Sus lágrimas cayeron. Las vi deslizarse a lo largo de sus mejillas, asomándose bajo sus grandes lentes de sol. Quise acercarme a ella y secar su piel, coger su mentón y decirle que no tenía por qué llorar; sin embargo, supe que no era mi deber. Ella fácilmente podría estar actuando, pensé. Porque si de algo estaba seguro, era que Olive era una muy buena actriz. Desvié la mirada de su rostro, negándome a seguir sintiendo un nudo en la garganta por ella, y terminé clavando la vista en el mismo lugar en el cual había estado paralizado tanto tiempo. Su vestido. ¡Por Dios!, pensé cerrando los ojos y recordando cada parte de éste. Era rosado, no del tipo extravagante que la caracterizaba, sino de uno más opaco que le sentaba mucho mejor, sobre todo con el tono ligeramente bronceado de su piel.

