Martes, 8:50 a.m.
Hoy era mi segundo día de trabajo en LuxorMark, una prestigiosa empresa ubicada en el corazón de Madrid.
Se especializaba en el márquetin de lujo, diseñando estrategias exclusivas para marcas de alta gama, desde relojes suizos y joyería fina hasta moda de diseñador y automóviles premium.
En particular, me sentía afortunada de haber conseguido este trabajo, ya que, debido a mis propios temores e inseguridades, llegué a pensar que nunca lo lograría. Es más, muchas empresas a las que me postulé me rechazaron por el simple hecho de tener un hijo pequeño y ser madre soltera, lo que me llevó a asumir que en LuxorMark ocurriría lo mismo. Al tratarse de un lugar tan reconocido y exigente, sentía que no sería capaz de cumplir con sus altos estándares o que, por tener un hijo, lo verían como una carga. Sin embargo, para mi sorpresa, no me desecharon de inmediato cuando se los mencioné. Evaluaron mis habilidades y mi experiencia, lo que me dio la oportunidad de demostrar que podía dar lo mejor de mí. Así que, finalmente, me habían contratado.
Entré al edificio y, justo en la recepción, me encontré con mi amiga Cristina, quien, de hecho, había sido quien me aconsejó trabajar ahí. Ella llevaba varios años en la empresa como administrativa y conocía perfectamente cómo funcionaba todo.
Cristina: — ¡Hola, Rebeca! ¿Qué tal?
— saludó una de mis compañeras.
— Hola, bien. ¿Y tú?
Cristina: — ¡Perfectamente! Hay que empezar el día con buena energía
— exclamó con ese entusiasmo suyo tan contagioso.
— Así es — comenté con una sonrisa, mientras caminábamos juntas por el pasillo.
Cristina: — ¿Qué tal tu primer día de trabajo ayer?
— Pues bien. Poco a poco me voy adaptando
Cristina: — Qué bueno. Ya sabes, cualquier cosa, aquí me tienes
— Lo sé y te agradezco por tu ayuda
— dije con sinceridad y nos detuvimos frente a su oficina.
Cristina: — No hay de qué, cariño. Yo siempre te voy a ayudar en lo que pueda
— Gracias
Cristina: — Bueno, nos vemos luego
— Sí, nos vemos luego. Por cierto, ¿sabes si el jefe ya regresó de su viaje?
Cristina: — Diría que no, porque no lo he visto. Tenía previsto estar fuera unos cuatro días por unos asuntos pendientes, pero no estoy segura de cuántos días no estará. Además, con la carga de reuniones y compromisos que suele tener, quizás no lo veas en toda la semana. Siempre está ocupado
— ¡Ah!
Cristina: — Pero no te preocupes, algún día se aparecerá y ya lo conocerás
— Bueno
Nos despedimos con una sonrisa y seguí mi camino hasta el ascensor para subir a mi oficina, ubicada en la cuarta planta.
Al llegar, caminé por el pasillo y eché un vistazo a la oficina de al lado, situada justo frente a la mía. Ambas quedaban separadas únicamente por un corredor, y esa en particular pertenecía al CEO, el señor Elías Monteiro. La puerta estaba cerrada y no se percibía movimiento en su interior, lo que me llevó a suponer que Cristina tenía razón: probablemente aún seguía de viaje.
Sin darle más vueltas al asunto, aparté la mirada y entré a mi oficina.
En realidad, no podía evitar sentir curiosidad por saber quién era realmente ese CEO para el que trabajaría. Hasta ahora, solo conocía su nombre y algunos comentarios sueltos que había escuchado sobre él: que era un hombre reservado, bastante arrogante y poco amigable. Pero, al final, eran solo suposiciones. Quizás no fueran ciertas… aunque si lo eran, yo tendría que aprender a lidiar con ello y mucho más sabiendo que todos los días y en todo momento iba a interactuar con él.
10:22 a.m.
Justo acababa de organizar unos informes cuando revisé mi correo y vi que me había llegado una nueva tarea por hacer.
Como el señor Monteiro no estaba, me enviaba las asignaciones por correo para que las tuviera listas en su ausencia, como en esta ocasión.
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De: Elías Monteiro
Para: yo
Asunto: Asignación de tareas
Buenos días,
Necesito que prepares los documentos que te adjunto y los dejes sobre mi escritorio una vez estén listos. Asegúrate de que todo esté en orden antes de entregarlos.
