Narra Isla Hall.
Mis ojos pesan, pero la alarma suena sin cesar avisando que ya es hora de levantarme, si es que quiero llegar temprano al trabajo.
Me siento en la cama y me desperezo, buscando estirar mis músculos, cuando las náuseas matutinas me hacen encogerme en el lugar. Respiro profundo y lento, para intentar aplacar la mala sensación, pero termino corriendo dos segundos después con rumbo al baño y hacia mi único amigo últimamente: el retrete.
Devuelvo la nada que tengo en el estómago y cuando me siento más aliviada, me levanto y me aseo, sin apenas mirarme al espejo para no ver mi cara demacrada y las bolsas oscuras bajo mis ojos.
Estas últimas semanas no me han llevado nada bien. Creo que en vez de aumentar de peso solo lo he perdido, y no es por mala alimentación, porque en eso soy estricta y cuido mucho de la salud de mi bebé. Pero las náuseas han sido una molesta constante a toda hora.
—Pensé que pasarían después de las primeras semanas —reclamo, con mis manos apoyadas sobre el lavabo y la cabeza gacha, mientras respiro con calma.
Hablar sola se ha vuelto una rutina. Creo que es la única forma de no volverme loca, es mejor soltar mis pensamientos y dejarlos fluir, que retenerlos en mi cabeza.
Salgo del baño después de darme una rápida ducha, envuelta en una toalla y con el estómago rugiendo de hambre.
En ropa interior voy hasta la cocina a por mi vaso de leche fría. Alguien me dijo que era buena para controlar las náuseas y desde entonces, ha sido mi milagrosa forma de contenerlas, por lo menos durante unas horas.
Me siento en la barra de la cocina y pienso en lo que tengo que hacer hoy. Después de varias semanas por fin tengo una buena oportunidad para ganarme el puesto de trabajo que me gustaría tener. Desde que tuve mi fatal despedida con Mauro las cosas no han ido bien y me costó mucho encontrar de qué vivir, además de un lugar donde hacerlo y no tener que dormir bajo un puente.
La ironía detrás de todo es que Mauro no recordó nada de eso cuando me echó. Pienso en ello y me duele el pecho, pero no estoy en momentos de autocompasión, así que alejo esos pensamientos. Este día puede ser bueno y nada va a quitarme esa sensación. Menos lo hará el recuerdo doloroso de lo que sucedió hace un mes y que todavía sigo sin entender.
Una hora después, me bajo de un taxi que no debería permitirme, pero me digo que valdrá la pena. El edificio interminable frente a mí, de acero y cristal, se alza imponente en la avenida principal. La compañía para la que debo hacer esta presentación hoy tengo entendido que es una de las subsidiarias del imperio Vittalio, así como la mayoría de empresas que tienen su sede en este edificio. Encontrarme con él debería ser una de las posibilidades y este hecho fue uno de los riesgos que en un primer momento no quise correr, pero al pensarlo bien me di cuenta que de rechazar esta oportunidad, sería una estúpida.
Mauro no visita con frecuencia las pequeñas empresas y sería demasiado raro encontrarlo por aquí, aún más casual que venga el día en que yo tengo una presentación importante, así que me mentalicé para que el solo pensamiento de un encuentro no pasara por mi mente. O me negaría de todas las formas posibles.
Me aferro con fuerza a la correa del bolso que llevo con toda la documentación y tratando de controlar mis cabellos rebeldes que ya comienzan a hacer de las suyas, entro al edificio con seguridad. Pregunto en recepción el piso al que debo acceder y cuando tengo todo lo que necesito, subo al ascensor y me dirijo a mi destino.
Es imposible no sentirme nerviosa. De esta presentación depende el conseguir al fin una plaza fija que me permita respirar aliviada por un tiempo. Cuando comencé mi relación con Mauro, estúpidamente dejé de lado toda mi vida, incluyendo mi trabajo, porque a él le gustaba que viajáramos juntos cuando debía salir del estado. En aquel momento lo disfruté, sentí que había sido una decisión arriesgada, pero buena al fin y al cabo, porque Mauro me demostraba con creces que estábamos bien juntos.
Pero hoy lo considero el peor error de todos. Fui una estúpida por dejarlo todo por él aun sabiendo que no teníamos garantías de nada. Sin embargo, recordar todo lo que me prometió y cómo resultó luego eso, ahora no resolverá nada. Solo logrará que me hunda en una miseria que me avergüenza.
