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Quién diga que trabajar para el palacio es genial, le daré mi puesto de trabajo por media jornada laboral.
Para ver si aguanta toda la mierda que se le ocurre a los reyes. Admito que la paga es buena, muy buena, pero el hacer el aseo todo el día no lo es tanto. He tenido muchas cosas que hacer desde que llegué al palacio hace unos días, terminó muerta en la cama que me dieron aquí. Y de ahí a seguir trabajando dentro de estos pasillos. Mi madre me consiguió el trabajo porque no tenía afuera del palacio y porque ya no podía seguir viviendo sin hacer nada.
—Cariño—me doy la vuelta al verla a través del espejo—. Tenemos trabajo.
—Ya sé, mamá.
Mi madre se ata el cabello en una coleta alta para luego salir por la puerta con una sonrisa en los labios. Suspiro antes de acomodarme la ropa. Me visto antes de salir por la puerta, camino en pasos calmados hasta llegar al comedor donde me toca mi primera jornada del día. Ayudo a acomodar los cubiertos para la familia real que se sentará hoy en la mesa.
El rey Arthur aparece antes de lo esperado pero no nos interrumpe al momento de dejar lista su mesa.
Toma asiento en su silla para ver a las empleadas que estamos hoy a su disposición, cómo es costumbre según mi madre, siempre ve quienes están para hacer algún tipo de conversación y así conocer más a su personal. El rey se ha enfocado más en mí en las veces que me toca estar aquí en el comedor, y es por simple hecho de ser nueva.
Mi madre se ve bastante calmada a diferencia de las demás que se ven estresadas por algo, que no me da ni el más mínimo interés en saber porque lo están.
A la estancia entra el hijo menor de los reyes, el pequeño al que le he estado sirviendo por estos días. El pequeño tiene como siete años y es un amor, pero de los tres que reciden en el palacio sólo lo conozco a él.
—Saluda Logan—le dice su madre y el joven príncipe da un buenos días al personal de hoy—. Gracias.
La reina y el rey hablan de distintas cosas que tienen que ver con la coronación de su hijo mayor, al que no conozco todavía, pero seguramente no lo haré porque no tardan en llamarme de alguna de las empresas a las que les deje mi currículum.
—Buenos días—saluda una voz varonil al entrar en la estancia.
—Buen día, cariño—saluda la reina con ternura—¿qué tal tu viaje?
—Aburrido, como cada vez que me mandan con él—el rey niega despacio.
Las señoritas qué están a mi lado me miran para negar a lo que tengo que hacer, se supone que debo de llenar de jugo el vaso de quién se vaya sentando, pero al parecer no quieren que le sirva al que acaba de llegar.
—A menos que te lo pida—susurra mi madre para mí.
—De a-a-acuerdo—sonríe de manera dulce antes de girarse a la familia real.
Los reyes conversan un poco hasta que los ojos del príncipe van a dar a mi madre, que le sonríe con un cariño que no me explico que lo tuviera antes. Ni conmigo ni con mi hermana ha mostardo esa sonrisa.
—Un placer, nana.
¿Nana? ¿De qué mierda me perdí?
Se supone que mi madre venía aquí a limpiar no a ser la niñera del príncipe. Me debe una buena explicación.
—Un gusto verte, Bastián.
La reina niega antes de seguir su almuerzo, mi madre regresa a su posición, las demás empleadas laboran de manera calmada pero yo sufró de ser ignorada de mi madre lo que resta del desayuno real.
Los ojos del príncipe Bastián caen a mí antes de ladear la cabeza y girar sus ojos sus padres.
—No sabía que habían contratado nueva servidumbre—dice cómo si no fuera importante.
—Es la hija de Celina—responde la reina con una sonrisa en los labios—, es en lo que la llaman para un trabajo en alguna empresa.
Los ojos del príncipe me recorren completa. El rey me hace la mueca y hago para lo que estoy aquí. Me regreso a mi sitio junto a la ventana. Nos dan permiso para retirarnos y soy la primera en correr a la cocina, suspiro antes de darle a la cocinera la jarra con jugo. Mi madre ya me asigno las habitaciones que debo limpiar en lo que estoy en el palacio.
