Sentí que se iba y mi corazón se encogió en mi pecho, la estaba perdiendo. ¡La estaba perdiendo! Esto no podía ser real, esto no podía doler así. Había fingido todo ese tiempo que no me afectaba, había intentado sin éxito dejar de pensar en ella, en la suavidad de sus manos acariciando mis ojos, en su piel, en los labios que tanto quería probar. Cuando entró esa tarde a agradecerme, noté tanto dolor en su voz que necesité preguntarle si estaba bien. Sabía la respuesta, no estaba bien, al igual que yo. Quería abrazarla y decirle que dejáramos de huir de lo que nos estaba carcomiendo. Quería pedirle perdón, y lo hice, pero no fue suficiente. No entendía por qué nos alejábamos, por qué nos empujábamos cuando era obvio que no era eso lo que deseábamos. La respuesta por mi lado era simple, yo