Elías Monteiro
CEO de LuxorMark
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Leí el correo y enseguida me puse a hacer lo que pedía.
Imprimí los documentos adjuntos y, mientras esperaba a que salieran, noté que el mismo hombre de ayer entró nuevamente a la oficina del señor Monteiro.
Era un hombre trajeado, alto, con una barba fina y bien definida. Su porte elegante resaltaba a simple vista, pero lo que más me llamó la atención desde la primera vez que lo vi fue la expresión en su rostro: irradiaba seguridad en sí mismo, o al menos, eso parecía.
Desde ayer lo había visto entrar y salir varias veces de esa oficina, dejando o recogiendo cosas. Y eso me hacía pensar que debía ser alguien de confianza del señor Monteiro, porque entraba con toda seguridad, abriendo la puerta sin titubear, como si le perteneciera.
Las hojas terminaron de imprimirse, así que las ordené y me debatí por un momento si debía o no ir a la oficina, sabiendo que ese hombre estaba dentro. Sin embargo, se me ocurrió que podía aprovechar para ver de quién se trataba y, de paso, presentarme. Al fin y al cabo, siendo nueva, debía hacerme conocer por quienes trabajaban cerca de mí y, si él tenía algún puesto importante, sería bueno establecer un primer contacto.
Así que, sin pensarlo más, tomé los documentos y caminé hacia la oficina.
— Hola, buenos días — saludé con una sonrisa cordial cuando crucé la puerta.
El hombre levantó la vista de unos documentos y me miró con expresión indiferente.
Elías: — Hola
— Venía a dejar unas cosas para el señor Monteiro — comenté con amabilidad, acercándome al escritorio para dejar los papeles.
Elías: — ¿Quién eres?
— Soy Rebeca Álvarez, la nueva asistente del señor Monteiro — respondí con naturalidad, sintiendo su mirada evaluándome.
Elías: — ¡Ah! — soltó, como si la información no le interesara demasiado y volvió a concentrarse en los documentos que tenía en su mano.
Entonces esperé unos segundos, dándole la oportunidad de presentarse, pero no parecía tener intención de hacerlo. Pero yo, tratando de no quedarme callada y para parecer más amable, decidí seguir hablando.
— Llevo solo dos días trabajando aquí, pero me va bien — comenté, intentando romper el hielo.
Él levantó nuevamente la mirada, ahora un poco más atento, aunque su expresión seguía siendo algo distante.
Elías: — ¡Ah! Bien por ti — comentó con una sonrisa forzada, casi como si fuera más por obligación que por genuino interés.
Luego, dejó los papeles sobre la mesa, levantó la mirada y me observó con algo que podría haber sido curiosidad, aunque su expresión permaneciera seria.
Elías: — Supongo que ya conoces al CEO — dijo, metiéndose las manos en los bolsillos, como si estuviera evaluando la situación, observándome de manera más detenida.
— Lo he visto en una foto que está en la página web de la empresa y vi que es un hombre de cabello castaño y no tiene barba, pero en persona, aún no lo conozco. Aunque me han hablado de él
Elías: — Parece que tienen que actualizar esa foto
— ¿Por qué?
Elías: — Porque ahora se ve diferente
— ¡Ah! ¿Y tú lo conoces?
Elías: — Sí
— Ah… Lo suponía — dije lanzando una risa nerviosa, intentando suavizar la tensión, pero él no respondió con una sonrisa, solo me observó en silencio, lo que hizo que me sintiera un poco incómoda.
— Bueno, ha sido un gusto conocerte. Me dejaré de cháchara y volveré a trabajar — concluí con una sonrisa amable antes de girarme para salir de la oficina.
Regresé a la mía y me dejé caer en la silla, soltando un leve suspiro.
Al instante, miré de reojo hacia la oficina de enfrente y alcancé a ver a aquel hombre, y para mi sorpresa, él también me estaba observando.
Fueron solo un par de segundos, pero su mirada era difícil de descifrar. No sabía si me analizaba con curiosidad, desinterés o algo más.
Qué tipo tan raro.
Finalmente, me giré hacia la pantalla de mi ordenador y me puse a trabajar, concentrándome en mis tareas.