Ese fue el fin de semana más depresivo que viví en toda mi historia. Lloré, lloré y lloré hasta que se me secaron las entrañas. Roberto no salió de mi casa; me cuidaba, me preparaba la comida y el té. Él insistía en ir a hablar con Mariano y explicarle lo ocurrido, tanto que al final tuve que contarle que yo ya lo había hecho y que todo estaba acabado, pero que al menos él ya me había escuchado. Se lamentó una y otra vez diciendo que era su culpa que hayamos terminado, pero lo consolé recordándole que ni siquiera habíamos comenzado. Dolía, pero yo era fuerte y lo superaría como había superado tantas otras cosas en mi vida, sabía que lo haría. Solo debía terminar este semestre y preparar mi valija. Tenía que viajar lejos y no volverlo a ver nunca, tenía que cambiar de aire una vez más. Lo

