Mi jornada ya casi llegaba a su fin. Trabajaba de lunes a viernes de nueve de la mañana a cinco de la tarde, y ya casi iba siendo hora de cerrar la oficina, pero todavía me quedaban unos minutos.
Así que, con todas mis tareas ya terminadas, decidí aprovechar ese tiempo libre para organizar algunas carpetas en el estante empotrado en la pared, justo al lado de mi escritorio.
Tomé una carpeta y, en el momento en que la colocaba en su respectivo espacio, escuché una voz femenina en el pasillo, y de inmediato, supe que era Gisela.
Me giré y vi hacia la oficina de Elías que estaba situada justo frente a la mía.
La puerta se abrió y lo vi salir, con su andar firme y seguro. Pero lo que capturó mi atención fue Gisela que se acercó a él con una rapidez y una emoción descarada. Sin pensarlo dos veces, se lanzó sobre él con una sonrisa radiante y rodeó su cuello con los brazos, pegándose a su cuerpo. Y luego, lo besó.
Mientras tanto, yo me quedé mirándolos con una expresión de disgusto, no porque le tuviera odio a la mujer, sino porque esas escenas habían sido demasiado repetitivas y molestas en las últimas semanas. Gisela venía siempre a la misma hora a visitar a Elías, y lo mismo ocurría una y otra vez: le besaba, lo manoseaba, y todo eso lo sabía porque lo hacía en el pasillo, a veces sin importarle que yo estuviera en mi oficina, donde todo se veía claramente.
Y lo peor era que, cuando entraban a la oficina, ella, aposta, dejaba la puerta abierta como si yo no estuviera al otro lado, como si no le importara que los viera. En realidad, me resultaba extraño. No entendía por qué lo hacía, porque bien podría cerrar la puerta y disfrutar de más intimidad, pero no lo hacía. Y Elías tampoco lo hacía, porque ella nunca lo soltaba ni siquiera para irse, así que no tenía opción.
Además, me había dado cuenta de que casi siempre eran besos rápidos, ya que Elías correspondía el gesto, pero se separaba de ella en cuestión de segundos, tal vez por incomodidad, consciente de que yo los estaba observando.
Y no es que siempre los viera besarse, porque cuando eso ocurría, intentaba desviar la mirada por respeto a su espacio. Sin embargo, muchas veces, por chismosa, no podía evitar quedarme observando. Porque, ¿qué podía hacer? Con la puerta abierta, todo era visible. Así que, al final, no era mi culpa.
Entonces, observé cómo las manos de Gisela se deslizaban por la espalda de Elías, cómo su cuerpo se pegaba más al de él, con deseo… o quizá posesión. Pero bueno, ella tenía derecho de hacerlo, al fin y al cabo, era su novia.
Elías, en cambio, se quedó quieto, como siempre. No la tocó demasiado, solo tenía una de sus manos en la espalda de ella y no le correspondió con entusiasmo.
Solo le devolvió un beso rápido, un simple roce de labios que se vio más como un gesto automático que como un acto de verdadero deseo. De hecho, durante el beso, él tenía los ojos abiertos, como si no estuviera realmente pendiente del momento ni de disfrutarlo. Quién sabe por qué.
Y en ese instante, su mirada se alzó y se encontró con la mía.
¡Mierda!
Aparté la vista de inmediato y volví a centrarme en mis carpetas, fingiendo que no había visto nada. No quería que pensara que estaba de metiche en su momento íntimo con su novia… Aunque, siendo realista, si lo era. Pero tampoco tenía que ser tan evidente, no quería que él pensara que me interesaba demasiado su vida privada.
Finalmente, terminé de ordenar las carpetas y recogí mis cosas. Ahora sí, estaba lista para irme a casa.
Salí de mi oficina y miré por última vez a la pareja de tortolitos. Gisela se percató de mi presencia, y en ese momento, noté cómo deslizó su mano por el pecho de mi jefe, claramente consciente de que yo la estaba observando. Por lo que no pude evitar sentirme molesta, porque lo hizo con una notoria intención, como si intentara hacerme saber que Elías tenía dueña. Es más, no era la primera vez que se mostraba de esa manera.
