4-Bocón

3117 Words
—¡Mierda! Siento que me voy a morir... Seguí corriendo, con las piernas tensas, mi pantorrilla izquierda era un bulto adolorido y al costado del torso sentía una puñalada de aire que no encontraba salida. Curtson continuó inmerso en su celular y pocas veces dirigía su atención a la pista... Un tipo delante de mí se detuvo, se inclinó y apoyó las manos sobre sus rodillas. Era más alto que yo, pero más delgado. Tenía la camiseta empapada de sudor y se le pegaba a la espalda. Lo adelanté en pocos segundos. Sonó un silbato y todos los que iban corriendo delante —y detrás— de mí voltearon en esa dirección, me apresuré a ver el llamado y Curtson señaló al tipo que descansaba y lo mandó a salir de la pista con un ligero y vago movimiento de su barbilla. «Joder... Debo aguantar, no le voy a dar el gusto». Aminoré la marcha de manera imperceptible y Alek me pasó por un lado. —Muévete o serás el siguiente... Alekséi se veía como si apenas comenzara a correr. Tenía pocas gotas de sudor y la playera apenas estaba mojada. Yo sí estaba grave. Mi sudadera era gris claro y se veía gris plomo. «Ojalá esta mierda me pague lo suficiente. Que para esto me hubiese regresado al ejército». —Me duele hasta la cédula, men. —Me sequé el sudor de la cara con una manga. —Apenas es la primera prueba, ¿vas a rendirte? —preguntó con tono burlesco, manteniendo su paso similar al mío. —Ya tenemos como dos horas dando vueltas... —jadeé. —¿Y tú no eres atleta, pues? —Hago descansos... Y voy más lento. Este tipo quiere matarnos. —Descarte. Sigue corriendo y ya. Alek apresuró su trote y me fue dejando atrás poco a poco. Otro muchacho me alcanzó y aceleré las zancadas. No me iba a pasar. Al parecer mi mente y mis pensamientos era un cartelón fluorescente, porque el tipo me dio pelea por varias vueltas, él me rebasaba, luego yo lo alcanzaba de nuevo y lo adelantaba. Y después de media vuelta, él me volvió a adelantar. —Vas detrás de mí, imbécil —mascullé. Apreté tanto los músculos y el trote, que sentí que ante una mala pisada, me torcería un tobillo y quedaría estampado en el suelo como una goma de mascar. Quizá pasó media hora más, no estaba seguro, pero fue suficiente para que sólo quedáramos cinco de quince. —Se van a quedar los que aprobaron la prueba psicotécnica y que tengan permiso de tenencia y porte de armas... —Empezó a nombrar apellidos, sin ningún orden aparente—. ...Tramer, Bennett, Johnson y Maverick. Los demás, suerte para la próxima vez. Me quedé en shock. «¡¿Qué mierda está pasando?! ¡Yo pasé esa prueba!». Alekséi me observó, perplejo, y se quedó quieto, esperando más instrucciones de Curtson, el director de la agencia, que estaba observando la carpeta que sostenía y la golpeaba con una lapicera. Los demás fueron saliendo del salón y yo me negué a salir. Esperé a que Curtson dejara de ver la carpeta y me acerqué. —Señor Curtson, buenos días. —Buenos días. ¿Alguna duda? —dijo con soberbia. —Sí, verá... Estoy muy seguro de que aprobé la prueba psicotécnica. –¿Y entonces? —No me nombró —respondí, comenzando a sentir el calor de la incomodidad. —Sino te nombré, no pasaste la prueba. Simple. —A ver, a ver... —dije y comencé a masajearme sobre las cejas—. Esa prueba es sencilla y básica. Cualquiera con dos dedos de frente puede resolverla sin equivocaciones. Y si me ve a mí o a mi hoja de vida, se nota que tengo más de dos. Curtson me observó e hizo una mueca de sonrisa, algo torcida y bajó los brazos. —Debes confiar demasiado en ti para decirlo con tanta seguridad. O debes haber repetido la prueba muchas veces. —Rió al mencionar lo último. Tan equivocado no estaba. —Quizás un poco de ambas. El tipo, más alto y ancho que yo, se giró hacia el escritorio y tiró la carpeta y la lapicera, y enseguida tomó una pila de hojas. Las arrugó un poco, supuse que no fue adrede y me las extendió. —Búscala y demuéstralo —desafió. Tensé la mandíbula y cogí los papeles. Comencé a buscar mi formulario entre las fotocopias mal llenadas. Tan sencillo que era rellenar un puto círculo sin salirse de la línea y esos imbéciles no sabían siquiera seguir instrucciones... Algunos estaban tachados con equis y cruces y otros, apenas llenos. Casi de última encontré la hoja con mis