CAPÍTULO DOS
Zoe dejó su vaso sobre la mesa e intentó no calcular el volumen de agua que le quedaba. Era una batalla perdida, por supuesto. Siempre iba a ver los números, aunque no quisiera.
—¿Qué piensas?
—¿Eh? —Zoe levantó la vista con culpa y se encontró con los expectantes ojos castaños de John.
Esperaba que él perdiera la paciencia, pero aún no había logrado empujarlo hasta ese extremo. En cambio, él le ofreció una dulce sonrisa, una de sus típicas sonrisas disparejas, más pronunciada del lado derecho de su rostro que del izquierdo. Parecía que siempre le sonreía de esa manera, como perdonándola por algo. Zoe realmente no sabía si se lo merecía.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó John.
Zoe intentó acomodar su rostro de manera de expresarle convincentemente que estaba bien.
—Ah, en nada —le dijo, y luego, sintiendo que quizás esa no fuera la mejor respuesta—. Solo en cosas del trabajo.
—Me puedes hablar de eso, ¿sabes? —le dijo John, y deslizó su mano sobre la de ella en la mesa.
Sintió su latido tranquilo y lento a través del pulgar que le presionaba la piel; más lento que el de ella. Mucho más lento.
Genial. Zoe había inventado una excusa rápida y ahora él le pedía detalles. ¿Qué se suponía que tenía que hacer ahora?
—Es un caso abierto —le dijo, encogiéndose de hombros, esperando que él le creyera—. En realidad no puedo hablar de los detalles hasta que vaya a juicio.
John asintió, aparentemente aceptándolo. Internamente, Zoe dio un suspiro de alivio. Tenía que concentrarse, no contar las cuatro veces que su cabeza se había inclinado hacia adelante en un ángulo de treinta grados y su impecable cabello castaño había brillado en la luz, o los seis vasos que pasaban en la bandeja que sostenía la camarera de un metro sesenta y ocho o el…
Zoe pestañeó, intentando reenfocar los ojos en John y los oídos en lo que él estaba diciendo.
—Entonces le tuve que decir «Lo siento, Mike, es una pena, pero tengo una cita esta noche» —dijo él, riéndose.
Zoe frunció el entrecejo.
—Podrías haber reprogramado si la fecha te resultaba inapropiada—dijo ella—. No me hubiera molestado.
—¿Qué? ¡No! —dijo John, primero reclinándose alarmado y luego volviendo a sujetarle la mano—. Vaya, no, Zoe. He esperado ansioso volver a verte. Solo era…estaba siendo sarcástico. O irónico, o algo así. Nunca sé cuál es cuál. Para ser honesto, no cancelaría nuestra cita solo por algo de trabajo.
Los ojos de Zoe bajaron rápidamente a su plato, para entonces vacío; los excelentes arrollados de salmón con beurre blanc de limón habían sido su plato principal. Este era el lugar más recomendado en Washington, D.C., para cenar en una cita, pero ella apenas recordaba haberla comido.
No estaba segura de poder decir que siempre pondría primero a John. Después de todo, ella era una agente del FBI. Se esperaba que ella abandonara su vida para seguir un caso, y no al revés. Se llevó tímidamente un mechón de su corto cabello castaño detrás de la oreja, y mientras lo hacía se dio cuenta de que estaba un centímetro más largo de lo que le gustaba que se lo cortaran. Había estado muy ocupada últimamente. No tenía tiempo para los quehaceres diarios que hacen que la vida siga su curso.
—Es decir, por supuesto que entiendo que quizás tengas que cancelar algunas veces —dijo John, tomando un sorbo de vino de manera despreocupada, como si no acabara de leerle la mente—. Debes evitar que los asesinos seriales produzcan una ola de asesinatos. Tu trabajo es importante. Nadie se va a molestar si yo no me quedo en la oficina toda la noche intentando descifrar si hay un límite en bienes comunes a través de tres agrimensuras distintas desde 1800, y si eso puede aplicarse al caso de mi cliente. Excepto, quizás, mi cliente, quien se beneficiará del buen humor con el que me despertaré mañana por haber pasado la noche contigo.
—Eres demasiado bueno conmigo —le dijo Zoe. Siempre. No lo entiendo.
