CAPÍTULO CUATRO
Zoe miró por la ventana las nubes que pasaban por debajo del ala del avión. Quizás esto debería darle paz. Después de todo, no había nada para contar. Pero no disfrutaba la sensación de estar tan lejos del suelo, y nunca lo haría. Detestaba pensar que había alguien más que tenía total control y responsabilidad sobre su vida.
—El agente especial a cargo Maitland nos dejó estos documentos —dijo Shelley, ofreciéndole un par de sobres de manila para captar su atención.
Zoe se volteó de la ventana, pestañeando para lograr concentrarse.
—Bueno. ¿Qué tenemos tan urgente que no pueda esperar un informe en persona?
Shelley llevaba su cabello rubio pulcramente recogido en un moño detrás de la cabeza y estaba tan prolija y meticulosamente maquillada como siempre. Zoe se preguntó brevemente cómo lograba lucir tan bien preparada, aun con un hijo pequeño, y además llegar a un vuelo con tan poca antelación.
—Dos víctimas —dijo Shelley, separando los archivos—. Evidentemente, el equipo que trabajó en la escena creyó que nunca llegarían a ningún lado sin la ayuda del FBI. Lo entregaron voluntariamente.
—¿Voluntariamente? —dijo Zoe levantando las cejas—. Con razón Maitland nos quería allí lo más rápido posible. Probablemente pensó que podían cambiar de opinión.
No era muy frecuente que les entregaran un caso voluntariamente. La policía tendía a ser territorial, a querer seguir un caso de principio a fin. Zoe lo entendía. Sin embargo, eso habitualmente generaba que el ambiente fuera tenso y que ayudaran de mala gana. Los oficiales solían sospechar que el FBI estaba allí para quitarles su trabajo y para denunciarlos por no estar aptos para trabajar, aun cuando eso no tenía fundamento en la realidad. Era realmente alentador ser bien recibida en algún lugar.
Shelley abrió el primer archivo y comenzó a leerlo.
—La primera víctima que encontraron era un sujeto masculino, caucásico, de treinta y pocos años. De nombre John Dowling, aunque a los lugareños les llevó un buen tiempo identificarlo.
Zoe intentó pasar por alto el nombre y la forma en que le había apuñalado el corazón. Después de todo, John era un nombre bastante común. No debería tener que imaginarse a John desangrándose, baleado o estrangulado para poder sobreponerse.
—¿Por qué?
—El cuerpo estaba muy quemado. La autopsia dice que primero lo degollaron, luego lo llevaron a otro lugar y lo quemaron antes de que lo descubrieran.
—¿Sabemos en dónde cometieron el crimen?
Shelley estudió las notas.
—Aún no hay ubicación del homicidio en sí. Se piensa que puede haber ocurrido en un domicilio, ya que habría mucha sangre y no se ha informado nada. Llevaron el cuerpo a una calle apartada y lo quemaron en plena noche. Para el momento en que un lugareño se dio cuenta y fue lo suficientemente valiente como para ir a identificarlo, el cuerpo ya había sufrido mucho daño.
Shelley le extendió una fotografía sin decir nada. Mostraba un cuerpo carbonizado y retorcido, casi imposible de reconocer como el de un humano. Parecía parte de la utilería de una película, no una persona real. Zoe tenía que reconocer que quien había logrado determinar la causa de muerte debió haber tenido mucho trabajo en sus manos.
Había otra foto en el archivo, una imagen de un joven sonriente. John Dowling en vida, probablemente tomada de uno de sus perfiles en r************* . Estaba en una sala oscura, y al fondo se veía gente. Probablemente era una fiesta. Parecía feliz.
—¿Alguna pista de él hasta ahora? ¿Enemigos, rencores?
—Nada aún. La investigación está en curso.
—Está bien. ¿Y la segunda?
Shelley cerró el primer archivo y tomó el otro inspirando entre dientes.
—Una historia similar. Degollada, luego quemada. Una mujer joven, Callie Everard. De veinte y tantos. Además era bonita.
Zoe casi no pudo evitar poner los ojos en blanco. Nunca dejaba de maravillarla que la gente, incluso su estimada compañera, le diera peso a esas cosas. Joven, vieja, linda, fea, delgada, gorda… estaba muerta y punto. Toda vida perdida debía ser investigada, todo asesino debía ser castigado. Los detalles no importaban.
—¿El lugar?
—Esta vez, todo ocurrió en el mismo callejón. Parece que el asesino se acercó a ella, le rebanó la garganta, dejó que cayera muerta y luego la prendió fuego. Tuvo un poco de misericordia. No habría estado consciente para la quema.
Este, al menos, era un sentimiento con el que Zoe podía estar de acuerdo. Había muy pocas formas placenteras de morirse, y quemada no era una de ellas.
