Magdalena por momentos quedó boquiabierta. Los hechos que estaba experimentando esa noche ya habían sobrepasado lo inverosímil. Sencillamente estaba ante una locura viviente, un despropósito de características inexplicables.
Durante unos segundos su mente trató de descubrir su lógica, pero no pudo. Escapaba a su comprensión el cómo su existencia relativamente rutinaria, había dado un giro que la condujera hasta ese lugar.
Se encontraba en una especie de nidito de amor (por definirlo de alguna forma), un sitio en dónde un gigoló de reputación internacional, estaba dispuesto a ofrecer una muestra de sus “servicios personales”.
El sujeto no era feo. ¡Para nada! Ahora que lo tenía a una distancia de poco más de un metro, podía corroborar que era más atractivo de lo que parecía en la lejanía. Calculó mentalmente que medía poco más de un metro con ochenta centímetros.
Como es de esperarse de un hombre de su profesión, tenía la belleza propia de alguien que moldeaba su cuerpo con una rutina de levantamiento de pesas. Su cabello era rubio, y poseía un rostro perfectamente simétrico, por lo que era GUAPO, con todas las letras.
Para variar, no parecía ser exactamente pudoroso. Lucía una bata, un antifaz y una prenda íntima, todas en dorado, como era de esperarse. Pero no se había vestido con nada más. Conocedor del encanto de sus atractivos, dejaba ver sus pectorales, su abdomen extra firme y sus piernas perfectamente torneadas, asomándose por la apertura de esa especie de salto de cama excesivamente brilloso.
Con mucha amabilidad, su anfitrión sirvió champagne en un par de copas y le extendió una, invitándola a adquirir una actitud relajada. Pero ella permaneció tensa junto a la puerta, sin intenciones de quedarse ni un minuto más en ese lugar.
Levantó una mano, mostrándole una palma para expresar amablemente su negativa.
— No gracias, — le dijo— sucede que ha habido una equivocación… No debería estar en este lugar… En realidad, la ganadora del sorteo fue mi amiga…
— Entonces, ¿por qué estás aquí?
— Como dije antes, esto fue un error…— afirmó ella— Así que, si me abres esa puerta, sencillamente me iré…
El Amante de Oro sonrió confiado, posiblemente en un intento de que se relajara. Dejó una de las copas junto a la botella y se alejó unos pasos, mientras sorbía unos tragos de la suya.
— Y, sin embargo, tú eres la que se encuentra aquí… Tal vez es obra del destino.
Magdalena respiró profundamente, no había razón por la que enloquecer. Todo era un malentendido, y sólo era cuestión de explicarlo debidamente.
— Escucha, — comenzó a decir— vine con unas amigas a una despedida de soltera. Disfrutamos de todo el espectáculo, y nos divertimos mucho… Sabrina, que es la que se va a casar, fue beneficiada con esta cita contigo. No sé por qué, pero me pidió que la acompañara y así lo hice. Llegamos, ella se arrepintió y huyó, dejándome aquí… Pero, — repuso mientras miraba a su alrededor, haciendo un gesto giratorio con una mano, — todo esto, lo que sea que tuvieses planeado, no va a suceder. Soy una mujer casada y tengo que volver a mi casa.
El Amante de Oro le dirigió una mirada enigmática y nuevamente sonrió. Después se sentó en un sillón cómodamente y dejó su copa vacía junto a la otra que aún esperaba que alguien la degustara.
— Es la primera vez que me rechazan. Ninguna mujer lo ha hecho antes, ni siquiera las que tienen marido. — dijo— Supongo que es porque te ha tocado un gran sujeto, debes de ser muy feliz y afortunada.
— Si, por supuesto. — afirmó ella, entendiendo la ironía de la situación— Por lo tanto, comprenderás que debo irme. Así que… — aseveró ella mientras giraba el picaporte de la puerta y tironeaba de ella, mostrándole que estaba trabada— si eres tan amable y me abres…
El individuo se puso de pie y fue hacia la entrada. Ella le dio un poco de espacio, esperando que tuviera suerte. Sin embargo, repitió su maniobra, obteniendo el mismo resultado. Sonrió otra vez, ahora con incomodidad.
— ¡No! — exclamó— ¡Está trabada!
Magdalena se llevó una mano a la cara, en señal de fastidio.
— ¿Puedes llamar a alguien para que nos abra?
— No nos escucharán, no de inmediato. Estamos lejos y la música del club es suficientemente alta como para sepultar otros sonidos.
— ¡Pide ayuda llamando con tu móvil, entonces!
— Me temo que lo dejé en mi camerino.
— ¿Es una broma? — preguntó ella asombrada— ¿Quién en su sano juicio no tiene su móvil a la mano?
— Alguien cuyo trabajo no implica portar prendas con bolsillos…
— Pues, bien. Aquí tengo el mío, llamaré a mis amigas y ellas buscarán a los responsables de este lugar…
Sacó de inmediato el smartphone de su cartera y abrió el w******p para enviar un mensaje de ayuda. Pero desafortunadamente, no pudo.
— ¡Rayos! ¡Sin señal! ¿Cómo es posible?
