Cuando terminé de desayunar con mis tíos, simplemente me senté a esperar a que Amelia llegara por mí a la casa. No quiero irme con esas personas, pero no tengo opciones.
—Ya no eres mi prima, así que ¿cómo debería llamarte? —preguntó Laura.
—No digas tonterías, Laura. María Fernanda siempre será tu prima —respondió Amelia.
—Legalmente y biológicamente ya no lo es.
En pocos segundos, Amelia y el señor Flavio llegaron a la casa. Amelia se veía triste como la primera vez, mientras que el señor Flavio estaba furioso.
—¡Definitivamente eres una caprichosa! ¡Te hemos buscado por todos lados! —exclamó el señor Flavio.
—Sé que María Fernanda hizo mal, pero no es momento para regañarla —intervine.
—¡Ni intervengas, señora! Y ella no es María Fernanda, sino Isabel —dijo el señor Flavio.
—Yo solo quiero saber que estás bien —Amelia me abrazó, y yo correspondí.
—Estoy bien.
—Mi nombre es Orlando Castilla, y soy el tío de Marifer, bueno, de Isabel.
—Es decir, hermano de ese secuestrador.
—¡Mi papá no es ningún secuestrador!
—¡Tu papá soy yo!
—No quiero discutir. Sé que mi hermano se equivocó y está pagando, pero nosotros queremos seguir en contacto con ella, por supuesto, con su permiso.
Él rió amargamente. —Por supuesto que no. No tienen nada que ver con ella.
—No me importa lo que un desconocido como tú me diga. Ellos han sido mi familia toda la vida —reí burlonamente—. Ahora finges que eres un excelente padre, pero si Ben te odia es por algo.
Él levantó la mano e intentó golpearme, pero Amelia lo detuvo.
—A mi hija no la tocas, y solo yo decido qué es lo mejor para ella. Pensaré si pueden seguir viéndola y les haré saber mi decisión.
—Muchas gracias, señora.
Me despedí de mi familia y simplemente me marché en el carro de Flavio. Definitivamente está muy enojado, ya que está conduciendo a toda velocidad.
Luego de tres horas, debido al tráfico, llegamos a la que será mi nueva casa. Sé que debo resignarme, pero esta situación es muy difícil para mí.
—Si quieres verlos o a alguien, solo dime, pero no quiero que vuelvas a huir. No soportaría volver a perderte.
—Lo siento, Amelia, no es contra ti, pero no te conozco.
—Lo sé, y lo que más quiero es volver a ganarme tu cariño.
—Ben está bien.
—Lo condenaron a cadena perpetua —ríe burlonamente—. Llegando, luego me da un abrazo.
—Lo siento.
—Logré huir de la patrulla. Quien no te lo perdonará es Chema —él ríe—. Pasé la noche allí.
—Debo ir a trabajar. Cuida a tu hermana.
—Siempre lo haré.
—Que le vaya bien.
Ella simplemente se marchó, y nosotros entramos a la propiedad. Al ver al famoso Chema con una mujer a los besos, me invadió la rabia. No por su abrazo, sino porque la tipa está utilizando mi chamarra y mi pulsera de oro.
De inmediato me acerqué a ella y jalé su brazo para llamar su atención, logrando que cortara ese beso.
—¿Quién mierda eres y qué te ocurre?
—¡Quítate mi ropa desubicada! —Prácticamente le arranqué mi pulsera.
Ella me asesina con la mirada. —¿Creí que compartías?
—Por favor, dime Ben que esta araña no es nada mío.
—¿Araña yo? Pelirroja insípida.
Esta mujer es horrible. Tiene el cabello oscuro largo y los ojos color canela. Está vestida con un jean color azul, un top blanco y mi chamarra.
—Ella es Marcia, es hija del esposo de mamá.
—Sabes, sigo aquí y, por tu culpa, estuve toda la noche en prisión.