Tomo el carrito antes de llevarlo más cerca de las habitaciones, entro en la primera para limpiar la recámara, sólo debo cambiar las sábanas y sacudir las cortinas. Nada más.
Mis manos hacen la labor tan sencilla antes de volverme a meter a otra habitación, sigo con mi tarea cuando la puerta se abre y el olor a perfume de hombre me hace dar la vuelta para ver quien es.
—Majes...
—No hace falta—dice calmado—. No me explicó porque mis padres te dejaron trabajar aquí. Pero en fin... ¿Te molestaría ir a mi oficina?
—¿A su oficina?—asiente con una sonrisa—¿Para qué?
—Cuida tu boca.
Arqueó una ceja antes de juntarme a la cama con una sonrisa en los labios. No me voy a dejar tratar cómo basura aunque pague lo que como.
—Trabajo para sus padres, no para usted—quiere que cuide de mi boca. Puedo hacerlo—. Y no entiendo para que me quiere en su oficina, alteza.
Arquea una ceja antes de ladear una sonrisa, se acerca a mí antes de tomar una de las sábanas limpias y romperla con una tremenda facilidad. Quiero golpearlo.
—Si no quieres que sepan que rompiste una sábana vas a mi oficina.
—No voy a pagar una sábana que un príncipe rompió.
—Yo no duermo en esta área del palacio.
Uno...
Dos...
Tres...
¡Maldito hijo de perra!
—Así qué cuando termines aquí, vas a mi oficina—me guiña un ojo antes de dar la vuelta y llevarse con él la sábana que rompió—. Y Natasha, no me hagas esperar demasiado. No soy paciente.
Sale por la puerta y yo quiero que sea legal el homicidio. Gruño antes ir por una nueva sábana para cubrir la cama. Juro que mataré a ese príncipe de mierda si sigue interrumpiendo mi trabajo.
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Recojo todo y como siempre, ignoré una orden o petición. El príncipe aprenderá que no me gusta seguir las reglas, a menos que sea necesario y con respecto a las sábanas que rompió… no sé cómo hacer para pagarlas y me importa una mierda que tenga que trabajar sin salario para pagarlas. Lo que se me hace injusto, pero que debo hacerlo.
En la cena ayudo a mi madre a servir el vino tinto que beben todos menos un integrante de la familia.
—¿Cuándo viene Benjamín?—pregunta el menor a sus padres.
—En unos días—le responde la reina.
—¿Para qué quieres que venga?—pregunta Bastián en tomo despectivo.
—¿Qué no se supone que es tu mejor amigo?—pregunta su padre.
—Cuando quiero llamar la atención—simplifica el príncipe.
Sirvo el vino en su copa al ver qué me llama, lo ignoró por el tema de las sábanas que rompió.
Tengo el fin de semana libre y mañana empieza, así que me voy a alejar dos días de aquí para pensar en como puedo pagar esas estúpidas sábanas que cierto idiota rompió.
—Mamá, ¿Cuánto valen las sábanas que usamos?—hijo de perra.
—Eso nunca te ha interesado—le responde su madre—. Casi quince mil, ¿Por qué la pregunta, cariño?
—Curiosidad.
Me retiro a dónde está mi madre y le doy la botella, alegando que me duele la cabeza, me deja retirarme y me voy directo a mi recámara. Me pego a la puerta antes de echarle el cerrojo y acostarme en la cama. Mis ojos se van cerrando de poco a poco. Si me duele la cabeza de pensar en qué puto lío me metió el príncipe. Y todo porque no quise ir a su oficina. Pero puede más mi orgullo que ceder a la voluntad del joven idiota que se cree mejor que los demás por tener una corona.
Y una mierda con él.
Me quedo dormida con mis pensamientos en blanco, es mucho dinero por unas putas sábanas pero es lo que vale el estar aquí en el palacio. Y además, es el único trabajo que te dan casi ocho mil por semana de trabajo. Así que en quince días le pago lo que quiere y me dejó de problemas.