— ¡Ah, sí! — dijo el Amante de Oro, aparentemente recordando una información vital— es un problema en esta cuadra. Me dijeron que la triangulación de las torres de telefonía móvil es deficiente. Debido a eso, la señal es nula en este lugar.
— ¡Hazte a un lado! — le exigió — Golpearé y gritaré, hasta que nos escuchen.
— Entonces vas a desgañitarte, ya te lo dije. La música no permitirá que nos oigan. Si a eso sumamos que las paredes son gruesas…
— ¿Qué sugieres entonces?
— Esperar, — afirmó el sujeto— en algún momento, alguien va a tener que asomarse por la entrada. Entonces, se darán cuenta de que estamos encerrados…
— Y, ¿cuánto tiempo tomará?
Lo vio encogerse de hombros, desconcertado.
— ¿Quién sabe?
— Pues, hay que intentarlo… — dijo ella. A continuación, empezó a golpear la puerta y a gritar desaforadamente. Su acompañante, no parecía demasiado preocupado por la situación. Prefirió relajarse, tomando nuevamente asiento en el sofá de animal print.
— Te vas a quedar muda — aseguró — será mejor que te lo tomes con calma.
Sintiéndose un poco ridícula ante la situación, y viendo que nadie respondería de forma inmediata, Magdalena se detuvo.
— ¡Esto es inaudito! — protestó— ¿Cómo es posible que no nos escuchen?
— Tranquilízate, tarde o temprano alguien vendrá.
— “¿En dónde diablos estará Sabrina? Debería haber permanecido cerca, y acudido en mi ayuda” — pensó ofuscada.
— De acuerdo, si no hay más alternativa, esperaré. — dijo, rindiéndose finalmente ante la situación.
Se sentó en el otro extremo del sofá. El individuo a su lado lucía despreocupado, pero ella permaneció en una postura bastante erguida, con las piernas cruzadas, a la espera de nuevos acontecimientos. Acto seguido comenzó a mirar a los alrededores, visiblemente incómoda.
Esta sensación se incrementó cuando descubrió la mirada del Amante de Oro, quien parecía estudiarla con genuina curiosidad. Tenía unos ojos celestes atractivos, que la miraban sin timidez, como si tratara de descubrir sus secretos.
Magdalena sintió la necesidad de cortar con el silencio reinante.
— El show de la noche, fue muy bueno. — dijo — Son bailarines excelentes, nos gustó mucho a todas.
— Gracias, — repuso su interlocutor— somos expertos en complacer a nuestra audiencia. — afirmó después, de forma que podría interpretarse como un poco arrogante.
— Debe ser divertido para ustedes. — opinó ella.
El Amante de Oro parpadeó por momentos, sin comprender demasiado su comentario.
— ¿Por qué lo dices? — le preguntó.
— Por lo que consiguen. Ya sabes, eso de enloquecer a las mujeres con su baile y obtener dinero de ellas.
— Nos preparamos para ofrecer una experiencia única, ser una fantasía que las haga felices. Y si, obtenemos nuestra recompensa.
— Apuesto a que les parecemos patéticas…
Volvió a mirarla, desconcertado.
— ¿Patéticas? — le preguntó ahora— ¡Qué extraño concepto tienes de tu propio género! ¿Acaso sus deseos no son válidos? ¿No consideras que tienen derecho a experimentar un poco de diversión que canalice sus impulsos naturales? — aseguró de forma muy convincente.
— Supongo que no, — esgrimió ella, un poco avergonzada ante su observación —mirar no tiene nada de malo. Es que no esperaba que su trabajo incluyera otros servicios. Como los que tu ofreces… ¿Es algo que hacen todos los Wonder Boys?
— No en realidad, — le explicó — desde hace tiempo decidimos que sería un atributo que ofrecería el que se hiciera más popular y sólo si se daban las circunstancias. En un principio comencé como cualquiera de los otros. Pero con el tiempo de alguna forma llamé más la atención y de mutuo acuerdo, me han nombrado como una especie de rey del show.
— Lo curioso, es que antes de esta noche, no tenía ni idea de que existías. Pero bastó con el comentario de una amiga, para enterarme de que eres una leyenda.
— Es lógico, este negocio no es algo que se publicite en los medios de comunicación. Todo depende de la recomendación de boca a boca, algo que ha sido más que suficiente para que nos vaya muy bien.
— Imagino que eres muy bueno en lo que haces, que por eso eres muy buscado. Supe que las mujeres quedan muy complacidas después de una noche contigo.
— Supongo que sí, no he recibido quejas. — repuso llanamente, sin ninguna clase de jactancia, que cualquier otro hombre hubiera esgrimido en su lugar.
— ¿Cómo lo haces? — le preguntó con curiosidad.
Entonces, el interpelado terció un gesto pícaro.
— ¿Quieres saber cómo lo hago? — dijo con una chispa ladina en su mirada.
Magdalena se dio cuenta de que esa pregunta nació de la intriga que su interlocutor le inspiraba. Cuando la formuló pensaba en todo lo que había escuchado de él en la mesa. Sin embargo, un sentimiento contradictorio la invadió en el segundo en el que abrió la boca. La pregunta más importante era, ¿realmente quería que se lo explicara?