—Que pena, si quieres, te pago el psicólogo. Que te quede claro, nadie toca mis cosas sin mi permiso. Quítate mi chamarra.
—No se me da la gana.
En pocos segundos, el esposo de mamá, del cual no recuerdo el nombre, se acercó a nosotros y asesinó con la mirada a su hija.
—Devuélvele su ropa a tu hermana.
—¡Ella no es mi hermana!
—Hazlo o estarás castigada, Marcia.
Ella simplemente asintió y se quitó la chamarra para dejarla tirada en el sofá. El famoso Chema solo me observaba y reía como si yo fuera una especie de payaso. No soporto a este sujeto.
—Gracias, señor. ¿No tienen cloro?
—No dramatices, Isa.
—Díganme María Fernanda o Marifer.
—Marifer —Abril se acercó a mí y me abrazó, al menos ya aprendió mi nombre.
—Marifer, si quieres descansar, compartirás el cuarto con Marcia. Ella te indicará dónde está.
Ambas compartimos la misma mirada de sorpresa y enfado.
—No hay otra opción. Sufro de claustrofobia y no puedo compartir mi espacio. Además, no tengo repelente.
—Lo siento, pero tu madre y yo ya lo decidimos. La casa es muy pequeña y no puedes tener un cuarto para ti sola.
—Yo puedo compartir mi cuarto —me ofreció Abril.
—Si, por favor, papá.
—Está bien, si así lo quieren. Ya debo trabajar, nos vemos en la noche —él simplemente se marchó.
—Tengo hambre —dijeron los niños llegando.
—Ahora preparo algo.
—¿Tú cocinas?
Ella asintió con la cabeza. Es increíble que ella se encargue de la casa siendo tan pequeña, mientras la araña solo se besuquea con ese estorbo de Chema.
Observé cómo la niña, de la nada, preparaba pasta y una tortilla. A duras penas sé preparar un café. Ben y el estorbo se encargaron de ordenar el lugar y preparar la mesa, mientras la araña observaba el celular.
—¿Cómo no te da pena que la niña haga todo? —le reproché a Ben.
Él rió.
—Es alérgica a la limpieza —intervino Abril.
—¡Tú no te metas! —respondí.
—Si necesitas algo, estaremos en la cabaña de atrás, Marifer.
—¿Qué es ese lugar? —pregunté, observando por la ventana. Noté que efectivamente había una cabaña y un perro gigante color marrón custodiándola, con tanto cabello que le cubría los ojos. Si los otros dos perros me daban miedo, este me aterraba; con una mordida me quitaría el brazo.
—Allí duermo y practicamos. Eres bienvenida cuando quieras. —Chema rodea los ojos.
—Ese es mi espacio —respondí riendo con ironía—. Tipo la casa del árbol, y eres como los niños llorones que colocan un cartel "Se prohíben mujeres".
Abril rió fuerte.
—Todos los días llevan mujeres diferentes, parece motel.
—No se prohíben mujeres, pero tú eres todo menos eso, niñita.
Reí.
—Mejor no te digo lo que pienso. Ben, no sabía que vivías allí. Pensé que alquilaban la cabaña.
—La única casa en alquiler es la de adelante. Ya conocerás a los inquilinos. Esta casa es nuestra, y la del fondo la construimos nosotros para tener privacidad y practicar.
—¿Qué practican? —pregunté con curiosidad.
—¡No tengo todo el día, Ben!
—Yo voy con ustedes —les dijo Marcia.
—Guapa, sabes que odio que me desconcentren. Vamos, los chicos nos esperan.
Ellos se marcharon hacia el lugar. En pocos segundos, comencé a escuchar sonidos fuertes; creo que se trataba de una batería, una guitarra y quizás un bajo. Creo que me quedaré sorda.
Abril comenzó a juntar los platos mientras la araña se marchaba a su habitación.
—No es justo que hagas todo.
