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1742 Words
Llorar no sirve de nada, y menos quedarme en cama en mi día libre. ¿Pero qué más puedo hacer? Mi madre es la que viene de vez en cuando para serciorarse de que sigo con vida y de que no cometí algo estúpido por un hombre que fue mi novio por dos años. Miro por la ventana la lluvia que no descansa a pesar de ser de noche. Me dio fiebre por mojarme y ahora tengo que estar en mi habitación por un par de días. Y ni con fiebre tengo a mamá para mí. Alguien toca mi puerta y dejó pasar a esa persona, me sorprende que sea mi padre. Me sonríe antes de caminar a mí y darme un abrazo. Cómo siempre, él es quien está para sus hijos y no mi madre. Me da sopa caliente que mi mamá dejo en la puerta, y me ayuda a bajar las fiebres que se apoderan de mi cuerpo. No digo nada ante los cuidados tan cariñosos que mi padre me da, además de que me cuenta uno que otro chisme de mis hermanos y me río porque me dice que Gretel consigo trabajo como gerente en un banco que se queja del dinero que hay y no poder tomar ni un dólar como en la empresa familiar. Con los buenos cuidados de papá siento que mejoró mucho, no pregunta sobre lo que pasó con Marco y lo agradezco infinitamente. Siempre pensé que sería mejor que papá se divorciara de una mujer que nunca ha estado a su lado, pero que puede hacer si la ama como a él mismo. /// Decidí quedarme en el palacio porque no tenía más a dónde ir. Se supone que antes vivía con papá pero sí yo salía de aquí, trabajaría para mi padre pero viviría con Marco. Ahora sigo trabajando en palacio a pesar de que Bastián parece un felino cazando una presa. Y me temo que la presa soy yo. O lo que mis piernas protegen. Me siento en el colchón que acabo de aspirar antes de tomarme un momento para descansar, he limpiado varios colchones el día de hoy y uno más me matará. Una de mis compañeras me pide que vaya con ella, le pregunto que a dónde y no me da una respuesta. Bien. La sigo por los pasillos enormes que tienen varios tipos de decoración, desde un hermoso florero del siglo XV hasta hermosos cuadros pintados por grandes pintores de épocas pasadas o por artistas actuales. Además de que algunas mesas tienen el estilo neoclásico. Muy bonitos. La chica gira en un pasillo y me sorprende que sea en el ala norte, donde duermen los reyes y otros integrantes de la familia, me deja en una puerta y dice que entre, pero no sin antes tocar. Se retira dejándome con una ligera incertidumbre, pero si apostará diría que la habitación es de cierto príncipe estúpido, que quiere que le pagué las sábanas que rompió, pero su padre me regreso el dinero y no las pagaré. Suspiro antes de ver mis opciones, pero si no entró mandará por mí muchas veces más y con una fue suficiente, tocó la puerta con cuidado y su voz me deja pasar. Abro la puerta para toparme con una mujer de unos cuarenta años, me sonríe débilmente. No pregunto. Sólo camino más adentro de la habitación hasta toparme con el idiota que me mandó llamar. Está sentado en un sillón para dos personas, él en medio sin nadie a su lado, pero con un vaso con licor en su mano derecha. —¿Qué quieres?—pregunto en gruñido. Sonríe abiertamente. Luce muy guapo así como está, tiene los primeros cinco botones de la camisa abierta, y un pantalón de vestir muy elegante. —Hacerte una propuesta o un negocio, como quieras verlo—arqueo una ceja—. Charlotte, vete, tus servicios ya no son requeridos. —Con permiso, alteza. Señorita. Se retira de la habitación de Bastián dejándome a solas con el idiota que tengo en frente. —¿Negocio?, ¿Contigo? —No suelo hacer muchos, pero sí uno que se repite cada año—dice calmado—. Verás mi querida Natasha, soy un hombre con gustos sexuales específicos… —No conozco a ningún hombre que quiera estar en tu cama—ladea la sonrisa para negar con ella adornando esos bellos labios. ¿Qué se sentirá besarlo? Niego despacio ante esa pregunta formulada en mi cabeza. —No soy de esos gustos, Natasha—me hace la seña para que me siente en el sillón vacío. Mis pies me llevan a ese cómodo lugar del que muy difícilmente me levantaré a partir de hoy. —Mis gustos son algo… duros—mis ojos van a él—. Me gusta mucho ver a una mujer atada antes de cogerla muy duro. Un leve ardor pasa por mi sexo haciendo que sepa de cuales gustos se refiere. El hombre es un Amo del sadomasoquismo. ¿A mí que me importa esa información? Me hago una leve idea pero la paso por alto al seguir interesada en lo que dirá. —¿Amo?