respuestas, impecable. La saqué y la exhibí de cara al director. —Vea. Sin errores. Curtson tomó mi hoja y la comparó con la hoja de respuestas. Eran idénticas. Arrugó el ceño y detalló de nuevo mi hoja al lado de la otra, teniendo como única diferencia mi nombre en la parte superior. —Hedderich... Algo debes tener que no te incluyeron. Veamos tu hoja de vida... Revisó en otro lote de papeles que estaba sobre el escritorio, fue pasando hoja por hoja y viendo las fotos tamaño carné que en la mayoría de los documentos estaba del lado izquierdo; hasta que dio con mi hoja de vida. La puso de primera y comenzó a leer y sonrió. —Con razón. Eres un niño. —Carcajeó. —¿A qué se refiere? —Mira, por lo general no escogen a los menores de veinticinco. Seguro fue por eso. —Es absurdo. Es una severa idiotez que por mi edad no haya sido seleccionado. Tengo más de veintiuno, tengo permiso para tenencia y porte de armas de fuego, estuve en el ejército en varias misiones y tengo un certificado en defensa personal. No soy manco. Claramente tengo aptitudes para esto. —¿Por qué saliste del ejército? La pregunta tan directa me tomó desprevenido.  —Por... Porque quería tener algo de vida. Y vi horrores allá. Curtson me escuchó atento y pareció escanearme hasta la última célula con su intensa mirada.  —Hagamos algo... —Se cruzó de brazos y se recostó del escritorio antes de continuar hablando—: Te ayudaré si pasas las demás pruebas. —Listo. No deje de observarme. «¿Por qué debo ser tan bocón? ¡Puta madre! Seguro me vio y me va a sacar de aquí...». —Tayne, Bennett, Tramer, White y... Hedderich. Bien. Ustedes cinco harán mañana la prueba de tiro y puntería. Los que aprueben, pasarán a las pruebas médicas. A las siete en punto. Un minuto más y quedan fuera. ¿Alguna duda? Nadie dijo nada. Todos permanecimos en completo silencio. —Bien, pueden irse. Pude respirar con hondura y sin pensarlo, me dejé caer al suelo. Como un asterisco. Alekséi entró en el plano nadir, agarró su cooler y comenzó a mojarme como si estuviese miccionando. Estaba tan agotado que, en vez de molestarme, me refrescó. —Esta es la mejor lluvia dorada que me han hecho. —Qué asco —respondió y dejó de mojarme—. ¿Una mano? —Dame cinco minutos... —Extendió una mano hacia mí. —Tss... Vamos de una vez —insistió—. Te dejo tirado en tu casa y mañana te busco de nuevo. —Okey, okey... —Me incorporé y sentí que iba a desmayarme. Me erguí con ayuda de Alek y bebí un poco de agua, pero no fue suficiente. —Nada de cerveza al llegar a casa... —No, nada de eso —repliqué—. Menos mal tengo tiempo sin fumar... —¿Solo sin fumar? —interrogó y me agarró del hombro. Su mirada fue severa, dura. —Sí, men. Tranquilo. —Sin darme cuenta se me salió una media sonrisa. —Ah... Marica. Luego de salir de la agencia de seguridad, Alek me invitó a desayunar. Alekséi era sesenta por ciento mi mejor amigo, veinticinco por ciento mi hermano mayor y quince por ciento mi conciencia. Sabía lo suficiente de mi vida como para regañarme con autoridad y hacerme entrar en razón; lo que más admiraba de él es que era muy meticuloso y centrado en su vida. No iba husmeando por ahí, siempre estaba con la mente en sus asuntos y poco le interesaba banalidades que no lo beneficiaran de algún modo. Y aun así eso no lo hacía ser interesado o egoísta, al contrario, era muy solidario. No solo conmigo, sino con cualquiera que necesitase ayuda. Quizá fue por eso que nos hicimos tan amigos en un lapso de tiempo tan corto. Y más en la situación en la que estábamos. Un año atrás. Mil ochocientas cuarenta y seis. —Charlie dos, aquí Papa uno, cambio. —Aquí Charlie dos, cambio. Me pegué más al suelo y me aferré a los binoculares. La maleza era algo alta, pero no me dificultaba la visión. La brisa la meció en una suave danza, que cesó y volvió a verse caqui y seca. Aparte, todo el traje de camuflaje que simulaba maleza seca y espigas —que también cubría al rifle— me hacía pasar desapercibido, y me volvía sospechoso solo si me movía demasiado, lo cual no estaba dispuesto a hacer. —Charlie dos, aquí Papa uno. ¿Novedades? Cambio. —Dos, uno. Ninguna. Despejado. Cambio —contesté. Tragué saliva, sentía la garganta algo seca. Estaba seguro de que estos tipos no nos habían