El cuerpo de Mia se sentía pesado, tanto que la sensación de tedio la abrumaba hasta más no poder. Se sentía incómoda, odiaba que su piel estuviera reacia a las caricias de su prometido, odió que ya no le transmitieran calor ni serenidad, más bien las encontraba insípida. La culpabilidad la carcomía hasta la médula, porque un par de noches antes había estrechado la mano de Eliot y sintió que levitaba en una nube de paz y armonía. Su alma lloró en silencio mientras intentaba corresponder el amor que le daba Éber, el hombre al que debía amar. Todo habría sido muchísimo más sencillo si el huracán de cabello castaño no hubiese regresado a desordenar su vida, lo peor era que Mia deseaba que ese desastre fuese quien la besaba en ese momento. El nombre de Eliot hizo eco en sus recuerdos, ecos