Cuando el ascensor se abre un minuto después, muestra una planta a primera vista increíble. Salas con paredes de cristal y enormes mesas rodeadas de sillas de cuero dan una muy buena impresión y muestran que aunque es una empresa pequeña, no es un negocio en absoluto pequeño. Aunque así los catalogue Mauro.
Me trago los nervios y ese nombre que ni siquiera debería recordar, mientras me dirijo hasta una mujer que tiene toda la pinta de ser la recepcionista de la planta. Ella me indica que el Director de Comunicaciones me espera luego de ver la tarjeta que me dieron en la entrada del edificio y cotejar el nombre de la empresa que represento con la agenda de su jefe.
Me indica el camino que debo seguir sin apenas dirigirme una sonrisa y yo solo asiento, porque de igual forma no encuentro nada que decir.
Cuando llego a la sala donde supongo se hará la presentación, entro sin hacer preguntas y espero. No pasa mucho tiempo, cuando escucho un carraspeo y al voltearme, me encuentro con un hombre mayor, alto y con expresión adusta.
—Señorita Sanders, ¿no? —pregunta, mientras me mira de arriba a abajo y extiende su mano para saludarnos.
La acepto y con una sonrisa profesional, niego a su pregunta.
—Hall, mi nombre es Isla Hall. Yo haré la presentación del producto. La señorita Sanders tuvo que resolver algunas cuestiones personales.
Un murmullo que me parece entender como molestia lo hace mirarme con un poco más de atención. Y sujeta mi mano por más tiempo del estrictamente necesario en estos casos.
—Espero que sepa lo que hace, la señorita Sanders puso el nivel bastante alto en su última visita.
A pesar de lo que sus palabras dejan entrever, mi sonrisa se extiende. Una seguridad que no siento, pero que tengo que fingir lo mejor que puedo, sale a relucir.
—La señorita Sanders es muy buena, pero yo cuento con la experiencia que este proyecto necesita y soy capaz de explicar a detalle cada duda que usted o su equipo tengan —aseguro, sin titubear.
Le cuesta aceptar mi afirmación, pero no le queda de otra.
—Comencemos, no perdamos más tiempo.
Toma asiento en la silla principal de la amplia mesa y después de él, comienzan a entrar otros ejecutivos que van tomando cada uno sus lugares. Yo había estado preparando todo lo visual, así que solo me toma dos minutos terminarlo todo.
Y comienzo.
En cuanto me meto en mi papel, en lo que tanto he disfrutado hacer toda mi vida, me relajo. Este trabajo era lo que deseaba y si hoy tengo esta oportunidad y le pongo tanto empeño, es porque de esto depende que lo pueda recuperar. Mi antiguo jefe me propuso esta presentación como condición para ofrecerme un puesto fijo nuevamente, si logro cerrar el trato, lo habré conseguido.
Y siento que todo va bien, logro mantener la atención de todos los presentes y por las expresiones de ellos, sé que voy por buen camino.
Hasta que la puerta se cierra de pronto y el ruido me hace levantar la cabeza. Los ojos azules que me encuentro a pocos metros de mí, me dejan atónita. Mi peor pesadilla se muestra ante mí con cara de pocos amigos, dejándome sin respiración y creyendo fielmente que soy la persona con peor suerte del mundo.
Mauro Vittalio me mira fijamente, con todo su porte poderoso fluyendo a su alrededor y haciéndome tiritar.
Y a pesar de todo, de que me dejó en la calle embarazada de su hijo como si fuera basura que descartar, al verlo siento que mi corazón se detiene, primero, para luego latir furioso y acelerado, solo por él.
Me permito mirarlo. Lo hago solo unos segundos y me mortifica que esté tan perfecto como siempre, con su traje de Armani que le queda como un guante y le aporta toda esa virilidad que él exuda a raudales. Un traje que oculta el cuerpo perfectamente trabajado que hay debajo, uno del que yo conocía cada músculo.
Pero al regresar a su rostro me arrepiento de haber perdido esos segundos admirándolo, porque su intensa expresión logra estremecerme, con la mandíbula tensa y los ojos azules, fríos, clavados en mí, mostrando una ira que siento como si fuera física.
