Roberto me dejó en la estación y se despidió diciendo que tenía una urgencia. Me sentí algo sola, aún faltaban cuarenta minutos para que saliera mi tren y yo pensé que él se quedaría conmigo, pero de repente se levantó y se fue. Supongo que no quería despedirse, no lo sé. Cuando tren llegó, me coloqué en la fila para abordarlo. Respiraba con dificultad, sentía que moría con cada paso que daba y que me alejaba más de Mariano. Entonces oí su voz, o me pareció oírla llamándome en la distancia, pensé que enloquecía. —¡Ámbar! —gritó y esta vez lo oí con claridad, me volteé a verlo y allí estaba. Su cuerpo parecía temblar ligeramente. Roberto estaba a su lado y, al verme, sonrió mientras ladeaba su cabeza para señalar a Mariano. Vi que colocó una mano en su hombro y le habló al oído, luego me

