3-Conversación

3084 Words
Tenía la mala costumbre de revivir ese momento tantas veces como fuese necesario, luego de cada encuentro, de cada sonrisa o de cada sentimiento bello que Celeste despertaba en mí. Y no era para entender lo buena que era conmigo desde hacía años, ni por mero amor al recuerdo, sino para recordar lo idiota que fui al haber escuchado esa maldita frase “te amo, mejor amigo” y no haberme dado cuenta de que eso he sido siempre para ella. Un maldito mejor amigo. No obstante, Nykolas Hedderich no era de los que se rendía. Nykolas Hedderich era de los que moldeaba el titanio y el diamante a su antojo, como arcilla o barro. Había logrado mucho en poco tiempo. Me fui de mi casa —o mejor dicho, huí mientras tenía vida— a temprana edad, ingresé al ejército apenas tuve la edad mínima reglamentaria, viví el infierno y el horror al ver a inocentes, compañeros y psicópatas morir por una causa absurda y sobreviví a una emboscada. Fácil de decir, difícil de digerir. Sin embargo, mi fortaleza, mi espíritu y mi mente seguían casi intactas. No me impresionaba con mucha facilidad, y quizá podía atañérselo a mi turbia y difícil niñez, pero aún pensaba y tenía la fe de que existían hechos que me causasen conmoción en el ánimo y en el alma. Aún imaginaba dentro de mí a ese niño inocente, flacucho y juguetón, que se sorprendía al ver un conejo saltar, o que se emocionaba al ver un avión en el cielo, y el pecho se le agitaba y lo señalaba con los ojos muy abiertos y con la pequeña sonrisa que mostraba sus dientes de leche algo chuecos. Así me sentía en mi interior. Pequeño, ingenuo e indefenso. Aunque mis manos ya estuvieron llenas de sangre. Aunque mis ojos ya vieron cuerpos golpeados, destrozados e incompletos, y cuerpos desnudos perfectos. Aunque tenía un contraste de vivencias entre el lado horrible y el lado normal de la vida, yo me sentía un niño buscando cariño. Un niño perdido. Esa mañana fui a trotar como lo hacía todos los días, el día estaba nublado y parecía que los cúmulos de nubes iban a permanecer espesos durante toda la mañana. Salí de casa tan solo con el mono deportivo, me gustaba sentir el aire frío en la piel del pecho, así que opté por no llevarme sudadera. No era común en mí entablar una conversación con los vecinos, así que a aquellos que me saludaron, les correspondí el saludo y seguí mi ruta de trote. Tampoco me sentía muy a gusto formando lazos con los vecinos… los que recuerdo que tuve en mi niñez, no hacían nada. Ellos eran ojos y oídos, pero mudos. ¿Qué clase de personas eran esas que veían algo socialmente inaceptable y no hacían nada para cambiarlo o ayudar a las víctimas? Eran hipócritas y solo les gustaba hacer leña del árbol caído. Y lo más probable era que no toda la tela estuviese cortada por la misma tijera o ni siquiera tejida con los mismos hilos, pero no quería arriesgarme. Así que mientras más superficial fuese el trato, mejor para mí. Tras más de media hora trotando por las calles de la ciudad de Haltes, emprendí el regreso a casa cuando el viento se sintió más cálido, las nubes aclararon y los pocos rayos de luz se filtraban entre las blancas nubosidades. Deduje que ya era hora de desayunar. Pasé por la tienda de víveres y di un recorrido express por los cortos y angostos pasillos repletos de harinas, arroces de dos marcas y presentaciones diferentes, frutas y verduras y otro pasillo con productos refrigerados. Cogí pan y todo lo que pudiese llevar un sándwich que lo transformara en algo obsceno y abominable del mundo gastronómico y pagué los víveres. Me fui a casa trotando, cuidando de no desperdigar el contenido de las bolsas. Entré a mi casa y me saqué los zapatos apenas entré, los dejé a un lado de la puerta. No solía ser muy ordenado o perfeccionista, pero trataba de mantener un orden implícito en mi espacio. Me fui en medias hasta la cocina y dejé la bolsa de compras sobre el mesón. Saqué todo y lavé los vegetales... A los quince minutos, el pan estaba tostándose en la estufa, el tocino en un pequeño sartén y el café cayendo de a pequeñas, pero constantes gotas en la jarra de vidrio de la cafetera. Me dispuse