―¿Y…? ―inquirió Hanna apenas ingresé a casa. Su pregunta, alargando la letra exageradamente, me hizo sonreír. ―Te mandó saludos ―le respondí optando por saciar su curiosidad. ―¿En serio? ―chilló en un tono demasiado agudo. Mi mamá, que me había recibido junto a mi hermana, sonrió al ver su enorme sonrisa. Yo incluso pude ver lágrimas en los verdes ojos de Hanna, y ese brillo tan particular que solo la mención de Olive podía poner allí. ―Sip ―afirmé. De repente, ella me apretó contra su cuerpo en un efusivo abrazo. ―¿Le hablaste sobre mí? ¿Podrías pedirle que salga conmigo al centro comercial? Por favor, Ale ―su tono sumando al apretado abrazo, me impidió negarlo. ―Solo si prometes dejar de hacerme tantas preguntas ―negocié. Sin embargo, supe que aunque ella no aceptara el trato,