—¿Qué sabemos de ella? ¿Pudo haber sido un objetivo de alguna forma?
—Los policías locales no han terminado la investigación. A ella la encontraron recién ayer, y se consiguió identificarla en la mañana temprano de hoy. Pudieron informárselo a los familiares más cercanos, nada más.
Zoe alcanzó las fotografías. Este cuerpo no estaba tan quemado, aunque fuera por pocos grados. Aún era posible distinguir que era una mujer, y había trozos de carne en el cuerpo que brillaban al rojo vivo entre el caos carbonizado.
—¿Ves algo en la imágenes? —le preguntó Shelley.
Zoe levantó la vista y se dio cuenta de que estaba siendo observada atentamente.
—Aún no. No veo nada que pueda ser útil. El fuego corrompe y distorsiona las cosas. Ni siquiera podría adivinar su estatura y peso de forma confiable si no tuviéramos sus historias médicas.
—Ambas personas jóvenes y saludables. Quizás este sea un crimen pasional y tengan un amigo o examigo mutuo que perdió la cabeza y decidió poner el mundo en llamas.
—Tengamos esperanzas.
Zoe suspiró y recostó la cabeza en su asiento. ¿Por qué los aviones tenían que ser tan incómodos? Había leído que los pasajeros en primera clase tenían camas. Aunque el FBI nunca iba a pagar por algo así.
—¿Cómo están tus cosas? —preguntó Shelley, volviendo a guardar los archivos en su equipaje de mano y recostándose en su asiento con un aire conspirativo—. ¿Ayer volviste a ver a John?
Era un viernes a la noche y aparentemente John estaba conforme con la forma en que Zoe manejaba su vida. Las mismas cosas a la misma hora. La única diferencia era el lugar.
—Sí.
—¿Y? —preguntó Shelley impacientemente—. Más detalles, Z. Las cosas van bien entre ustedes, ¿no?
Zoe se encogió de hombros y volvió a girar la cabeza hacia la ventana.
—Supongo que bastante bien.
Shelley suspiró exasperada.
—¿Bastante bien? ¿Y eso qué significa? ¿Él te gusta o no?
—Por supuesto que me gusta —Zoe frunció el entrecejo—. Si no, ¿por qué saldría tantas veces con él?
Shelley vaciló y Zoe vio como su reflejo inclinaba la cabeza a un lado detrás de ella.
—Supongo que tienes razón. Aunque algunas personas siguen igual, aunque algo no les atraiga. Pero sabes lo que quiero decir. ¿Las citas se están poniendo serias?
Zoe empezó a entrecerrar los ojos. Tal vez Shelley captaría la indirecta y pensaría que intentaba descansar.
—No sé qué quiere decir eso y, de todos modos, no creo que quiera responderlo.
Shelley se detuvo y no dijo nada por unos cuantos minutos. Luego, le dijo en voz baja:
—Sabes, no tienes que seguir alejándome. Sabes que puedes confiar en mí. No voy a contarle nada a nadie. No he revelado tu secreto, ¿cierto?
Había un pequeño asunto, cuando Shelley le había mencionado a su superior, Maitland, que Zoe «era buena para las matemáticas». Zoe, sin embargo, no veía ningún beneficio en haberlo mencionado.
No respondió. Al menos, no al principio. ¿Qué podía decir? Era cierto que ella era retraída, y que así había sido siempre. ¿Acaso tenía que justificarse? Primero la Dra. Monk y ahora Shelley hablaban como si ella tuviera un problema. Como si fuera irracional querer mantener su vida privada en privado.
—Ni siquiera sé por qué lo mantienes en secreto —continuó Shelley—. Podrías hacer mucho bien.
—¿Cómo?
—Poniendo en práctica tus habilidades. Atrapando asesinos.
—Ya atrapo asesinos.
Shelley suspiró.
—Sabes a lo que me refiero.
—No, realmente no lo sé —respondió Zoe, lista para terminar con esta conversación—. ¿Cuánto tiempo le queda al vuelo?
Comenzó a pinchar la pantalla que tenía enfrente y a cambiar para que mostrara el recorrido y el progreso del vuelo, aunque ella sabía perfectamente en dónde estaban y cuánto más duraría el vuelo.
—De todos modos, es algo para pensar —dijo Shelley—. Parece como si fueras más feliz cuando estás rodeada de personas que lo saben. Te pones tensa y comienzas a contenerte cuando crees que no es seguro. Quizás tendrías una vida más cómoda en general si todos lo supieran.
—Cincuenta y seis minutos —dijo Zoe, como si no la hubiese escuchado—. Deberíamos prepararnos. Lo mejor será ir a la escena del crimen más reciente directo desde el aeropuerto. ¿Tienes la dirección?
Shelley no dijo nada, solo la miró larga e inquisitivamente antes de volver a los archivos y buscar los datos que necesitaban.