a armar el sándwich y a endulzar y servir el café una vez estuvo hecho. No había comprado un comedor, ni siquiera una mesa, y la cocina tampoco contaba con una isla, pues era bastante estrecha en comparación a esas enormes cocinas equipadas con dos hornos, miles de gabinetes y gavetas y hasta compartimientos secretos tras los mismos muebles empotrados. No, mi cocina no tenía nada de eso, era bastante sencilla. Un mesón con gavetas y espacio de almacenamiento, que rodeaba toda la pared y espacios para colocar la estufa y el refrigerador y sobre este, varios gabinetes para almacenar alimentos secos o platería. Todo en madera oscura y granito gris claro… No lo pude escoger, la casa ya tenía el área de la cocina diseñada. Así que a falta de sillas y mesa, el sofá era la opción. Hice malabares con el plato, el celular y la taza de café, me senté con cuidado en posición de indio sobre el cómodo sofá n***o —que también había venido con la casa— y con una mano sostenía el plato y el celular y con la otra la taza de café, que dejé sobre una de las mesitas laterales. Encendí la televisión y dejé el canal de caricaturas. Pero mi atención se centró en el celular, que sostenía con una mano y con la otra, alzaba el sándwich, en un perfecto equilibrio de comida y distracción. «Más correo basura, más correos de r************* … Ninguno de trabajo». Luego de revisar la bandeja de entrada del correo, ingresé a una página web de búsqueda de empleo. El encierro y la rutina me estaban aburriendo. Por mucho que me ejercitara por las mañanas o que follara por las tardes, nada de eso me producía un ingreso económico o al menos, mejoraba mi situación actual. Mandé tantas hojas de vida y solicitudes como mi pulgar medio adolorido respondió, luego cerré la aplicación de navegación y terminé de comer con un trago frío de mi taza de café. Quizás era momento de empezar a hacer otra cosa de manera diferente. La búsqueda de un nuevo empleo en los portales webs tal vez no sería exitosa... Debía buscar en la prensa digital o impresa y llamar o ir con mi hoja de vida a tantas oficinas y empresas deba; revisar mi listado de contactos y escribir una misiva que finalizara con una cara de perro triste, para que tuviesen compasión y no olvidaran informarme de un maldito empleo. Me levanté con la platería usada y la llevé al fregadero. Abrí el grifo y comencé a frotar el plato con la esponja babosa por el lavaplatos. «Puedes vender un riñón… Tienes dos…». «No seas pendejo, Nyx». «No soy pendejo, solo estoy pensando las alternativas en caso de no conseguir un empleo que se adecue a mis necesidades». «Busca un empleo normal, de lo que sea. No algo súper remunerado, porque los exmilitares no se reinsertan tan fácilmente en la sociedad». «Y precisamente por eso me mudé y vivo en Haltes y no en Arvelo, aquí deben haber más oportunidades para un exmilitar que en una ciudad como Arvelo, llena de exmilitares desempleados y deprimidos». «En realidad, te mudaste aquí porque diste un salto de fe y porque Alekséi también vive en esta ciudad». «No fue un salto de fe... Y no fue solo por Alekséi». «Vaya, veintidós años y sigues tan inocente para algunas situaciones...». Sin darme cuenta, el plato ya estaba muy limpio y sentí las manos muy tensas. Lo solté e hizo mucho ruido al caer, pero no se partió. Era injusto. Y triste. No pedía gran cosa. Haltes era una ciudad asequible para muchos. Había zonas residenciales con costos muy elevados, con una calidad y estilo de vida muy ostentoso, y zonas residenciales más económicas, donde las familias promedio podían establecerse y desarrollarse. Y ahí encajaba yo. Un chico soltero, de veintidós años, que oficialmente comenzaba su independencia estando desempleado. Agarré la taza para enjuagarla, pero tensé tanto las manos que los movimientos fueron torpes y sentí un leve dolor en la mandíbula. «Calma, Nyx...». —Maldita sea —mascullé. Solté la taza sobre el plato y por el sonido que hizo, algún traste debió partirse. Fui a la sala y me puse los tenis y la sudadera, cogí las llaves, el celular y salí de casa. El cielo seguía opaco, un tanto grisáceo y los pocos matices