—Si no lo hago yo, lo hace mamá, y ella viene cansada de trabajar.
—Los demás no te ayudan.
—Los niños no hacen nada, y Ben prácticamente no vive aquí. Siempre está trabajando, de fiesta o con Chema y sus amigos.
—¿Y la araña no hace nada?
Ella negó con la cabeza.
La ayudé a secar los platos y luego subimos a la habitación, la cual tenía el tamaño de mi closet. Era una habitación pequeña, con paredes de color rosa y algunos peluches en una alacena. Había una única ventana con cortinas de corazones, una mesita de noche y un pequeño closet con un espejo.
Cuando ella logró hacer más espacio, trajimos mi cama, la cual no pesaba nada porque era muy pequeña. Sin duda, extrañaría mi colchón. Acomodamos el colchón, mi almohada, sábanas y una frazada de color rosa.
—Voy a intentar hacer espacio en el closet.
—No podemos conseguir otro.
—Dudo que entre aquí —reí—. Entra tu cama o el closet.
—Todas las habitaciones son de este tamaño.
—Sí.
Buscamos una caja para acomodar algunos de mis zapatos; los demás los dejé en la maleta. Luego colgué en un gancho algunas de mis carteras. En cuanto a mi maquillaje, lo acomodé en una carterita con mi joyero y lo guardé en un cajón. Después acomodé las prendas más importantes en el closet de Abril, como los pijamas, ropa interior, blusas, faldas y shorts. Las chamarras y otras prendas las dejé en las maletas por falta de espacio.
—Tienes demasiadas cosas —comentó Abril mientras se recostaba en su cama.
—Y no traje todo, perdón por invadirte.
Ella rió.
—Te prefiero a ti en lugar que a Marcia, y al menos ya no soy la única niña.
—Toda la vida pensé que era hija única.
—Pues, dile adiós a la privacidad.
El transcurso del día fue sorprendentemente rápido. Nos encontrábamos charlando con Abril, viendo películas en la cocina mientras los niños jugaban en otra parte. El ambiente se sentía relajado, como una pausa en medio de todo el caos que había vivido recientemente.
Sin embargo, durante aproximadamente una hora, la música procedente de la famosa cabaña invadió el ambiente y comenzó a aturdir mis sentidos. Cada nota resonaba en mi cabeza, parecía que el sonido estaba en todas partes, y era difícil concentrarse en cualquier cosa. La melodía frenética se convirtió en una especie de ruido constante que me dejaba ligeramente mareada. Fue como si el tiempo se hubiera detenido, y el exterior se desvaneciera, quedando solo la música martillando en mi mente.
Ahora, observando detenidamente, pude captar más detalles sobre la cabaña. La visión desde la ventana reveló que era una construcción sólida, quizás destinada a actividades musicales o de entretenimiento. Era más que una simple habitación; parecía un refugio creativo y privado para aquellos que querían expresarse a través de la música. Mi envidia hacia Ben creció, ya que él parecía tener acceso a esa área de retiro, donde podía disfrutar de momentos de tranquilidad y creatividad sin interrupciones.
Aunque compartía el espacio con Abril, no tenía nada en contra de ella. De hecho, su amabilidad y disposición para ayudarme en ese momento de adaptación eran evidentes. Pero, a pesar de mi gratitud y aprecio por su compañía, la sensación de incomodidad seguía presente. No estaba acostumbrada a compartir mi espacio íntimo, y cada pequeño detalle parecía magnificarse en mi mente.
Mientras la tarde avanzaba, mi mente se llenaba de pensamientos. La idea de convencer a Amelia para vivir con mis tíos se volvía cada vez más importante. Sabía que no sería una tarea sencilla, ya que la situación estaba cargada de emociones, preocupaciones y decisiones difíciles. Sin embargo, la perspectiva de vivir en una casa donde me sintiera más cómoda y en sintonía con mi entorno se volvía un objetivo a alcanzar.
.