Un mes después.
Narra Mauro Vittalio.
Miro mi reloj mientras me traslado a Brooklyn, ansioso por llegar a tiempo. Ben sortea con facilidad el tráfico en las zonas complicadas, pero de todas maneras nada puede hacerse cuando hay mucha congestión y es justo como lo está hoy.
Todavía tengo unos quince minutos para presentarme en hora, quiero llegar puntual y detallando el camino, sino nos encontramos alguna sorpresa, creo que sí llegaremos a tiempo, pero me impacienta esta situación. Mi abuelo insiste en vivir del otro lado del puente y cada vez que me pide una visita, odio sentirme así, desesperado por llegar a tiempo.
Porque a él le gusta la puntualidad, la exige así esté mayormente postrado en una cama, no hay nadie más que conozca como él, tan exigente con ese tema. Y yo tengo que pausar todos mis negocios, mis responsabilidades, cualquier cosa que esté en mi agenda, para asistirlo. Por el simple hecho de que mi nonno es lo único bueno que tengo en la vida, lo único que me queda. Mi única familia. Por él sería capaz de cualquier cosa.
Y si él me lo pide, yo no dudo en hacerlo. Ni puedo dudar, iría en contra de todo lo que pienso y lo que soy.
Cruzamos el puente de Brooklyn y solo entonces me permito relajarme. Ya queda poco para llegar a Williamsburg. Llego con cinco minutos de antelación y cuando me presento en la entrada principal, no necesito llamar, la asistente y enfermera de mi abuelo, Antonella, me abre y me muestra su siempre agradable sonrisa.
—Buongiorno, Antonella —saludo en italiano y ella asiente en mi dirección, a modo de respuesta, pero no dice nada más, sabe cómo son las cosas con nosotros y por eso prefiere actuar antes de hablar.
Me señala el camino que debo seguir para ver a mi abuelo. Ya sé cuál es y ella debería saberlo, pero eso no cambia el hecho de que cumpla con su papel y me muestre por dónde debo seguir. Tan correcta en su trabajo, como siempre.
—¿Cómo está hoy? —cambio de idioma, ella me entiende perfectamente, aunque en mi voz puede notar la preocupación que siento, cuando él me llama, no puedo evitar sentirme de esta forma.
—Está un poco más animado que de costumbre, estoy segura que es porque espera su visita.
Un pinchazo de culpa se extiende por mi pecho al oír sus palabras. Sé que debería venir más a menudo, soy consciente de ello y más si tengo en consideración el cariño profundo que le tengo a mi nonno, pero mis días no son lo que se dice sencillos o desocupados y él no vive cerca como para poder ir y venir con frecuencia. Ni siquiera cuando llego a casa dejo de trabajar. Mi abuelo lo entiende, él sabe el sacrificio detrás de un amplio patrimonio. Toda su vida, hasta que delegó en mí sus responsabilidades, fue consciente de que para obtener y mantenerse, hay que consagrarse al trabajo. Pero pensar en eso, no aleja el sentimiento de culpa que se ha encajado en mi pecho.
Me despido de Antonella y sigo mi camino hasta donde descansa mi nonno.
La habitación está bien iluminada, justo como le gusta. El jardín que tiene a un costado está repleto de sus plantas preferidas y el olor silvestre atraviesa las ventanas y llena la habitación.
—Justo a tiempo, Mauro, como siempre, eso habla muy bien de ti, muchacho.
Su voz grave y aún autoritaria, a pesar de sus años y su condición actual, me hace sonreír. Niego con la cabeza y me acerco a él.
—No podía ser de otra forma, así me enseñaste. Además, no quiero que me castigues por llegar tarde.
Mi abuelo sonríe con dificultad, su arrugado rostro se contrae en una mueca al escuchar mis palabras.
—Ya estoy viejo, hijo y ya tú no eres un niño al que pueda castigar como antes —asegura, su tono es melancólico—. Ni aunque lo quisiera puedo reclamarte por algo así.
Levanta su mano y cuando entiendo que su intención es tomar la mía, la acepto. Su agarre es fuerte y a la vez, se siente débil, lo que me hace caer en cuenta que hoy puede que lo tenga, pero después, con el pasar del tiempo, sé que él no estará y eso me lastima.
Trago en seco lo que eso me hace sentir, todas las emociones que sin duda se ven reflejadas en mi mirada. Mi nonno ha sido lo más importante para mí en años, mi único refugio cuando lo necesito, a pesar de su carácter, de su forma de ser, siempre ha estado para mí.
Después de la muerte de mis padres, él se convirtió en mi figura paterna y desde siempre ha sido mi modelo a seguir, es una persona a quien además de querer, admiro mucho.
—Por eso es que te pedí que vinieras hoy, Mauro, necesito algo importante de ti, sabes lo mucho que te quiero, pero necesito que me escuches, hijo —su voz se oye llena de urgencia—. Quiero pedirte, rogarte si es posible, que cumplas mi mayor sueño.
Frunzo el ceño y lo miro desconcertado. Mi nonno, ¿rogando? Eso no es posible. Él no es ese tipo de persona. Jamás lo he visto rogando a nadie en lo absoluto y no soy quién para que tenga que hacerlo ante mí.
—¿A qué te refieres, nonno? No entiendo…Sabes bien que lo que digas será una orden para mí, no necesitas rogar por nada, pide lo que necesitas y yo lo haré.
Al escucharme hace una mueca, siento como si quisiera rodar sus ojos o resoplar con mis palabras, pero por algo no lo hace.
—En este sentido, creo que sí, hijo, incluso, pienso que me va a tocar rogarte aunque suene increíble. Porque si no te lo pido, de otra forma seguirás ignorando el tiempo que pasa y cada día te alejas más de la verdadera felicidad, te olvidas de lo importante de la vida.
