera.
Seguía sonrojada cuando Gabriel le acarició la cabeza y luego miró a Pamela con frialdad: —Pamela, esta mesa no es tuya. Ve a otra.
Su tono era calmado, pero era una orden imposible de desafiar. Esa era la imponente aura de un hombre poderoso. Los ojos de Pamela se abrieron de par en par. Recuperándose de inmediato, dijo: —Gabriel, creo que aún no sabes lo suficiente sobre Camila. Antes de esto, Mauricio y Camila rompieron porque Camila…
Antes de que pudiera decir “lo engañó”, Gabriel la interrumpió de inmediato: —¿Qué? ¿Quieres que arruine a Mauricio en mi fiesta de cumpleaños esta noche? ¿O…?
Gabriel la miró fijamente y añadió con frialdad: —¿Quieres acabar como él… o peor que tú?