EL PRECIO DE LOS SUEÑOS

1162 Words
📖 Capítulo 2 – El precio de los sueños El amanecer en el barrio siempre llegaba con sonidos conocidos: perros ladrando, gallinas cacareando, radios viejas encendidas en volumen alto para competir con el ruido de los colectivos. Para Mateo, esos ruidos eran parte de su vida, pero no eran la música que quería escuchar siempre. Él soñaba con otro despertar: uno donde el ruido fuera reemplazado por el murmullo del mar, o tal vez el silencio de una biblioteca enorme, de esas que había visto solo en fotografías. A los diecisiete años, Mateo ya había probado el peso del sacrificio. Había dejado la escuela por un año para trabajar en la construcción, cargando bolsas de cemento y ladrillos que casi podían quebrar su espalda delgada. No lo hacía por gusto, sino porque su madre enfermó y las cuentas del hospital comenzaron a acumularse como montañas imposibles de escalar. El trabajo era duro y mal pago, pero le enseñó algo valioso: la resistencia. No solo física, sino mental. Cada vez que caía la tarde y el cansancio lo vencía, él se recordaba a sí mismo: “Esto no es mi final, esto es solo el comienzo.” Cuando pudo, regresó a la escuela nocturna y terminó sus estudios secundarios con honores. Sus profesores lo felicitaban, aunque a él le dolía que el título de bachiller no significara automáticamente un futuro mejor. El mundo parecía estar diseñado para los que tenían apellido o dinero. Y él no tenía ninguno de los dos. --- Una tarde, sentado en la plaza con sus cuadernos llenos de ideas, Mateo escuchó la conversación de dos hombres de traje que tomaban café en un bar cercano. Hablaban de inversiones, de acciones, de algo llamado “mercado bursátil”. Palabras nuevas para él, pero que despertaron su curiosidad como una chispa encendiendo pólvora. En los días siguientes, buscó libros de economía en la biblioteca pública. No entendía todo, pero lo poco que comprendía lo fascinaba. Descubrió que el dinero, ese recurso que siempre le había faltado, podía moverse, multiplicarse, crecer… si uno sabía cómo hacerlo. Empezó a escribir planes de negocios en un cuaderno azul que guardaba como un tesoro. Ideas de emprendimientos, cálculos, estrategias. Muchas veces se quedaba despierto hasta el amanecer haciendo números con una calculadora barata que le había regalado un vecino. —¿De qué te va a servir soñar tanto, Mateo? —le preguntó una vez uno de sus amigos del barrio, mientras jugaban un partido de fútbol en la calle—. Los ricos siempre serán ricos, y nosotros siempre vamos a ser pobres. Mateo lo miró serio y respondió: —Eso dicen los que se conforman. Yo no. Yo voy a cambiar mi destino, aunque me cueste la vida. --- Con el tiempo, consiguió un empleo en un pequeño café del centro, limpiando mesas y llevando bandejas. El sueldo era bajo, pero para él era una oportunidad: podía observar de cerca cómo funcionaba otro mundo. Hombres y mujeres bien vestidos, con relojes que costaban más que toda su casa, hablaban de negocios, viajes y proyectos. Él escuchaba en silencio, anotando mentalmente frases y conceptos. No se sentía menos que ellos, aunque supiera que no lo veían como un igual. Para la mayoría de los clientes, Mateo era solo “el mozo del café”. Pero en su interior, él se veía distinto: un aprendiz disfrazado, un observador paciente que algún día daría su propio salto. Fue en ese café donde volvió a ver a Isabella Montero. La misma mujer que años atrás había cruzado su mirada con él frente a un auto de lujo. Entró acompañada de un hombre alto, imponente, con un rostro severo y unos ojos fríos como cuchillas. Todos en el café parecieron tensarse con su presencia. Era Alejandro Salvatierra, uno de los empresarios más influyentes del país. Isabella, a su lado, parecía una joya en una vitrina: hermosa, elegante, pero con una tristeza que se escapaba incluso a través de su sonrisa educada. Mateo no pudo evitar observarlos mientras servía otras mesas. Y lo que vio lo hizo apretar los puños con rabia: bajo la mesa, Alejandro la había tomado del brazo con fuerza, tan fuerte que ella intentaba disimular el dolor. Nadie parecía notarlo, o tal vez todos fingían no verlo. En ese instante, Mateo comprendió algo: la riqueza no siempre era sinónimo de felicidad. Esa mujer, que parecía tenerlo todo, en realidad estaba prisionera. Y por primera vez, el joven soñador sintió que sus sueños no eran solo por él mismo, sino también por aquellos que vivían atrapados en jaulas invisibles. --- Esa noche, al llegar a su casa, Mateo abrió su cuaderno azul y escribió una frase en letras grandes: "El poder no se mide por lo que tienes, sino por lo que eres capaz de cambiar." Sabía que su camino sería largo. Que para llegar a un lugar donde pudiera realmente enfrentar a hombres como Alejandro, necesitaría más que sueños: necesitaba preparación, contactos, coraje. Y sobre todo, inteligencia. Comenzó a ahorrar cada peso que podía, guardando monedas en una caja de madera escondida bajo su cama. Su madre se preocupaba al verlo tan obsesionado, pero él la tranquilizaba: —Mamá, este sacrificio va a valer la pena. No siempre vamos a vivir así. Ella lo miraba con ternura, aunque en sus ojos cansados brillaba también un miedo silencioso: miedo a que el mundo aplastara a su hijo soñador. --- Un día, el destino le dio un pequeño empujón. Un cliente habitual del café, un abogado mayor llamado Don Esteban, notó el interés con el que Mateo escuchaba las conversaciones de negocios. Un mediodía lo llamó y le preguntó: —Muchacho, ¿a ti realmente te interesa lo que hablamos, o solo finges mientras sirves las mesas? Mateo no dudó en responder con sinceridad: —Me interesa. Quiero aprender. No quiero ser mozo toda mi vida. El hombre sonrió, intrigado por su determinación. A partir de entonces, comenzó a prestarle libros de derecho y economía, e incluso le explicaba conceptos en los ratos libres. Mateo absorbía cada palabra como si fueran gotas de agua en un desierto. Don Esteban se convirtió en una especie de mentor, el primero que creyó en él fuera de su familia. Y gracias a esa relación, Mateo comenzó a ver que sus sueños no eran imposibles: solo requerían paciencia, esfuerzo y la valentía de seguir adelante incluso cuando el mundo parecía reírse de él. --- Pero cada sueño tiene un precio. Cuanto más aprendía, más se daba cuenta de la distancia entre su realidad y el mundo al que aspiraba llegar. Esa brecha era dolorosa, a veces insoportable. Sin embargo, Mateo no se rendía. Al contrario, esa brecha era el combustible que lo impulsaba. Y sin saberlo, poco a poco estaba caminando hacia un destino donde sus sueños y los dolores de Isabella se cruzarían de nuevo, formando una historia marcada por la lucha, el amor y el riesgo.
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