Qué sinvergüenza…
Dejé de prestar atención a esa escena que irritaba mis ojos y me fui.
Subí al ascensor y, al llegar al primer piso, me encontré con Cristina, que a parte de ser mi compañera de trabajo también se había compartido en mi amiga.
Cristina: — ¡Hola, Rebeca! ¿Cómo te va? — saludó con una sonrisa mientras se acercaba a mí.
— Todo bien, gracias. ¿Tú, cómo estás?
Cristina: — Muy bien. Ahora me voy a casa a descansar y a pasar un rato con mi familia
— Ah, qué bueno
Cristina: — ¿Tu pequeño, cómo está?
— Está bien
Cristina: — Yo sé que lo cuidas mucho, se nota que eres una madre muy dedicada — dijo con una sonrisa y una actitud segura, como si lo dijera con certeza.
— Sí, por supuesto. Oye, ¿tu marido qué tal? ¿Ya está mejor de la espalda?
Cristina: — Sí, ya está mejor. Ya ha vuelto a trabajar y ahora que llegue a casa le preparo la cena y vamos a pasar un rato juntos, que ya llevamos tiempo sin tener tiempo para nosotros — comentó con un guiño de ojo y un tono de voz cómplice.
— ¡Ah! Claro — respondí con una risa nerviosa.
Cristina: — Bueno, guapa, nos vemos mañana
— Sí, no te voy a retrasar, que tu marido te estará esperando — respondí con una sonrisa juguetona.
Cristina: — Sí, no lo dudo. Chao, cariño, me voy
— Nos vemos, cuídate
Cristina: — Igualmente
Después de despedirme de Cristina, me dirigí al estacionamiento, busqué mi auto y emprendí el camino a casa.
17:55 p.m.
Llegué a casa, dejé mis cosas en la entrada y fue cuando escuché la voz de Silvia.
Silvia: — ¡Hola, ya llegaste! Justo estaba preparando un té. ¿Quieres uno?
— preguntó desde la cocina.
— Vale — respondí mientras me acercaba a la sala.
Al instante, escuché unos pasitos apresurados por el pasillo y, en cuestión de segundos, Benjamín apareció corriendo con su pijama puesto y una sonrisa enorme en el rostro.
Benjamín: — ¡Mami! — exclamó, lanzándose a mis brazos. Me agaché de inmediato para recibirlo, y él se aferró a mi cuello. Lo abracé con fuerza y besé su mejilla.
— Hola, mi amor. ¿Ya comiste?
Benjamín: — Sí
Silvia: — Acabo de prepararle un plato con frutas y algunas galletas que quería — dijo desde la sala y en sus manos traía dos tazas de té, una para mí y otra para ella.
— Muy bien. ¿Cómo te fue en el cole? ¿Te la pasaste bien?
Benjamín: — Sí, te hice un dibujo
— ¡Ah! Gracias. Después me lo enseñas
Benjamín: — Vale
Benjamín y yo fuimos hasta la sala, y me senté en el sofá junto a Silvia, quien colocó las dos tazas de té sobre una mesita frente a nosotras
Silvia: — ¿Qué tal en el trabajo?
— Bien. Nada peculiar… ¡Ah! Bueno, sí
Silvia: — ¿Qué pasó?
— Ahora te lo cuento. ¿Benjamín, te pongo la televisión? — pregunté, y él asintió.
Encendí el televisor y Benjamín, como siempre, se dejó caer sobre la alfombra, completamente concentrado en los dibujos animados.
De tal manera que Silvia y yo podíamos hablar sin que Benjamín escuchara nuestra conversación, ya que no me parecía correcto que lo hiciera.
— Bien. Digamos que el entretenimiento de hoy fue ver cómo la novia de mi jefe se lo comía delante de mí
Silvia: — ¿Y eso?
