—¡Damas y caballeros, bienvenidos a esta noche especial! —dijo la maestra de ceremonias con el micrófono en mano, hacia los invitados. —Es un honor para mí presentarles a nuestros distinguidos invitados, Warren Ercil y su encantadora esposa, Salma.
Todos vieron a Salma, pero Warren no se encontraba a lado de su esposa como debía. Por lo que comentarios divertidos y preguntas de donde estaba el mencionado.
En lo que el silencio sumergió a las tres personas que estaban alejados de la multitud, dos de ellos en una situación comprometedora y el tercero con una teorías en su cabeza.
Warren Ercil, el suegro de Lina, tenía una pose de juez, jurado y verdugo, uno que ya contaba con la respuesta de lo que veía. Era un hombre de mediana edad, con el cabello gris perfectamente peinado hacia atrás y unos ojos azules que parecían perforar el alma de cualquiera que se atreviera a mirarlo.
Su rostro estaba marcado por arrugas profundas, no tanto por la edad, sino por los años de intrigas y manipulaciones. Vestía un traje verde esmeralda con las solapas oscuras impecables, y sus gestos eran calculados, como si cada movimiento estuviera medido con precisión.
—¿Les digo lo que me parece? —dijo Warren, con su voz goteando sarcasmo.
—En verdad atesoro la propuesta, pero tengo poco tiempo, señor Ercul. —Kael puso la copa sobre la mesa y tomó un bocadillo.
—Ercil. —alegó Warren.
—Tienen buen sabor, pero no como para dejarte con ganas de más. —lo ignoró Lina. —Deberían contratar uno de los banquetes de mi tía.
—Ese no es el tema.
—Tengo prisa y dejé mi historia de los flamencos a la mitad —miró su reloj en la muñeca—. Tío, agradezco tus amenazas. Suegro, guardaré en el fondo de mi corazón tus suposiciones. Con permiso. Los dos quédense con su veneno.
—¿Amenazas? —preguntó Warren a Kael con incredulidad—. La discordia en la familia no es bien vista.
—Cuánto me preocupa eso —manifestó Kael antes de tomar su propio rumbo. Naenia, que iba a avisar sobre las fotos familiares y con amigos y socios, lo siguió al escuchar a Warren hablar sobre lo ocurrido entre su esposo y la esposa de Nixon.
Kael la sintió colgarse de su brazo y con cuidado se la quitó de encima, mientras tomaba el agua que le pidió al mesero.
—Ya sé que no la soportas, cariño. Yo tampoco —agregó Naenia muy acomedida, sirviendo más agua en el vaso—. Pero solo es un año. Luego no tendrás que soportarla. —exhaló. —Podemos darnos un momento para que saques tu frustración. Luego regresamos para las fotografías.
—No uses psicología conmigo, Naenia —dejó el vaso sobre la bandeja de nuevo—. No soy tu marido muerto. Que lo tomaras como una marioneta no quiere decir que pase lo mismo conmigo.
—No te desquites conmigo porque esa niña te saque de quicio. Estoy tratando de ayudar solamente —le limpió el traje sabiendo que los estaban fotografiando desde la distancia. Las apariencias lo eran todo—. Eres mi esposo. No hay nada de malo en que consumemos el matrimonio.
El roce en su hombro y la sonrisa daban la idea de que tenían esa complicidad en su matrimonio, mientras Lina, Nixon y Warren observaban desde la distancia.
—Tenemos la opción y la oportunidad, ¿por qué desaprovecharla? —Kael solo vio la uña escalar hasta llegar a su cuello. Ningún gesto obtuvo Naenia—. No tenemos que amarnos para hacerlo.
—¿Terminaste? ¿Las cámaras tienen lo que querías? —preguntó frío.
—Contigo no se puede, Kael —se molestó Naenia—. ¿Piensas que todo el tiempo me esmero en cuál imagen dar a las cámaras?
—¿Estoy equivocado? —devolvió la pregunta sin más. —Disfruta tu evento.
—Lo haría si mi esposo hubiese venido con el color correcto.
—Es una desgracia. Una verdadera pesadilla. —siguió su camino hacia la salida, aunque encontrar los ojos de Lina directamente sobre él lo hizo frenar en seco.
Maldit@ la hora en la que tuvo que elegir justo a los Ercil para sus tonterías.
De haberlo hecho no le estaría arruinando la existencia con esas curvas en sus labios cada vez que hablaba con todos. Una portadora de luz en su mirada, como la lucía ella no debería existir. Sólo era una máscara. Una vil jugada. Una careta.
La música inició, haciéndole saber que estaba en el centro de la pista. Todos se reunieron impidiendo su paso, logrando que Naenia lograra alcanzarlo.
—Un minuto. Solo eso. —pidió al ponerle las manos encima.
Nixon y Lina fueron los siguientes, en lo que Warren veía con ojo crítico a todos, a un costado, su esposa recibía los comentarios de las parejas. Sonrió, aunque Salma no toleraba que en su familia hubiese tanto descontrol.