Era cierto, ella no lo entendía. Había arruinado completamente la primera cita, y en la segunda lo había arrastrado a un hospital para intentar rastrear los registros de un potencial asesino. Luego, él se había quedado esperándola en el frío porque ella, de forma desconsiderada, no se había molestado en decirle que podía irse a casa sola. Pocos hombres se hubieran apuntado para una tercera cita, y esta era la quinta.
—No tienes que entenderlo —dijo John, alisando su corbata por undécima vez esa noche, en un gesto que empezaba a reconocer—. Solo debes aceptar mi opinión, y es que tú te lo mereces. No estoy siendo demasiado bueno. Estoy siendo apenas lo suficientemente bueno. En realidad, podría ser más bueno.
—No podrías ser más bueno. Iría en contra de las leyes de la física y la naturaleza.
—Bueno, ¿quién las necesita de todos modos?
John le volvió a mostrar rápidamente su sonrisa iluminada y se reclinó mientras la camarera recogía los platos vacíos.
—Entonces, ¿en qué estás trabajando actualmente? —le preguntó, pensando en que debía intentar interesarse en su vida.
Él siempre era tan atento cuando le preguntaba por la de ella. ¿Estaba arruinándolo todo? Sí, lo estaba arruinando todo, ¿no?
—Como te dije, en el límite de propiedad ancestral —dijo John, con un gesto de desconcierto— ¿Estás segura de que te sientes bien?
Zoe levantó la vista y lo miró a los ojos, tenía las pupilas apenas dilatadas en la tenue luz del restaurante; mientras, ella escuchaba de fondo los cuatro tiempos de la música suave del piano, y cómo cada nota cambiaba a una más alta, a una más baja, a una más alta, a media más alta, a una más baja. Si tan solo pudiera apagar los números, o al menos disminuir el volumen. Necesitaba concentrarse en John y en lo que él le estaba contando, pero nada en su cerebro se detenía. Necesitaba que se detuviera. Todo giraba vertiginosamente y no estaba segura de poder recuperar el control.
—Supongo que estoy un poco cansada —le dijo.
En cuanto a excusas, parecía algo aceptable. Si es que existía una excusa para no poder hacerle el favor de prestarle atención.
Él no sabía de su habilidad para ver números en todos lados, en todas las cosas, y ella no estaba a punto de contárselo. No por los mil cuatrocientos cincuenta y tres dólares con diecinueve centavos en comida y bebida que había visto pasar por su mesa en manos del personal del restaurante desde que estaban allí sentados, hacía una hora y trece minutos.
—He pasado una noche maravillosa —dijo ella.
Lo peor es que era cierto. Mientras John había pasado todo este tiempo juntos intentado ser cortés y haciéndola sentir bien, ¿por qué ella no podía al menos escucharlo?
—Bueno, para mí ha sido horrible. ¿Lo repetimos la semana que viene? —dijo él, limpiándose la sonrisa con una servilleta.
Aunque la miró con los ojos chispeantes y con una picardía que hacía juego con las curvas asimétricas de sus labios, le llevó un momento darse cuenta de que estaba bromeando. Las palabras la habían herido profundamente con la idea de que quizás había arruinado todo.
—Me encantaría —dijo Zoe asintiendo, conteniendo sus emociones—. Hasta la semana próxima, entonces.
Se levantó para irse, porque a esta altura sabía que él no permitiría que ella pagara los noventa y ocho dólares con treinta y dos centavos que habían acumulado en la cuenta, más la propina.
Aunque pasó por su cabeza, no dijo en voz alta que solo con suerte podría cumplir con la cita. Ser una agente activa significaba que nunca se sabía cuándo empezaría con su próximo caso, o a dónde tendría que ir.
La semana próxima a estas horas, ¿quién sabe en dónde podía estar ella?
Incluso en este preciso momento, su próximo asesino probablemente estaba haciendo su trabajo, desplegando un rompecabezas, y siempre existía la posibilidad de que el próximo fuera el que ella no podría resolver. Zoe luchó contra la inquietud de su estómago, que de alguna forma la convencía de que ella sabía que la semana próxima, a esta hora, estaría hasta el cuello con un caso que haría que todos los anteriores parecieran pan comido.