—¿De qué hablas, nonno? No entiendo—pregunto, cauteloso.
Conozco a mi nonno cuando se quiere salir con la suya en algo, esta es una de esas ocasiones. La expresión en su rostro es lo suficientemente clara para saber que no me gustará lo que tiene que decir.
—Ya estoy viejo, hijo, bastante viejo, y quiero morirme en paz, tranquilo, sabiendo que mi legado no se perderá para siempre solo porque mi único heredero es tan terco como nadie.
Me quedo congelado cuando mi mente le da sentido a sus palabras. Él me está pidiendo lo que creo que es, no cabe dudas de ello.
No me atrevo a decir nada, ni siquiera respiro queriendo ser invisible ahora, quizás si no lo hago mi nonno piense que no entendí lo que su petición significa y lo deje pasar.
Aprieta mi mano y siento la ligera presión como si me asfixiara en la garganta.
—Hazme feliz antes de que llegue mi hora, hijo. Dame la dicha de conocer a mi bisnieto, haz feliz a este pobre viejo que solo quiere una cosa antes de morir.
Sus ojos están brillantes y tengo que tragar en seco las emociones que se arremolinan en mi interior cuando lo veo así, siendo tan frágil ante mí. El que mi abuelo un día no esté a mi lado es algo que sé que sucederá, pero no soy capaz de imaginarlo como algo a corto plazo. Es un hombre enfermo, sí, sé que los años no pasan en vano, pero también sé que él se aferra a la vida con tenacidad y aunque ahora me esté pidiendo algo que no puedo darle, soy incapaz de negarle nada. No a él, que es tan importante para mí.
Por mi nonno estoy donde estoy, soy el hombre que soy, le debo demasiado como para negarle cualquier cosa. Y si él quiere que yo le dé un nieto para demostrarle que el apellido no se perderá conmigo, entonces mi respuesta no debería demorarse, pero no puedo hacerlo.
No puedo darle una promesa que no podré cumplir.
—Sabes que soy capaz de cualquier cosa, nonno, lo que sea que me pidas, estoy dispuesto a dártelo, pero esto…
Paso la mano libre por mi cabeza, tratando de darle una respuesta lógica, pero él se me adelanta.
—Los años pasan, hijo, tú no eres la excepción a la regla. Ya tienes treinta y tus objetivos a corto y largo plazo están relacionados únicamente con los negocios, con nada más. Yo te enseñé lo que necesitabas saber para poder sobresalir en este mundo, pero también te mostré el amor a la familia, te mostré ambas cosas y no puedes negarlo. Fuimos tú y yo contra el mundo y la idea de que te quedes solo al yo morir, me atormenta día y noche, me quita las pocas esperanzas que tengo de irme en paz, porque me duele saber que no tendrás a nadie una vez que me vaya.
Suspira dramáticamente y cierra los ojos.
—Me gustaría saber, cuando esté en mis últimos días, que un hermoso bisnieto está en camino. Es lo único que pido, Mauro. Nada más.
Le suelto la mano y camino hasta la amplia ventana donde se ve el hermoso jardín. Pienso en su petición y me da rabia, pero guardo mis manos en mis bolsillos para que no vea los puños que se forman sin quererlo.
Porque no quiero mentirle y a la vez, negarle esa promesa.
No sé cuánto tiempo paso mirando el verde fuera de la habitación, metido en mis duros pensamientos. Solo soy capaz de culparme por no poder complacerlo como mi nonno merece. Cuando volteo, él dormita y decido salir sin hacer ruido. Pero antes, paso por su lado, dejo un beso en su frente y hago la única promesa que puedo.
—Lo siento, nonno. Es lo único que puedo decirte.
Doy media vuelta y me voy, pensando con profundo dolor que no hay más salida. El apellido Vittalio se perderá conmigo, soy el último m*****o de la familia que portará el apellido, porque después de mí, no habrá nadie más.
De regreso a mis labores, reviso mi agenda y hay una junta directiva que me gustaría pasar por alto, no tengo ánimos para tratar con directores que no son capaces de ver lo que necesitan sus empresas para prosperar. No hoy. Mi humor desde que salí de la casa de nonno ha estado empeorando y no dudo que al llegar a mi destino solo sepa gruñir en vez de hablar.
Le indico a Ben hacia donde debemos dirigirnos. No quiero hacer nada, no estoy de ánimo, pero mi sentimentalismo no puede afectar a los negocios, aunque me sienta así, no puedo faltar a mi agenda solo porque mi abuelo me pidió algo que no voy a poder darle. Necesito enfocarme y concentrarme en el trabajo, esa siempre es mi salida, la mejor de todas y la que mantiene mi mente ocupada.
Esta empresa en particular necesita que le recuerde algunas cosas a sus directivos y aunque ellos tengan cierta autonomía, mi palabra es ley si así lo quiero. Para eso soy el jefe.
Cuando llego al edificio, mi humor está mucho peor que hace unos minutos. Soy consciente de que mi cara debe ser una mierda si todos los empleados se alejan de mí a las carreras apenas me ven, como si huyeran del mismísimo diablo. Puede que hoy lo sea, puede que ellos siempre me vean de ese modo, no lo sé, aunque la verdad no me importa.
Voy directo a la sala de reuniones donde me esperan para la junta y cuando avanzo por el pasillo, las paredes de cristal del salón adyacente me dejan ver lo que sucede dentro, haciendo que la sangre me hierva por dentro.
Y siento que mi humor acaba de empeorar mucho más de lo que lo tenía antes. De todas las malditas personas en el mundo tiene que ser ella.
No puede ser ella. No puede ser Isla Hall.