Muchos días antes...
Luego de correr las cuadras que mis piernas quisieron recorrer, decidí no comprar café en la cafetería de siempre. Opté por comprar un tarro de café molido y preparar mi propia taza del clásico tinto. Una medida, una taza de agua y dos cucharadas de azúcar. Justo y necesario para mejorar el comienzo de un día más.
«Dicen que a uno le gusta el café de la misma manera en que le gusta el sexo… A mí me gusta de muchas maneras el café».
*****
—¡Más duro!
No supe cuánto más fuerte quería que la follara, si ya se me estaba acalambrando una pierna de tanto moverme. Pero no pude negarme a su petición, era ella la chica de mis sueños y la tenía desnuda y completa a mi disposición. Profundicé las embestidas y nuestras carnes chocaban y sonaban más, mi pelvis se unía a la suya y mi m*****o se veía más poderoso cada vez que entraba y salía de ella.
—¡Ah! Qué rico… No pares, Nyx…
Ella me dio una mirada profunda y luego cerró los ojos de forma involuntaria, comenzó a acariciarse y pellizcarse la punta de los pechos y se mordía los labios. Bajó una de las manos a su clítoris y comenzó a frotarlo con impetu. Me excitó la escena. Me excitó demasiado y fue inevitable moverme brioso hasta que ella gimió más fuerte y se retorció bajo mi cuerpo. Me estremecí y el orgasmo me aturdió el cuerpo, me temblaron las piernas y dejé mi descarga en el preservativo. Apenas sentí mi pene más flácido, salí de ella y me quité el preservativo, que anudé y tiré a la papelera que estaba en la esquina de su habitación. Me volví hacia la cama y me recosté a su lado.
—Estuvo muy bueno... Rico.
Sonreí y le guiñé un ojo.
—Te mueves delicioso —comentó con una sonrisa pícara y se volteó hacia mí. Sus pechos apenas se movieron y se acomodó el cabello tras las orejas.
—¿Puedo? —averigüé, me acerqué a su rostro y su aliento llegó a mi nariz.
—¿Puedes qué?
—Besarte... Estamos solos –murmuré.
—Sólo uno.
Me levanté y me senté sobre ella, sus caderas quedaron entre mis muslos y la sexy imagen de su abdomen y su pecho subiendo y bajando, ocupó mi atención. Ella enroscó sus brazos alrededor de mi cuello y me llevó a su boca. Le mordí el labio inferior y ella gimió y quiso liberarse de mi aplaque. La sujeté del cuello y ella volvió a gemir.
—Asfíxiame —musitó.
Sonreí y apreté un poco. Ella me devolvió la sonrisa y me agarró de la muñeca.
—Fuerte...
Saqué sus piernas bajo mi peso y me metí entre ellas, haciendo que me rodeara la cintura. Apenas le rocé el coño y la sentí caliente y húmeda. Se me puso dura al instante.
—Ponme el preservativo —ordené y apreté alrededor de su cuello.
Ella extendió un brazo hacia la izquierda, tanteando sobre la mesa de noche y dio con la tira de condones. La agarró y separó uno, rompió el sobre y sonrió, observándome.
—Sigue intentando...
Le di una suave cachetada, que le hizo voltear un poco la cara. Regresaron sus ojos a los míos y volvió a aferrarse a mi muñeca.
—Pégame más duro...
—Cállate y ponme el preservativo.
—Qué blando eres... —murmuró y se rió.
Le di una cachetada más fuerte y ella se quedó viendo a su derecha. Se relamió los labios y le enderecé la cara hacia mí.
—Ponme el maldito condón —gruñí sobre su cara.
Ella asintió con dificultad, me soltó y sacó la funda de látex del sobre, lo colocó sobre la punta y cubrió todo mi m*****o con la fina membrana.
—Bien —mascullé.
