Gresham era un lugar hermoso, desde la entrada hasta la salida. La vibra de las personas era diferente a la que encontraba en las calles de Nueva York. Todo el mundo era amable, te atendían con una sonrisa en el rostro y te mostraba que la vida no es solo humo de escape y sonido de bocinas. Había que detenerse a vivir la vida, y nadie mejor que ellos para enseñar que la existencia es una bola de colores que brilla en la noche. Habíamos llegado un día antes y nos preparamos para el momento en el que veríamos el rodeo en una parte recóndita del pueblo. Keith, durante el tiempo que estuvimos juntos en Nueva York, me habló mucho de ese lugar. Sentía verdadero cariño por sus raíces, como todo un buen ciudadano. Con el paso de los días y lo íntimo que nos volvimos, me contó que estaba preparand

