CAPÍTULO ONCE Zoe se volvió a ajustar las correas del chaleco. La tranquilizaba sentir el agarre del velcro y cómo la sujetaba firmemente. Estaban apretados en la parte de atrás de la camioneta de la policía: Shelley, que estaba sentada enfrente de ella, y ocho hombres y mujeres del equipo SWAT, todos vestidos con el equipo de asalto. Zoe no estaba acostumbrada a sentir el casco en la cabeza y cómo los costados acolchonados le apretaban las mejillas. Aun así, era mejor que entrar como un objetivo expuesto. Estaban esperando en un callejón sin salida a poca distancia del objetivo, la guarida a la que los miembros de la pandilla llamaban «hogar». El Pozo. Resultó ser un bar, o al menos la fachada de uno, el tipo de lugar en el que los forasteros no eran bienvenidos. Entrar allí iba a ser