Una expresión que solo le vi una vez, aquella fatídica noche en la que todo acabó, en la que él decidió sacarnos de su vida a su hijo nonato y a mí.
—Tendrá una única oportunidad para venderme su producto, señorita Hall. Solo necesita responder una pregunta.
Su voz es gélida y logra que por mi espalda me atreviese una corriente igual de fría. No esperaba que estuviera aquí y menos, ahora, que me esté dando un chance para lograr mi objetivo. Me sorprende, no lo niego, para la forma en que me mira y lo que me hace recordar, yo pensaría que se limitaría a llamar a Seguridad y echarme de este lugar por ser persona no grata.
Trago grueso mi sorpresa y levanto la barbilla, devolviéndole la mirada y aceptando su reto.
Él estrecha sus ojos en mi dirección y asume una postura aparentemente relajada, con sus manos en sus bolsillos y expresión soberbia, antes de hacer la pregunta. Su actitud ante los negocios, su mano dura, era algo que admiraba de él. Pero ahora no disfruto de estar del lado contrario de su visión.
—En su opinión, ¿por qué mi empresa debería aceptar invertir en su producto? El mercado está repleto de aplicaciones de este tipo, ¿qué te hace especial entre todas las demás?
Sé que habla de su empresa. No me quedan dudas, ni a todos los demás presentes que se han quedado en silencio con la entrada de su máximo jefe. Pero no sé por qué, la sensación que tengo es que habla de mí, de lo que tuvimos, el resentimiento de haberme escogido entre tantas otras mujeres y un reclamo que no alcanzo a entender.
No sé qué pretende, pero no puedo hacer más que seguirle el juego. Antes ya era difícil obtener esta venta, ahora esa dificultad se multiplicó por diez. Sin embargo, no puedo rendirme. El hijo suyo que no quiso aceptar, depende de que yo encuentre un trabajo estable.
Tomo fuerzas, respiro profundo y pongo todo de mí para darle una respuesta contundente. No dejo de mirarlo mientras lo hago.
Mi voz resuena clara e incuestionable, aún más porque en la sala se ha hecho un desconcertante silencio.
—…mi producto será capaz de optimizar sus tiempos en la web y ofrecer mejoras en funciones básicas que le ahorrarán tiempo y trabajo. Es un sistema cómodo y con una interfaz bien sencilla, que además, sustituirá un sistema anticuado con frecuentes fallas y bastante atrasado en la necesidad actual de las empresas en crecimiento como esta. En pocas palabras, le ofrezco y le garantizo productividad, sin hacer mayores cambios, solo enfocándonos en las prestaciones básicas.
Cuando termino, nadie dice nada. El silencio sigue tan molesto como antes. Y yo no dejo de mirar a Mauro. Por eso sé que ni siquiera se inmuta al escucharme, se queda ahí, viéndome con el mismo recelo y esperando un fallo de mi parte. Lo siento.
De repente, habla.
—Compraremos su sistema, pero estará a prueba —declara y yo abro la boca, sin dar crédito. Se dirige a su Director de Comunicaciones—: Mañana a primera hora quiero que me presentes una propuesta que incluya el nuevo sistema y los departamentos que comenzarán la prueba.
—Sí, señor —concuerda el hombre de antes que ni siquiera se presentó. Luego se gira en mi dirección y contrario a su actitud de antes, ahora parece casi cordial—. Fue una excelente presentación, señorita Hall. Estoy seguro que será un éxito. Nuestro departamento de compras se pondrá en contacto cuanto antes. Ahora puede acompañarme para organizar todo…
—La señorita Hall viene conmigo —ordena Mauro y su voz, el tono duro que se siente tan seco y duro como un trueno, me hace temblar. No deja margen de dudas y lo que sea que pretendía decir su subordinado, deja de importar—. A mi despacho. Sígame.
Da media vuelta y se va sin apenas darme una segunda mirada. Está seguro de que no voy a faltar a su orden. Y aunque debería hacerlo, solo ignorarlo y seguir con mi objetivo, no puedo.
Porque de él depende que al fin esta compra se dé y que yo pueda conseguir el puesto que me prometió mi jefe. Un trabajo estable que me permitirá darle a mi hijo al menos lo básico e indispensable.
Así que me trago mis emociones y contrario a todo lo que quiero hacer, lo sigo. Salgo de esa sala después de guardar las pocas cosas que traje conmigo y tomo rumbo a su despacho.