Abro mis ojos despacio. Lo primero que veo son las luces blancas del hospital. Intento incorporarme pero el intentarlo hace que mis costillas duelan. De verdad que duelen. Lo último que se me viene a la cabeza es el aire caliente al volar por él, y también el caer al suelo con fuerza. Y es donde un par de lágrimas caen por mis mejillas. —Que bueno que despiertas—no es la voz de mi padre o la de alguna de mis hermanos. Ni siquiera la de mi madre. Ladeó la cabeza para que mis ojos atrapen la imagen del futuro rey. Tiene un libro en la manos, es uno que ya había leído desde hace meses. Tiene unas leves ojeras debajo de los bellos ojos grises que me revisan con cuidado. El cabello lo lleva un poco alborotado y la sonrisa débil de sus labios me hace regresarle la sonrisa, pero hasta eso me

