Una semana y media después.
15:28 p.m.
Estaba acabando de redactar la última línea de un documento, y al finalizar, me distraje por un momento y me relajé un poco.
Al instante, una repentina necesidad de un café me invadió, así que me levanté de mi escritorio y caminé hasta el pasillo.
A pocos pasos de mi oficina, en el centro del pasillo, había una pequeña sala de descanso con paredes de vidrio completamente transparentes, a diferencia de las de mi oficina o la de Elías, que estaban cubiertas con vinilo esmerilado para preservar la privacidad. Era un espacio compartido únicamente por Elías y por mí, ya que éramos los únicos en esa planta.
Allí había una estantería con algunas frutas frescas, una cafetera, un hervidor eléctrico para preparar té, un microondas y una pequeña nevera. Aunque era un área común, Elías apenas lo utilizaba, así que yo lo aprovechaba al máximo. Sobre todo, usaba la nevera para guardar mi almuerzo o algún snack, y el microondas me resultaba bastante funcional para calentar la comida que traía de casa. Era un rincón sencillo, pero útil, que me facilitaba mucho el día a día.
De pronto, en eso que me acercaba a la sala, vi a Elías allí adentro tomando su café con total tranquilidad.
En realidad, no quería estar ahí con él, porque sabía que iba a ser incómodo, pero como ya me había visto, no pude darme la vuelta y volver a mi oficina, así que seguí mi camino.
Al llegar, le sonreí ligeramente, y me dirigí a la máquina para preparar mi café.
El aire estaba tan silencioso que la presencia de Elías cerca me ponía inquieta. Es más, por eso no me atreví a mirarlo directamente, pero sentía que él me observaba.
Mientras tanto, me quedé mirando la cafetera, que parecía ir más lenta de lo normal, haciendo que la incomodidad del momento se intensificara.
Segundos después, decidí romper el silencio entre Elías y yo porque no lo soportaba más.
— ¿Quiere que le entregue los informes de la última campaña? — pregunté, atreviéndome por fin a mirarlo.
Pero en cuanto lo hice, noté algo que nunca hubiera imaginado. Su mirada no estaba en su café, ni siquiera en otro lado. Estaba fija en mis caderas… o quizás en mi trasero. Por eso mi respiración se detuvo un segundo, y él, al notar que lo observaba, levantó la mirada sin prisa, encontrándose con la mía. Pero lo más curioso fue que no mostró ni el más mínimo atisbo de vergüenza. Ni un intento de disimulo. Era como si no le importara en absoluto que lo hubiera descubierto.
Elías: — Sí, por favor. En cuanto puedas — respondió con calma.
Tragué saliva, y asentí a sus palabras.
Volví a centrarme en mi café, fingiendo que nada había pasado, pero mi corazón latía con fuerza. Nunca me habría imaginado a Elías mirándome de esa forma.
Finalmente, cuando la cafetera terminó, volví a sonreírle, esta vez más forzadamente, y me alejé rápidamente sin decir nada.
Regresé a mi oficina con la mente llena de desconcierto por lo que acababa de presenciar. Era verdad que, en cierta manera, él tenía derecho a mirar lo que quisiera, al igual que yo lo había observado en más de una ocasión en lugares donde quizá no debía. Pero aun así, me resultaba extraño. Nunca antes me había dado cuenta de que también lo hacía, o tal vez simplemente nunca lo había considerado.
Me dejé caer en mi silla, intentando concentrarme en mi trabajo, pero mi mente comenzó a divagar. Entre los pensamientos que iban y venían, uno destacó sobre los demás: hacía una semana que no veía a Gisela junto a Elías.
Desde entonces, no había vuelto a aparecer por la oficina de mi jefe, lo que me llevaba a especular sobre las razones. Tal vez estaba ocupada y simplemente no tenía tiempo para visitarlo en el trabajo. O quizá, aunque menos probable, su relación había terminado… Era una posibilidad poco creíble, pero aun así, no podía evitar considerarla.
16:15 p.m.
Estaba revisando unos documentos cuando vi a Elías entrar en mi oficina con una carpeta en la mano.
Elías: — Señorita Álvarez, en esta carpeta ordene todos los archivos que le dije ayer — dijo, dejando la carpeta sobre mi escritorio.
— Vale, ahora me pongo a ello
— respondí, jalando la carpeta hacia mí. Justo en ese momento, vi a Sofía aparecerse en mi oficina.