comentado todo. Me parecía absurda una misión de reconocimiento con varias escuadras yendo de frente en una supuesta zona desolada. Algo debía salir mal. Y más por el hecho de que estaba en una colina, con un rifle de francotirador cargado y con la frecuencia de la radio abierta. Estaba cien por ciento seguro que algo iba a salir más. —Uno, dos, mantenga la comunicación abierta. Alerta ante el perímetro. Corto. —Wilco —murmuré, aunque ya no debía contestar. «Maldito. ¿Por qué no dice la verdad?». Papa uno se comunicó con Charlie uno, el primer francotirador que estaba al otro extremo del terreno. El tipo contestó de inmediato y confirmó la ausencia de novedades, pero percibí ese hilillo de nerviosismo de aquel que sabe que algo malo viene... Miré el reloj en mi muñeca y ya eran las mil ochocientas cincuenta. Los minutos eran tan distantes unos de otros, que parecía que la misión que tenía prevista ser completada en un par de horas, demoraría hasta más allá del anochecer. La puesta de sol era una terrible distracción, me concentré en evitar mirarla, pero esos colores tan naranjas y corales me invitaban a observar cual voyeurista trabajando en un burdel. Obvié el paisaje y volví a los binoculares. Había movimiento al norte. Y escuché detonaciones. La radio comenzó a sonar muy acelerada. —A todas las unidades, Papa uno, contacto frontal de Alpha. Unidades Bravo, Charlie, Delta y Gama, apoyo. Cambio. Bravo no respondió. Charlie uno sí, me apresuré a responder y me arrastré hasta posicionarme detrás del rifle. Delta y Gama atendieron a la orden. Apoyé el bípode, pegué la mejilla derecha al mango de la culata y dejé salir el aire de mis pulmones. Abrí las piernas y clavé la punta de mis botas al suelo, debía mantenerme firme y cuidar de mis compañeros. Volví a tomar aire, más superficial y pausado, y acomodé la mira telescópica hacia el intercambio de balas. Designé el primer objetivo, el primer soldado enemigo con uniforme gris y protecciones menos robustas que las nuestras y exhalé hasta quedar ligero de aire. Jalé el gatillo. En menos de un segundo el tipo quedó tendido en el cemento. Uno de los Alpha le hizo señas a su escuadrón para alejarse del área y vi cuando una bala atravesó su cráneo. No le dio tiempo de sufrir. Traté de seguir la trayectoria y ubiqué al tirador. —Atención a todas las unidades, Papa uno, fuego respuesta. Vuelvo a decir, fuego respuesta. Vi como los Alpha comenzaron a retroceder en las instalaciones que supuestamente estaban desiertas. De frente a ellos se abrían paso unos diez soldados enemigos, todos con fusiles y apertrechados hasta los tobillos. —Papa uno, aquí Charlie dos, cambio. —Aquí Papa uno, cambio. —Uno, dos. Entrando a veinte metros de Alpha, diez enemigos, con fusiles y protecciones fuertes. Cambio. —Uno. Dos, copio diez enemigos a veinte metros de Alpha. Fuego a discreción. Cambio. —Uno, dos. Roger. Corto. «Este imbécil en vez de ordenar una puta retirada... Joder». Apunté hacia uno de los soldados del frente y volví a jalar el gatillo. Cayó como una paloma cae cuando le da un tirachinas. «Nueve...». Tragué saliva y sentí que las manos comenzaban a tener esos temblores involuntarios, no sabía si por la presión para mantener el rifle firme y recto o si mi humanidad estaba asomándose cuando menos lo necesitaba. Me reacomodé sobre mi estómago y pegué mi mejilla de nuevo contra el metal del rifle. Exhalé y me mantuve firme, pero escuché un ruido de maleza a mi espalda. Solté el rifle y me giré veloz mientras cogía de mi pierna la pistola y apunté. «Aquí fue, Nyx». Esperé un indicio, otro sonido. Otro movimiento. Temí que los latidos del pecho me delataran más que mi propio ruido contra la maleza. Vi un casco gris asomarse y no dudé en disparar. ¡Bang! El cuerpo cayó inerte y fue devorado por la paja seca. Abrí comunicación. —Papa uno, aquí Charlie dos, cambio. —Aquí Papa uno, cambio. —Uno, dos. Emboscada, contacto. Un enemigo neutralizado. —Dos, uno. Retirada hacia el punto de encuentro, un kilómetro al noreste. Cambio. —Uno, roger. Corto. Desarmé el rifle lo más rápido que pude y me lo guindé en la espalda, y comencé a gatear entre la maleza, estaba gastando demasiada energía y adicionalmente, estaba desarmado ante