Con la mano libre, guié mi pene entre sus labios y, consciente de lo que hacía, la penetré con fuerza. Ella jadeó y cerró los ojos. Me movía despacio, casi salía por completo de su v****a y empujaba con fuerza hasta sentirme muy apretado. Así la embestí al menos unas seis veces mientras seguía aferrando mi mano a su delgado cuello. Ella abrió los ojos la séptima vez.
—Fóllame rápido.
Ignoré su voz y seguí moviéndome a mi antojo, ella volvió a agarrarse de mi brazo y clavó sus uñas hasta que comenzó a doler.
—Fóllame más rápido —rogó. Le acaricié una mejilla y le di pequeñas palmadas.
Sacó la lengua y buscó lamer mis dedos, los pasé por sus labios y los chupó a su placer. Comencé a aumentar el ritmo de mis caderas y pude escuchar más altos sus jadeos. Presioné el centro de su garganta y ella sonrió, complacida y no tardó en retorcerse, tocarse sus puntos candentes y luego, agitarse y contraerse alrededor de mí.
Le solté el cuello y me incliné sobre su cara, me moví frenético, hasta que los espasmos salieron de mi v***a y me recorrieron el cuerpo entero. Me dejé caer sobre ella, sentí su sudor mezclarse con el mío, busqué su boca y la besé. Pero no fue recíproco.
Me retiré de ella. De su boca, de su coño, de su cuerpo. Me tiré a un lado y pensé en abrazarla, pero ella se arrebujó con las sábanas y se levantó al baño. Me quité el preservativo, lo envolví y lo boté en el cubo de basura. Abrí la puerta de la habitación y recogí mi pantalón y el bóxer de la entrada, tras cada paso que daba en el pasillo, encontraba más de mis pertenencias. Mis tenis blancos, la guardacamisa y la camisa azul marino —que según ella me destacaba los ojos—, pero no encontré mi dignidad por ningún lado. Llegué al baño y luego de miccionar, me di una ducha.
«No entiendo qué me hace volver a ella... Sí, lo sé. Es bella, inteligente e independiente. Y si estoy aquí es porque ella adora follar. Si no fuese yo, sería otro. ¿Por qué la amas, Nyx?».
Froté el jabón en mi cara y lo aclaré con suficiente agua.
«Pero es tan inteligente e independiente que no te necesita en su vida. Que tienes que pedirle permiso para besarla. Patético».
Froté los brazos, el pecho, los hombros... Hasta llegar a los tobillos.
«Ella debe estar reflexionando también... Buscando un motivo menos banal que follar para seguir "juntos"».
«¿Acaso follar es algo sin sentido?».
«No. El dinero y el sexo mueven el mundo».
«Pero la existencia de la reciprocidad durante las relaciones sexuales lo lleva a otro nivel...».
«Imbécil, te encanta torturarte luego de disfrutar... Disfruta de ella tanto como ella lo ha hecho hasta ahora. Y deshazte de ella cuando ya no te sientas bien ahí».
Me metí bajo el agua y me froté la piel hasta sacar todo el jabón y la espuma. Quedé impregnado de un olor a vainilla y me sequé con una pequeña toalla. Me vestí sin perder tiempo y al salir del baño escuché sus pasos. Se había recogido el cabello rubio y estaba cubierta por una mullida bata blanca.
—Guau, bañado y vestido.
«Indio comido, indio ido».
Sonreí y ella se acercó, me acarició la mejilla y siguió andando hasta la sala. Con pasos indecisos, la seguí y la vi sacar una caja de jugo del refrigerador, sirvió dos vasos y me ofreció. Lo cogí, el primer sorbo me supo fuerte. Arrugué el ceño. Tenía pulpa. El segundo y tercero fueron más amigables y supo algo dulce, sin añadidos raros. Era natural.
—Fresco. Creo que me tragué una semilla. —Ella rió y bebió de su vaso.
—Una nueva marca, ¿sabe bien, verdad?
—Rico y puro. Gracias. —Terminé el vaso y lo dejé sobre la encimera.
—A ti.