— Hola, Sofía, ¿qué necesitas? — le pregunté, pero justo cuando iba a contestar, su mirada se desvió hacia Elías, y lo saludó.
Sofía: — Buenas tardes, señor Monteiro
Elías: — Buenas tardes
— ¿Y bien, qué necesitas?
Sofía: — ¿Me puedes dar el documento que te pedí esta mañana? — preguntó, pero yo no sabía a cuál se refería.
— ¿El documento?
Sofía: — Sí, el que te dije — insistió, aunque me pareció que lo decía más como una excusa para quedarse un poco más y no porque necesitara ese tal documento.
— Vale…
Elías: — Por cierto, Sofía, ahora que la he visto, me he acordado de que usted supervisa la planificación de las campañas, ¿cierto?
Sofía: — Sí, así es. ¿Necesita algo?
Elías: — Quiero que revise los últimos resultados de la campaña de lujo y se asegure de que el equipo de diseño tenga listas las nuevas creatividades para la presentación del viernes. Mándeme un resumen de los cambios propuestos antes de mañana
Sofía: — Entendido
Elías asintió sin añadir más y salió de mi oficina, se fue a la suya y cerró la puerta tras él con un movimiento seco.
— ¿De qué documento estás hablando? No me has pedido nada esta mañana
— comenté, desconcertada.
Sofía: — ¡Ah! No es nada, era solo una excusa para venir a charlar contigo
— ¡Ah! ¿Tienes libre ahora?
Sofía: — Sí. ¿Tú estás ocupada?
— Tengo que hacer unas cosas, pero me tomaré un rato libre, así que toma asiento
Sofía: — Okay. Parece que el señor Monteiro está de mal humor
— ¿Tú crees?
Sofía: — Definitivamente. Quizás sea por lo de Gisela
— ¿A qué te refieres? Porque ya no se ha pasado por aquí, ¿verdad?
Sofía: — Sí, exacto. Pensaba que era la única que se había dado cuenta. Lo supe porque siempre la veía entrar en la empresa desde mi oficina, que da justo a la entrada. Además, sabía que era ella por el perfume, porque con todo lo que se echaba llenaba toda mi oficina al pasar
— Sí, yo también me di cuenta de eso. Parece que se echaba todo el bote de perfume
Sofía: — Sí. Según lo que me contó una amiga, que conoce a Gisela, Elías la terminó hace unos días
— ¿Por qué?
Sofía: — No lo sé — respondió, encogiéndose de hombros.
— Mi amiga solo dijo que Gisela estaba furiosa, pero no quiso contar detalles
— Sabes, justamente estaba pensando en esa posibilidad, pero no la veía tan probable
Sofía: — Pues ya ves, otra vez está soltero. Pero ya se veía que no iba a funcionar su relación, porque ella no era para él
— Ya…
Sofía: — Pues sí… ¿Y tú qué tal?
— Bien
Sofía: — Qué bueno. A ver si algún día salimos por ahí a divertirnos un rato
— Sí, podemos quedar un día. Quizás este fin de semana
Sofía: — Suena bien. Si quieres, podrías venir a mi casa y preparamos una parrillada
— ¡Ah! Suena genial. Además, Benjamín se podrá distraer y jugar con tus hijos. Al fin y al cabo, ya se conocen
Sofía: — Claro. ¿Quedamos este sábado o el domingo?
— El sábado mejor
Sofía: — Vale, quedamos así entonces
— mencionó poniéndose de pie.
— Bueno, seguiré trabajando
— Sí, yo también
Sofía: — Nos vemos luego
— Adiós
Sofía marchó y, al quedarme sola, me puse a ordenar los archivos en la carpeta que Elías me había pedido. Sin embargo, mis pensamientos seguían atrapados en lo que Sofía había dicho y en que mis suposiciones sobre los tortolitos se había cumplido.
Si realmente Elías y Gisela habían terminado, eso explicaba su ausencia… y quizá también su mal humor. Aunque yo no me había percatado, porque desde lo ocurrido, lo veía como siempre: sereno y distante. A pesar de eso, si Sofía decía que él se veía diferente, quizás era cierto.
Pero, ¿qué había pasado entre Gisela y Elías para que él la terminara? Solo ellos lo sabían.
Lo cierto era que no tendría que volver a estar incómoda mirando cómo esa mujer se comía a besos a Elías, ni mucho menos tener que soportar su perfume intenso y molesto inundando cada rincón del pasillo.
Así que, en cierta manera, me sentía feliz por eso.