un posible contacto, así que me agaché y seguí andando con la pistola empuñada. Pasé por un lado del occiso y sentí un alivio al confirmar que era enemigo. La brisa sopló y descubrió algo que se movió muy rápido. La radio sonaba en mi oído y decidí ignorarla. Seguí andando en cuclillas y el soldado estaba de espaldas. Me guardé la pistola y, con un rápido movimiento de manos y brazos —que entorpeció un poco por su fuerte resistencia—, le troné el cuello. Lo dejé caer a la maleza y revisé sus pertenencias. El rifle que llevaba estaba cargado y en automático... Hubiese sido letal. Me volví hacia mi espalda, con el pecho acelerado porque otras pisadas se escuchaban cerca. Me tendí al lado del soldado muerto y empuñé de nuevo la pistola. Cuando vi el casco entrar en mi visión, apunté, pero no pude jalar el gatillo. —¡La puta madre! —gritó. Me tembló el pulso y bajé el arma. Era un soldado amigo. —¿Estás loco? ¿Cómo vas a aparecer así, de pie? —¿Y tú cómo vas a tirarte ahí como bulto? Pendejo —reclamó. —Ya estabas aquí, ¿qué querías que hiciera? ¿Correr? No soy tan imbécil. Me tendió una mano y me ayudó a levantarme. Se quedó mirando al soldado enemigo y se giró hacia el descenso del cerro. Lo seguí. —Qué ubicación tan mierdera, eras carne de cañón. Me sentí un poco ofendido. Yo estaba consciente de ello, pero quería equivocarme con esa conclusión. —¿Y qué haces aquí entonces, te enviaron por mí? —No. Solo quise confirmar si alguno de los Charlie seguía con vida. —¿Qué? —Charlie uno no contesta su radio... De Alpha, apenas unos seis lograron retroceder. De Bravo, solo quedo yo. La sangre se me heló al escucharlo. —¿No escuchaste la radio? —preguntó, pedante. —No puse atención. Estaba ocupado. Cubre mi espalda, voy de primero. —Adelante, carne de cañón —dijo,soberbio. Lo observé con cierta desconfianza, pero seguí andando. El tipo era más alto que yo. Y más malhumorado también. Pero no era para menos, había perdido a toda su unidad y seguro sucedió frente a él. La radio permaneció en silencio y fue extraño ese vacío. Me detuve bruscamente y al agacharme un golpetazo me tumbó a la tierra. Se me salió todo el aire del pecho y me tanteé el chaleco, buscando un indicio de sangre. El otro soldado disparó su rifle varias veces y al parecer le dio al enemigo. Se alejó de mí y a los segundos volvió. —¿Sigues aquí? Parpadea. Parpadeé varias veces y moví la cabeza. Me estaba asfixiando, oprimido por la pesada armadura. —No seas marica, respira como un hombre. Eres francotirador y no aguantas un balazo... Tragué grueso, tenía mucho tiempo sin recibir un disparo. Pero ese no era el problema. El verdadero problema era que no sabía lidiar con el dolor. Terrible el tormento que pasé tras cada entrenamiento y prueba del ingreso al ejército. Sin embargo, al verme entre los reconocidos, supe que mi esfuerzo valía la pena. El dolor era solo un acompañante temporal que me recordaba que el objetivo cumplido lo valía. Me coloqué de pie con dificultad y tosí varias veces, sentí que mi pecho se expandió y el chaleco me aprisionaba, como una enorme mano que no dejaba escapar a la hormiga; y me agaché sobre mis rodillas. —Es doloroso, es todo —musité, medio ronco. —De nada. Mira, allá hay alguien... —Alcé la cara y lo vi señalar hacia el frente y me jaló hacia la tierra por el brazo. El dolor en el pecho se me agudizó por el repentino movimiento y me coloqué la mano para hacer presión, extrañamente, disminuía el malestar. Caminamos de cuclillas y ambos sacamos los binoculares para confirmar que fuese un soldado amigo. Para su suerte —y la mía—, lo era. Habíamos llegado al punto de encuentro. —¿Y entonces? —¿Entonces qué, papi? Alekséi se rió y bebió de su batido. —Pareces un crío, viendo memes y hablando como retrasado. —Tss, qué amargado... Es un pasatiempo. —Acomodé el pastel de hojaldre sobre la servilleta y lo mordí. —Ya sé... Y tienes mucho tiempo libre. —Uhm... Uh huh. —Gimoteé. Mastiqué y tragué—. Pero eso se acabó, porque mi mejor amigo me ha conseguido un empleo. —Alek entrecerró los ojos y le dio una mordida a su pastel. —Pendejo. Ya casi estamos dentro. —Lo que viene es simple. No tienen idea de quiénes somos.
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