Pamela no estaba enojada. Al contrario, estalló en carcajadas, riéndose sin ningún reparo. Se llevó una mano al abdomen y, entre risas, exclamó:
—¡Ja! Esta es la broma más divertida que he escuchado en toda mi vida. ¿La esposa de mi hermano? ¡Jajaja! ¡No me hagas reír! Camila, ¿de verdad necesitas usar a mi hermano para provocarme? Todo el mundo lo sabe: mi hermano ni siquiera tiene novia. Este banquete de cumpleaños es justamente para elegirle una esposa. ¿Cómo podría estar casado contigo?
La miró de arriba abajo con desprecio y añadió, con voz afilada:
—¿O acaso eres la esposa del verdadero dueño de la familia Montalbán? ¿Estás loca?
Sin perder la compostura, Camila sacó un certificado de matrimonio de su bolso y lo agitó frente al rostro de Pamela.
—¿Lo ves? —dijo con frialdad—. Este es el certificado de matrimonio entre tu hermano y yo. Créelo o no… te arrodillarás ante mí y me llamarás cuñada.
Dicho eso, Camila se dio la vuelta y se marchó.
Pamela quedó paralizada por un instante. Luego reaccionó, apretando los dientes, y le gritó con furia:
—¡Imposible! ¡Camila, ese certificado tiene que ser falso! ¡Ni siquiera tiene foto! ¿Crees que voy a llamarte cuñada de rodillas? ¡Si eso fuera cierto, me comería toda la porquería de los baños del Estadio de Chicago!
—¡Perfecto! —respondió Camila con una sonrisa cargada de desafío—. Entonces lo transmitiré en vivo mientras lo haces.
Pamela apretó los puños.
—Camila, si tienes tanta confianza, más te vale no escapar.
—¿Qué? Ridículo —replicó Camila con desdén—. Verlos a ustedes dos me da náuseas. Qué asco.
Sin mirar atrás, se fue.
Pero al doblar la esquina, su seguridad se desmoronó por completo. Sus piernas flaquearon y tuvo que apoyarse contra la pared, respirando con dificultad.
Haberse enfrentado a Pamela había sido intenso. Su sangre aún hervía y su cuerpo temblaba sin control.
Sin embargo, el precio de esa provocación era devastador.
Ese certificado de matrimonio era falso.
Ella no conocía a Gabriel… y jamás podría ser su esposa.
¿Qué debía hacer ahora?
¿Irse de la familia Montalbán?
Si lo hacía, Pamela y Mauricio se burlarían de ella con aún más crueldad.
La próxima vez que los viera, probablemente tendría que esconderse.
Y eso no era lo que ella quería.
No.
Tenía que enfrentarlos.
Esa noche, Gabriel elegiría esposa. Camila había estado enamorada de Mauricio durante cinco años y comprometida durante tres… pero al final no estaba casada, ni tenía un hombre que la respaldara. ¿Cómo podría competir con las mujeres presentes esa noche?
¡Sí podía!
Aunque la esperanza fuera mínima, tenía que intentarlo.
Al fijar ese objetivo, su ánimo decaído se revitalizó al instante. Su mirada se volvió firme. Sabía que, si quería alcanzar algo, debía cambiar por completo su aura.
Entró al salón de banquetes y se dirigía hacia la mesa donde estaba la familia Industrias Taylor cuando una mano la sujetó con fuerza.
Pamela la había encontrado.
—Camila —dijo con una sonrisa penetrante—, ven. Únete a nosotros.
Pamela no pensaba dejarla escapar. Quería verla hacer el ridículo con sus propios ojos. Si Camila se sentaba en otro lugar, no tendría sentido. ¿Cómo podría burlarse de ella frente a toda la élite de Chicago?
Esa noche era el cumpleaños de su hermano, y casi toda la alta sociedad de Chicago estaba presente.
Pamela estaba decidida.
Convertiría a Camila en el hazmerreír de la noche, en la mujer más despreciada por todas.
—Por supuesto, está bien —respondió Camila con calma, sentándose.
Vale la pena, pensó.
La familia Montalbán anunciaría oficialmente la identidad de Pamela durante la fiesta del señor Montalbán. Más de doscientas personas asistían al evento. Solo sentándose junto a Pamela tendría la oportunidad de atraer la atención del señor Montalbán… y, con algo de suerte, incluso lograr algún contacto directo.
Apenas tomó asiento, el salón entero se agitó. Un murmullo creciente recorrió el lugar, hasta que alguien gritó con emoción:
—¡El señor Montalbán está aquí!
—¡Sr. Montalbán! ¡Dios mío, es tan guapo! Mucho más que en las fotos. ¡Es espectacular!
—Qué elegancia... ¡Ese traje le queda increíble!
—Si pudiera casarme con Gabriel Montalbán, daría diez años de mi vida. ¡Incluso veinte!
En la entrada de la sala, un hombre alto apareció a contraluz. Vestía un traje n***o italiano de alta gama, hecho a medida, que realzaba su figura a la perfección. Llevaba el cabello corto, un estilo que acentuaba su atractivo. Al avanzar por el pasillo, la luz iluminó su rostro; sus facciones, que parecían esculpidas por un dios, quedaron a la vista de todos.
Su belleza no era la de un joven común. Tenía un aire a lo Jude Law o Robert Pattinson, exudando una intensa masculinidad, aunque era notablemente más atlético y apuesto que dichos actores.
Nadie en la fiesta había visto jamás a un hombre tan encantador. Era tan atractivo que algunas mujeres estuvieron a punto de desmayarse por la emoción, mientras otras lo miraban atónitas.