Me mordí el labio inferior y metí las manos en los bolsillos. Comencé a balancearme sobre los talones y ella me miró por milisegundos y volvió al contenido de su vaso. Lo vació y se giró hacia mí.
—¿Otro?
—Estaba esperando que preguntaras.
Me la llevé cargada hacia el mueble. Donde la desnudé y por tercera vez la hice mía.
—Nos vemos, Celeste.
—Nos vemos, Nyx.
Me giré antes que cerrara la puerta en mi cara y fui directo al ascensor. La residencia donde vivía Celeste era un claro reflejo de ella. Estilizado, elegante, civilizado. Las paredes muy lisas, con acabados en madera y concreto pintado de blanco, con iluminaciones dispuestas estratégicamente para crear un ambiente sofisticado sin llegar a ser pretencioso. Era atractivo y sencillo, como ella.
*****
En el pasado...
—Nyx, ¿estás seguro de lo que harás?
—Nunca había estado tan seguro en mi vida.
Llevaba solo una mochila en el hombro con poca ropa, algunas joyas que tomé del alhajero de mamá y un sándwich que Celeste me había preparado.
—Vamos a la estación de trenes...
—¿Vamos? ¿Irás conmigo?
La alegría que sentí en ese momento opacó toda la rabia que me carcomía. Qué inocente fui.
—N-no, pero iré a visitarte.
Rayos. Me emocionó que se fuera conmigo. Me gustó la idea de seguirla viendo a diario.
—Celeste... Te amo.
—Los amigos no se aman, tonto.
—Claro que sí se aman. Yo te amo a ti. Y tú eres mi amiga.
No mentí, pero en ese momento ya estaba enamorado de ella.
—¿En serio? –Sus ojos azules crecieron y separó un poco su boca.
—Sí.
—Entonces yo también te amo, mejor amigo.
Ella me tomó de la mano y nos fuimos caminando hasta la estación de trenes. No estaba tan lejos, y acompañado de Celeste, el camino se hizo más corto. Al llegar a la estación, me percaté que no había mucha gente, olía a humedad y había algo de basura desperdigada en el andén. Nos sentamos en el suelo, pegados a una pared y volvimos a revisar mi mochila.
—¿Tu tía ya sabe?
—N-no. Sólo mi prima. Pero mi tía Isabella sí me quiere... Ella me lo ha demostrado.
—Tu mamá también te quiere.
—No es verdad. Ella me odia un poco menos que mi padre. Sólo eso.
Ella sólo me toleraba un poco más que mi padre.
Celeste me miró confundida y volvió la vista al frente.
—Estarás mejor fuera de casa, ¿verdad?
—Sí. Sé cuidarme.
—Ten. —Se revisó un bolsillo y sacó varios billetes arrugados—. Lo guardaba para comprar las entradas de la feria. —Estiró los billetes y me los extendió.
—Llevas esperando muchos meses para ir a esa feria... No puedo aceptarlo.
—Lo necesitas más que yo.
—No. No puedo.
—No quiero ir a la feria si no es contigo. —Me agarró la mano y dejó los billetes, me dobló los dedos con fuerza y sentí el papel moneda arrugándose.
—Eres la mejor chica del mundo.
El tren llegó y me puse de pie, le tendí la mano a Celeste para levantarla del suelo y con el mismo impulso la abracé. Prometí llamarla de un teléfono público apenas llegase a Gillstand, un barrio al otro lado de Arvelo.
Durante el trayecto en tren solo hubo alrededor de seis personas en el mismo vagón, cada una con un motivo distinto, con problemas y necesidades distintas. Pero con el mismo rostro perdido y gris. Tras cada parada en las estaciones, se intercambiaban los rostros, las posturas y los colores de sus ropas, ocupaban puestos diferentes y ninguno destacaba, quizá el más inusual era yo, que sollozaba con la sien pegada en el vidrio del ventanal. Pero fui totalmente invisible ante el resto de los ojos. Quizá era una escena común dentro de un vagón de tren.
O siendo más sensato… como a nadie le afectaba, a nadie le importaba.