Jueves, 11:21 a.m.
Poco a poco iba tomando el ritmo de la dinámica en el trabajo y podría decir que ya me estaba adaptando a la rutina. Lo más importante era que me gustaba mi trabajo, que las tareas no eran tan monótonas ni complicadas, y me sentía bastante cómoda con lo que hacía. Cada día, me sorprendía más lo bien que encajaba en el equipo y cómo, aunque el ambiente fuera exigente, me sentía capaz de seguir el ritmo sin problemas.
Entonces, mientras descansaba un rato para tomar un respiro, Cristina apareció en la puerta de mi oficina.
Cristina: — ¿Qué tal va todo, Rebeca? ¿Te has ido adaptando bien?
— Sí, la verdad es que sí. Todo va bien, me siento cómoda con las tareas y el ambiente — respondí, sonriendo.
Cristina: — Qué bien. ¿Puedo pasar?
— Sí, pasa
Cristina: — Venía para preguntarte cómo vas con todo, y también para comentarte que mi compañera Sofía a veces te pedirá algunas cosas o te dejará documentos para Elías. Si no se los da directamente a él, te los traerá a ti
— Ah, vale
Cristina: — Ya le diré que suba algún día a tu oficina para que la conozcas
— Muy bien. Oye, ¿tú sabes quién es ese hombre que entra constantemente a la oficina de Elías?
Cristina: — ¿Quién? ¿Hay alguien que se mete a su oficina?
— Sí, lo he visto unas cuantas veces hacerlo
Cristina: — Ah, sí. Puede ser Omar. Es uno del grupo financiero y siempre está en contacto con Elías.
Suele ser bastante callado y reservado
— ¡Eso! Eso es lo que pensé. La vez que le hablé no me dijo su nombre, solo me miró y fue todo un poco… incómodo
Cristina: — Sí, es así. Su actitud puede resultar un poco fría y hasta cortante.
Hasta donde tengo entendido, parece que está buscando salir de la empresa
— ¿De verdad? ¿Por qué?
Cristina: — Se ve que no está conforme con la manera en que las cosas están funcionando. Dice que es demasiado exigente y que ya no quiere estar aquí, que ya no le gusta el ritmo. Yo creo que está exagerando un poco, pero es posible que lo veamos irse pronto
— Ah
Cristina: — Sí… Su reemplazo será Nicolás. Él lleva trabajando bastante tiempo aquí y es muy diferente a Omar. Él es más amigable
— Entiendo
Cristina: — Bueno, tengo que volver a trabajar
— Sí, claro
Cristina: — Nos vemos pronto — dijo dirigiéndose a la puerta.
— Chao
Unos minutos después.
Me puse de pie y me dirigí a la oficina de Elías para dejar una carpeta que me había pedido que ordenara. Sabía que él no estaba, así que ni siquiera me molesté en llamar antes de abrir la puerta cerrada. Sin embargo, lo que no esperaba era encontrar a alguien allí.
Apenas puse un pie dentro, vi al que se suponía que era Omar, recostado contra el escritorio, absorto en su teléfono.
— Oh, lo siento… No sabía que había alguien aquí — dije rápidamente, un tanto sorprendida.
Omar me miró y levantó la mirada sin decir nada, solo dejando su teléfono sobre el escritorio.
— Venía a dejar una carpeta — respondí, un poco incómoda y Omar se enderezó.
Elías: — Déjala ahí en el armario junto a las otras. ¿Ya está ordenada?
— Sí, ya está ordenada — respondí, desconcertada, porque no sabía cómo él podía estar tan al tanto de la carpeta.
Elías: — Vale
Puse la carpeta en el armario y después le miré.
— Por cierto, ¿te llamas Omar?
— pregunté, algo confundida y él alzó una ceja.
Elías: — Hasta donde yo sé, mis padres no me llamaron así — comentó con una leve sonrisa, pero sin mostrar mucha expresión.
— ¿Y cómo te llamas?
Elías: — Soy Elías Monteiro — dijo, sin inmutarse. Me estrechó la mano, y con su respuesta, mis ojos se abrieron de par en par, y mi mente dio vueltas, tratando de procesar la información. Le estreché la mano y noté que la apretó fuerte, no para hacerme daño, pero sí con firmeza.
— ¿Elías? ¿El CEO? — pregunté, titubeante y con algo de miedo.
Elías: — Ese mismo — respondió, soltando mi mano con una ligera sonrisa.
«Tierra trágame ya por favor», pensé, sintiéndome avergonzada.
— Perdón, lo había estado confundiendo con alguien más, pensé que se llamaba Omar. No sabía que era usted. De verdad, perdóneme — dije, apenada, mientras notaba que él contenía una sonrisa, como si la situación le pareciera algo graciosa, pero al mismo tiempo sentí que, en el fondo, él ya sabía que el no haberme dicho su nombre había sido la razón de mi confusión.
Elías: — No te preocupes. Aunque sí me parece extraño que no me hubieras reconocido antes — comentó, manteniendo una expresión tranquila, pero con un toque de arrogancia en su voz, como si estuviera acostumbrado a ser reconocido por todos a su alrededor.
— Quizás sí, pero si me hubiera dicho su nombre al principio, no lo hubiera confundido — contesté, intentando restarle importancia al asunto, pero notando que mi voz sonaba más nerviosa de lo que quería.
Elías: — Igualmente, tendrías que haberlo sabido — respondió, con una mirada fija y fría, como si fuera una obviedad. En ese momento, me di cuenta de que lo que decían de él, que era poco amigable y confiado en sí mismo, parecía ser cierto. Incluso podría decir que su actitud desprendía un aire de soberbia.
— Ajá…
Elías: — Puedes volver al trabajo. Por la mañana te envié una lista y seguramente te queden varias cosas por hacer — dijo, y se fue a su escritorio para sentarse.
— Vale — dije y me di la vuelta.
Salí de la oficina y lo primero que me vino a la mente fue que no podía creerlo. Este hombre, que había confundido con otro, resultaba ser Elías Monteiro, o sea, mi jefe.
Y después estaba el dato de que él parecía ser una persona difícil y exigente, lo que me causaba una mezcla de respeto y temor.
No sabía si estaba preparada para lidiar con alguien así, pero una cosa era segura: tendría que estar alerta para no equivocarme otra vez, porque si lo hacía, ya no sería una simple metida de pata, sino una idiotez.