— Se llama Gisela y hasta donde sé, son novios desde hace unas semanas, porque desde entonces siempre aparece a la misma hora en la oficina de mi jefe
Silvia: — ¿Y cómo lo sabes? ¿Los espías?
— No, es porque su oficina y la mía está justo enfrente la una de la otra
Silvia: — ¡Ah! Es verdad, una vez me lo dijiste
— Entonces, cada vez que ella llega, le da un beso rápido y lo toca como si quisiera marcar territorio. Y lo peor es que lo hace con la puerta abierta, como si yo tuviera que verlo todo. Estoy segura de que lo hace aposta
Silvia: — ¿De verdad crees que lo hace a propósito?
— Sí, porque en varias ocasiones, cuando lo hace, noto que ella me mira disimuladamente. Es como si supiera que la estoy observando por unos segundos, y entonces le da un beso más fuerte o lo toca de forma aún más evidente. De hecho, hoy lo hizo. Mientras los miraba, pasó y restregó su mano por el pecho de él
Silvia: — Ah, pues sí lo hace a propósito, porque si dices que hasta deja la puerta abierta…
— Sí, nunca la cierra, aunque tiene la oportunidad. Y no es que me guste estar viéndolos, pero es muy incómodo.
A veces se me va la vista sin querer
Silvia: — Claro, no puedes evitarlo. Yo también creo que está siendo demasiado obvia. Pero, quizás lo haga porque ve en ti una posible competencia
— ¿Competencia? Ni que le fuera a quitar a su novio — respondí, tomando un sorbo de té. Entonces, Silvia me miró con una expresión incrédula.
Silvia: — Ajá, claro…
— No le quitaría al novio, ¡no inventes!
Silvia: — Bueno, tal vez no le vayas a quitar el novio, pero admítelo, tu jefe te parece guapo
— No, eso era antes, cuando no me regañaba y me culpaba por cosas que no hago. Pero desde que lo hizo, toda su “belleza” se quedó atrapada bajo esa fachada de terco que se ha formado
Silvia: — Ja, ja, vaya, ¡qué cambio de perspectiva! Pero me imagino que lo que está pasando con Gisela también te afecta, ¿no?
— Sí, me incomoda mucho, porque mientras yo estoy trabajando, ellos están besándose delante de mí, y yo aquí, toda sola, sin recibir ningún beso de nadie
Silvia: — Ja, ja, pues sí, pero ya verás cómo algún hombre se fijará en ti. Dentro de poco serás tú la que estará besuqueándose con su novio delante de los demás, y ellos pensarán lo mismo que tú piensas ahora
— Ja, ja, seguramente
Silvia: — En fin…
— Ni modo, casi todos los días tengo que aguantar a esa pareja de tortolitos. Sé que no me tiene que importar porque tienen derecho de hacer lo que les apetezca, pero a veces… quizás también me da un poco de celos verlos así. Solo es porque yo quisiera estar en su lugar… O sea, no en vez de ella, sino tener a alguien que me quiera
Silvia: — Ajá
— Sí, es solo por eso
Silvia: — Si tú lo dices… — dijo como si supiera algo que yo no, pero lo ocultó rápidamente.
— La verdad, se me hace curioso ver que él haya encontrado pareja siendo como es. Es tan terco y siempre tan molesto, no lo soporto
Silvia: — Pero es guapo
— Ya. Quizás esa haya sido la razón principal para que haya encontrado novia
Silvia: — Seguramente. Aunque también podríamos considerar el hecho de que tiene bastante dinero y que a algunas eso les interese más
— También
Silvia: — O mira, quizá él parece ser una cosa, pero por dentro es completamente diferente. Tal vez es mucho más simpático, una buena persona
— ¿Tú crees?
Silvia: — No sé
— Suena raro, pero quién sabe
Silvia: — A veces las apariencias engañan...
— Así es. Pero con respecto a Elías, no sé si esas apariencias van a cambiar
— comenté, riendo un poco, y ella también soltó una pequeña risa.
Silvia: — Pues, si llega a cambiar, ¡sería un milagro! — dijo, bromeando.
— Ya ves...