Alguien debía hacerles saber a su nuera sobre las reglas que se seguían para mantener las relaciones sociales. Los Crown eran muy admirados, pero un paso en falso ante los medios podían destruirlos y la esposa de Nixon debía sacar ese lado refinado.
Ya era una mujer casada y debía comportarse.
Le sonrió a Kael al saber de donde provenía y que este sí tenía un comportamiento adecuado para la familia Ercil.
—El escote no debe ser tan grande. —dijo Nixon hacia Lina. —Todos ven más que tu apellido.
—No tengo un escote tan grande. —contestó disconforme. —Y claro que ven más que mi apellido. Ven que mi esposo no disimula que no controla la cantidad de alcohol que se lleva a la boca.
—Debemos llevar la fiesta en paz. Solo te digo que puedes vestir más como una mujer casada y no como si fueras alguien soltera. —la presionó más contra él cuando se quiso liberar.
—No me hagas dejarte en ridículo. —le susurró al oído. —Quitas la mano tú solo o lo hago por mí misma.
—Estás de muy mal humor hoy, cariño. —se rió. —Ya sé que Kael te amarga la existencia, pero no es nuestro problema, sino de mi tía. Podemos divertirnos tú y yo.
La presión no disminuyó. Las costillas le dolían y respirar le costaba al estar tan pegada a él, con un brazo que la sostenía muy fuerte.
No quería causar una situación que llamara tanto la atención.
—Has tomado mucho. Suéltame.
—¿Dirás que no te gusto un poco al menos? —se inclinó un poco para oler su cuello. —Somos esposos, Adelina.
—Tres segundos, Nixon. —se detuvo en la danza. Centró sus pies para no caerse al quitárselo de encima.
—Hueles tan bien.
Lina tensó los labios. Arrugó las mejillas y giró el rostro cuando quiso acercar su aliento a licor a su boca. Sintiendo una oleada de calor cuando encontró la mirada color avellana directa a su rostro.
Trató de verse tranquila, pero Kael lo había notado. No la estaba pasando nada bien por lo visto.
—Te lo…
—¡Cambios de pareja! —avisó la maestra de ceremonias, logrando que todos se separaran, dándole la oportunidad a Lina de empujar a Nixon sin quedar al descubierto y crear tensión que no quería.
Nixon tropezó con un empujón que recibió de algún sitio, quedando adolorido con el cuerpo que lo atropelló prácticamente, lanzándolo con fuerza hacia el lado contrario, siendo recibido por otro de los invitados con quien se disculpó, quejándose debido al dolor en su hombro. Mientras Adelina acariciaba la zona lastimada, a la vez que sus fosas nasales sintieron esa fragancia a madera que entró por su nariz, girando para buscar al portador.
Sin encontrar absolutamente a nadie entre tantos rostros.
—Ahora no. —se liberó de quien la sostuvo del brazo. Pues Nixon le había dejado las costillas doliendo.
—No quiero escándalos. —le dijo Salma con dureza. —Retoma los modales de los Crown y actúa natural. —Nixon se acercó y ella se liberó. Salma lo redujo con una mirada. —Aquí no, cariño. Contrólate. Sin numeritos que nos dejen mal parados
—No es por reflejar el apellido de mi madre más que el de mi padre, pero en serio, jodanse los dos. —soltó harta de que creyeran que podían darle lecciones de cómo vivir. Salma se quedó boquiabierta. Nixon quiso explicar que no era su intención, aunque para Lina esas no eran más que tontas excusas.
Que el brazo y las costillas le siguieran doliendo no ayudaba en nada.
Se dirigió a la salida. Salma detuvo a su hijo cuando quiso seguirla, mientras en el camino se encontró a Naenia, sola de nuevo. El Mayor también se había marchado.
—Ya estarás contenta. —murmuró la tía de su esposo.
—Rebozo de dicha. —contestó harta de todos los Ercil. Naenia no podía creer que lo hiciera, yendo con su cuñada y su sobrino para quejarse de que no la controlaba como debía.
—Es tu esposa.
—Una esposa que no acepta mis disposiciones. Inténtelo también para que vean a lo que me refiero. —se cansó Nixon de tantos reproches de parte de ambos. Tomó una botella de la que bebió, perdiendo los estribos, para quitarse el enojo de ver como su esposa se marchaba.
En esa ocasión Lina comprendía a Kael por haberse marchado. Ni siquiera ella soportaba ese lugar. Y ellos se la vivían entre eventos. Definitivamente sería peor de lo que pensó.
—Adelina, cariño. —escuchó decir a Salma con su voz más suave. —Entra, te va a dar frío.
Muchos las veían, por eso su amabilidad era tan extraña. Sin embargo, Lina no se lo pensó dos veces antes de ir directo a la carretera, dejando a su suegra con la palabra en la boca.
No era descortés, sino que evitaba algo que de continuar de ese modo, acabaría con ella rompiendo los dientes de Nixon.