—parece que eso lo complace. —Efectivamente, Natasha—sonríe de lado—. Soy un Amo. Y uno que en estos momentos tiene unas ideas muy malas contigo. —No soy una sumisa—me burlo. —Eso puede arreglarse—se levanta de su asiento antes de caminar a algún lugar a mi espalda, luego escucho sus pasos atrás de mí y mis ojos ven como pone una carpeta frente a mí—. Lo único que tienes que hacer es firmar, este bonito documento que te hará mi sumisa por tres meses, pero también hay un documento de confidencialidad que debes firmar para que no andes de lengua larga cuando el contrato termine o en el lapso que te daré para firmar el contrato de sumisión. —¿Y si no quiero ser su sumisa? —Sólo firma el contrato de confidencialidad y sería todo. Asiento. Trago despacio. —Vamos Nat, déjame enseñarte que puedes tener placer sobre el dolor—susurra en mi oído de una manera seductora que me moja con sólo imaginar su voz al momento de perderse en mí—. Y que puedes mojarte con sólo imaginarme entre esas hermosas piernas que me conducen a pecar. —¿No sientes nada al meterte con una criada?—suena crudo, pero no encontré una mejor palabra. —Sólo placer. Sus manos bajan por encima de mi uniforme, y no lo detengo, no siento ningún remordimiento al dejarlo tocar mi cuerpo. —Ninguna clase social te hace distinta a otra persona—sus manos aprietan mis pechos y un ligero gemido sale de mi boca—. Hermoso sonido. Te doy un mes para que lo pienses, pero firma el contrato de confidencialidad antes. Se aparta de mí dejándome respirar de nuevo, no me di cuánta de que lo estaba conteniendo hasta que se alejo. Trago antes de tomar una pluma que me dio y firmar el contrato que lo protege de que abra la boca al decir que sus deseos sexuales son bajos y ruines. Deja que me retire con una copia del contrato original. Voy a mi dormitorio para ver la copia y guardarla en lo alto de mi ropero, lo pensaré y después leeré el contrato para ver a qué mierda me arriesgo al firmarle el contrato. Me pongo a acomodar mi cama para ver si me puedo acostar y bajar la temperatura con la que baje del cuarto de Bastián. Ese hombre me mojo con simples caricias y palabras que me pusieron y mucho. Me llaman para decirme que vaya a llevar la cena, veo la hora y ya pasaron un par desde que bajé. —Luego veo. Salgo para irme a prepararme para llevar la cena a la mesa. Con cuidado llevo el pavo a la mesa para los presentes. Escuché que hoy llegó al palacio la prima de los príncipes, la que se supone que debe casarse con Samuel. El futuro rey. —Hace mucho que no venía—dice la rubia. Es bonita. Hasta eso. Rubia, cuerpo de modelo y ojos color miel, parece una muñeca de porcelana. Mi padre me compró una hace mucho por eso la persona que hay en la mesa me recuerda a esa muñeca. —Lo sé. —¿Cómo está tu padre, Atenea? —Bien. Algo molesto con mi hermano pero bien—sirvo el vino en la copa del rey antes de pasarme a la copa de la reina. Le sirvo un poco a la invitada de la reina y asiente, pero luego pide que le sirva la mitad de la copa. No digo nada, al momento de servirle. Me pongo al lado de Bastián y le sirvo sin que me lo pida, sus ojos se elevan a mí antes de asentir. Las demás se me quedan viendo y en especial mi madre. Bastián se toma el vino de un trago y hace el leve gesto con la copa para que vuelva a servirle, me pongo a su lado cuando sube su mano por mi pierna. Hago mucho para no gemir por lo delicioso de su caricia, me apartó cuando la copa ya tiene lo que debe. —Media, por favor. Trago de nuevo. Me acerco para volver a vaciar el licor que tengo en mis manos. Su mano se queda entre mi muslo y rodilla para deslizar su mano con calma. —Bas, me encantaría pasear a caballo contigo—dice la rubia con una mirada coqueta. —Lo siento, Ate. Tengo una salida y no puedo cancelarla—deja su mano y yo puedo alejarme. —¡Ah!—parece que un rastro de enoje se instala en la muñeca—Que te diviertas. —Gracias. Natasha, puedes irte—eso sorprende a los demás—. Debes estar cansada después de ayudarme a acomodar mis libros. Mi madre me mira y le sonrío despacio. —No lo estoy, alteza. —No es pregunta. Asiento antes de darle la botella a una de mis compañeras y retirarme dando una leve reverencia a los reyes. Me retiro antes de suspirar. Bueno. No debe afectar mi trabajo que me quiera en su cama… aunque dudo mucho que sea una cama donde me quiera exactamente.
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