📖 CapÃtulo 7 – El precio de la amistad
Mateo no entendÃa del todo por qué en los últimos dÃas habÃa un peso extraño en el ambiente del café. Los clientes habituales seguÃan llegando, las tazas seguÃan llenándose, pero habÃa algo distinto: miradas que antes no estaban, silencios que lo incomodaban.
Al principio pensó que era simple cansancio. Pero pronto notó que, en más de una ocasión, un hombre de traje oscuro se sentaba en la mesa del fondo, sin pedir nada más que un café que dejaba enfriar. Lo observaba con insistencia, como si cada movimiento suyo fuera digno de ser anotado en un cuaderno invisible.
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Una tarde, cuando el local estaba por cerrar, aquel hombre se acercó al mostrador.
—¿Usted es Mateo Fernández? —preguntó con voz grave.
Mateo, sorprendido, asintió.
—SÃ, ¿en qué puedo ayudarlo?
El desconocido dejó sobre la barra una tarjeta con letras doradas.
—Trabajo para el señor Alejandro Del Valle.
Mateo sintió un escalofrÃo recorrerle la espalda. El nombre del magnate era suficiente para poner nervioso a cualquiera, pero en su caso la tensión era mayor.
—El señor Del Valle quiere hablar con usted —continuó el hombre—. Mañana, en sus oficinas. No falte.
No hubo más explicaciones. El sujeto se dio media vuelta y salió del lugar, dejando tras de sà un silencio pesado.
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Esa noche Mateo no pudo dormir. La tarjeta sobre la mesa de su pequeño cuarto parecÃa un aviso de tormenta. ¿Por qué querrÃa verlo Alejandro? ¿Lo habrÃa descubierto todo?
Intentó convencerse de que no habÃa nada que temer. Él no habÃa hecho nada malo. Pero en el fondo sabÃa que en la vida de los poderosos, la verdad importaba menos que el orgullo.
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Al dÃa siguiente, se presentó en el edificio corporativo de los Del Valle. Era un lugar imponente, con ventanales que reflejaban el cielo y guardias en cada esquina. Mateo se sintió diminuto al entrar, con su ropa modesta y su andar inseguro.
Un asistente lo condujo hasta la oficina principal. Al abrirse las puertas de madera oscura, se encontró frente a Alejandro Del Valle, sentado tras un escritorio de mármol. El magnate no tardó en clavar en él una mirada frÃa.
—Asà que tú eres el famoso Mateo —dijo con un tono cargado de desprecio.
Mateo tragó saliva.
—Señor Del Valle… yo no entiendo por qué me ha llamado.
Alejandro se levantó lentamente, rodeando el escritorio como un depredador que estudia a su presa.
—No te hagas el ingenuo. Te he visto… o mejor dicho, me han contado de ti. Isabella parece haberse encariñado con tus conversaciones.
Mateo apretó los puños con fuerza.
—Con todo respeto, señor. Yo nunca le he faltado el respeto a su esposa. Solo soy un empleado en un café.
Alejandro sonrió con ironÃa.
—Precisamente. Y ahà está el problema. Mi esposa no deberÃa perder el tiempo con empleados de café.
El magnate se acercó más, hasta quedar frente a frente con él.
—Escúchame bien, muchacho. Mantente lejos de Isabella. No quiero volver a saber que cruzas palabra con ella. ¿Entendido?
Mateo sintió una mezcla de rabia e impotencia. Quiso responder, decirle que Isabella era una mujer libre, que nadie podÃa encadenar su voluntad. Pero se contuvo. SabÃa que un solo gesto equivocado podÃa costarle caro.
—Lo he entendido, señor —murmuró finalmente.
Alejandro asintió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Bien. Porque si no, te aseguro que puedo hacer de tu vida un infierno. Tú, tu familia, tus hermanas… todos.
Mateo palideció. Ahora entendÃa que no solo estaba en juego su propio destino.
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Al salir del edificio, el aire le pesaba en los pulmones. Caminó sin rumbo durante horas, intentando calmar la furia que hervÃa dentro de él. SabÃa que Alejandro lo subestimaba, que lo veÃa como un insecto insignificante. Pero más que eso, lo aterrorizaba la amenaza velada contra su familia.
Cuando llegó a casa, su hermana menor corrió a abrazarlo. Ese simple gesto lo hizo comprender que no podÃa dejar que el miedo lo venciera. Su familia dependÃa de él. Y, en cierto modo, también Isabella.
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Los dÃas siguientes Mateo evitó el café en los horarios habituales de Isabella. No querÃa arriesgarse a ponerla en peligro. Sin embargo, ella notó su ausencia y decidió buscarlo.
Una tarde, lo encontró saliendo de la biblioteca pública con sus hermanas.
—Mateo —lo llamó suavemente.
Él se giró, sorprendido, y por un instante su corazón se aceleró.
—Señora Isabella… no deberÃa hablarme aquÃ.
—¿Por qué? —preguntó ella, acercándose.
Mateo dudó, pero finalmente confesó:
—Su esposo me citó. Me advirtió que me mantuviera alejado de usted. Dijo… que si no lo hacÃa, me harÃa pagar el precio.
Isabella sintió un escalofrÃo. Miró a las niñas que jugaban unos metros más allá y comprendió de inmediato lo que aquello significaba.
—No debió hacerlo —susurró con tristeza—. No debió involucrarlo a usted ni a su familia.
Mateo la miró con firmeza.
—No tiene por qué disculparse. Usted no tiene la culpa de cómo es su esposo.
Ella bajó la mirada.
—Lo que me duele es que tiene razón… si sigue ayudándome, lo arrastraré a un peligro que no merece.
Mateo dio un paso hacia ella, bajando la voz para que solo ella lo escuchara.
—Lo único que no merezco es quedarme de brazos cruzados mientras alguien como él la destruye.
Isabella lo miró a los ojos, y por un instante, todo el miedo se desvaneció. En ese silencio compartido, entendieron que el lazo entre ellos ya no podÃa romperse con amenazas.
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Pero Alejandro no se detenÃa. Al contrario, intensificó su vigilancia. Mandó a sus hombres a seguir los pasos de Mateo, a investigar cada aspecto de su vida. Pronto tuvo en sus manos un dossier con información sobre su familia, su situación económica, hasta las deudas de su madre fallecida.
—Un pobre muchacho con sueños grandes —murmuró al leer—. Veamos cuánto resiste cuando apriete un poco más.
Alejandro no querÃa solo asustarlo; querÃa destruirlo, hacerle entender que en su mundo no habÃa lugar para ilusiones ni para amores imposibles.
Lo que no sabÃa era que, al hacerlo, estaba encendiendo una chispa en Mateo. Una chispa que no tardarÃa en convertirse en fuego.