de azul que vi más temprano, se volvieron un recuerdo atípico para el día. Me envolví aún más en la sudadera y metí mis manos junto a mis pertenencias en los bolsillos, escondí mi cabeza en la capucha y comencé a andar sin un rumbo muy claro. Normalmente, las personas en Haltes caminaban mucho, no solo para evitar el concurrido tráfico y ahorrarse unas cuantas monedas, sino que caminando podían reencontrarse a sí mismos. Y a su vez, hallar respuestas a sus inquietudes más absurdas o sencillas. Lo descubrí hace mucho, no en Haltes, sino en Arvelo. Pero sin importar el lugar, el resultado era el mismo. Caminé hasta que las pantorrillas quemaban bajo el mono, y éste volvía a ceñirse por las gotas de sudor. Estaba de vuelta a uno de los tantos parques recreativos, la humedad se notaba en la brisa y el sol seguía escaso, una señora sacó su sombrilla a pesar de la ausencia de gotas en el aire y la abrió sobre su cabeza. Seguí andando y la frescura verdosa me ayudó a aligerar los pasos, pisé la grama y al sentirse tan esponjosa, no pude resistirme a sacarme los zapatos y las calcetas. Fría y corta, anduve varios metros sobre ella, los árboles, salteados, me hicieron zigzaguear entre ellos, y de a poco el sonido de la nada y de las aves fue lo único audible. —Dios, dame una señal... ¡Ayúdame! —exclamé—. Necesito un trabajo. No, un trabajo cualquiera no, el mejor trabajo del mundo. Así me consuma la vida en el y no tenga tiempo ni de verme al espejo —agregué. Me arrimé a un árbol y me deslicé por el tronco hasta sentarme en una de las gruesas raíces—. Sabes que no soy muy religioso, y que no respeto a las iglesias... Pero eso no me quita lo espiritual —dije, subiendo la vista al opaco cielo, me descubrí la cabeza y me pasé las manos varias veces por la cara y el cabello—. Tú sabes que es así, inclusive lo sabes más que yo. A lo mejor fue casualidad, destino o designio de Dios, que sí me había escuchado; el cielo parpadeó muy rápido y se tornó oscuro y claro, y un enorme rayo se escuchó caer muy cerca. —¡Mierda! —grité y me alejé del árbol a mi espalda—. No sabía de las tormentas eléctricas de aquí. Intenté ponerme los calcetines con prisa y el sonido de las gotas cayendo sobre las copas de los árboles comenzó a escucharse tras cada segundo más fuerte  —¡Mierda, mierda…! Metí los pies dentro de los zapatos tan rápido como me fue posible y comencé a correr mientras la lluvia arreciaba. —¿Por qué tuviste que ir tan lejos de la entrada? —me regañé—. Siempre haciendo dramas, Nyx. No pudiste quedarte en casa pegando gritos, no. Tuviste que salir a caminar porque eso “despeja la mente” —continué el sermón—. ¡Ah! Pero ve que te ha… Intentando esquivar las partes más húmedas y lodosas del césped, no me fijé que había apoyado el zapato en un cúmulo de tierra lodosa y ahí rodé sobre la resbalosa grama. Todo lo que había evitado, mojarme y ensuciarme —más— quedó lleno de barro. Me acosté boca arriba y vi las gotas cayendo sobre mí. —¿Esta es tu forma de mandarme una señal? La lluvia, firme y constante, se veía caer como agujas eléctricas, frías. Me pasé ambas manos por la cara, apartando el agua que me había mojado la piel. Me descubrí la cabeza y me quedé observando la inmensidad. El cielo, que había oscurecido mucho en poco tiempo, se aclaró, violento, y volvió a oscurecerse. No tardó en escucharse el trueno, rudo, salvaje y grave. Me estremecí y me sentí pequeño, más que las gotas que mojaban el parque. Microscópico. Pero no me moví, en ese momento ¿serviría de algo? —Vale, ya lo capto… Te has ofendido por lo que dije. Se me escapó el aire del pecho cuando el cielo volvió a relampaguear. El trueno sonó aún más basto y fuerte que el anterior. Me levanté apresurado del césped, los zapatos patinaron varias veces en el barro y terminé clavado de rodillas en el fango. —Ya no quiero más señales, e-está bien con todo lo que me has demostrado —musité, pensando en que ya había enloquecido. Con cuidado, me puse de pie y comencé a andar despacio para no volver a resbalar. El repentino aguacero fue mermando y cuando estuve cerca de la entrada del parque, había disminuido para volverse una llovizna. Me palpé los bolsillos de la sudadera y el celular estaba un poco húmedo, pero aun encendido. Las llaves de mi hogar estaban en el mismo estado, así que me guardé las manos en los bolsillos, más calmado, y comencé a andar hacia mi casa. «Me lleva la verga...». «No, te llevan tus pies». Suspiré.  «No sé cómo estoy tan tranquilo, cuando luzco del asco». «Eso, fíjate en trivialidades...». A medida que se acortaban las cuadras para llegar al barrio, las miradas de las personas que me pasaban por un lado se sentían más largas y pesadas. Mi ropa estaba llena de barro, pero no era para que me observaran como si el barro fuese rojo… Imbéciles. Al llegar a casa, empapado de agua y tierra, me desnudé y me dirigí al baño. Dejé que el agua me corriera por todo el cuerpo y me lavé hasta detrás de las orejas. Cerré la llave de la regadera y escuché el timbre de la entrada sonando varias veces. Envolví mi cintura con una toalla y bajé las escaleras, avisando con gritos que ya iba a abrir la puerta. De tal desesperación que tenía quien quiera que fuese al otro lado, ni me detuve a ver por la mirilla, abrí de una vez.  —Hasta que apareces, marica —saludó y me tendió la mano.  —Tss, no jodas... —respondí el saludo y el apretón de manos terminó en unas palmadas en la espalda. Alekséi entró y cerré la puerta tras de él. —Vístete al menos, perro nudista —dijo mirando mi ropa en el suelo, sentándose en el sillón y comenzó a hurgar entre los cojines. —Estoy en mi casa y eso no está dentro de mis reglas. Y si quiero andar en bolas, ando en bolas. —Sí, sí. —Encontró el control remoto de la televisión y la encendió—. Te tengo una noticia interesante.  —Habla —exigí y me senté en la mesa ratona, frente a él. —Qué asco, al menos cierra las piernas, pervertido miserable. —Me reí, algo avergonzado y junté un poco las piernas. —Debe ser que nunca has visto una v***a, marica. —La mía nada más. No necesito ver otras... Mira, ya, que no vengo a hablarte de eso. —Se metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó el celular—. Conseguí una agencia de guardias —explicó mientras buscaba en su celular. Eso despertó mi curiosidad.  —¿Qué clase de guardias? —investigué y me pasé una mano por el cabello húmedo. —De los que ganan bien, pero no tienen vida. —Me anoto, ¿dónde firmo? Alek carcajeó y me pasó su celular con información en la pantalla. —Es más como... Tipo escolta, hay variedad dependiendo del caso... —comentó.  —Da igual, ¿cuánto pagan? —Revisé el correo y tenía una breve explicación de la misión y visión de la agencia. Era un ente privado. —Depende del cliente, pero... —Es más del mínimo —interrumpí—. Listo, eso es suficiente. —Qué fácil eres. —Fácil y barata. —Me levanté de la mesa riendo, le devolví el celular y fui escaleras arriba para vestirme. Me vestí con un jean gris y una camisa verde oscuro, me puse la chaqueta de cuero y unas botas negras. Bajé a la sala y Alek estaba pasando los canales, al verme, apagó la pantalla y se puso de pie. —Es que no se te puede hablar de dinero... —bromeó.  —Sí, ya. Soy una perra que pide más del mínimo o sino no mueve el culo. ¿Dónde es? —Al Este, por donde están los ministerios. —¿Estarán adscritos al Ministerio de Defensa? —pregunté, extrañado por su ubicación. —No sé... Igual, ya vamos a averiguarlo. —¿Ya? ¿Ahora? Alek se detuvo frente a la puerta que daba al garaje y se giró hacia mí, con los ojos entornados y el ceño fruncido. —¿Crees que vine para verte la cara? —Y las bolas... —Tss... Marica. Préstame la Suzuki.  —No tengo frenos en la Yamaha... —Bueno, yo conduzco —cortó y extendió una mano. Le entregué la llave y él cogió uno de los cascos de un estante.  Me volví para cerrar la puerta principal, tomé el casco restante del estante y luego entré al garaje, aseguré también esa puerta. Alek ya había activado el mecanismo de apertura del portón del garaje y estaba encendiendo la motocicleta. Salió, cerré el portón y me apresuré a subir a la Suzuki.  —Éje... Sin pegarse.  —Tss, qué masculinidad tan frágil. —Carcajeé y me puse el casco. —Sí sí. Ya, nos fuimos.
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